Mario Vargas Llosa

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¡A formar la fila! 21 mayo 2023

Una vez más, ha habido incidentes en la frontera norteamericana, como cada vez que las autoridades de México levantan la prohibición y la masa de latinoamericanos avanza hacia Estados Unidos, que, con este motivo, suele ser reforzada por soldados armados. El episodio se repite constantemente y, lo más probable, en estos tiempos difíciles para América Latina, es que eso suceda con mucha frecuencia. Cientos de miles de latinoamericanos aspiran a trabajar en EE UU, pero carecen de visa de trabajo y, al paso que van las cosas, es muy probable que ese permiso no lo obtengan de inmediato porque el clima ya no es muy receptivo en los países hacia los cuales aquellos se quieren desplazar. Los problemas en la frontera se irán repitiendo cada vez más, ante buscadores de trabajo que serán más y más numerosos.

Hemos visto en la televisión, con pesar, a familias enteras que aspiran a superar esas fronteras. Y la verdad es que EE UU no puede recibir de golpe a todos quienes deseen vivir allí, porque hace ya mucho en este campo. Los cubanos, por ejemplo, tienen derecho a asilarse de manera preferente y a obtener un trabajo. Y lo mismo sucede con otros países que han sido sometidos a una intervención o a un régimen abusivo. Pero, lamentablemente, un país no puede abrir las puertas a inmigrantes sin limitación, por amplio que sea y muchos trabajos de que disponga, porque eso tiene consecuencias sociales y políticas traumáticas y genera tensiones. Los latinoamericanos que rodean estas fronteras corren el riesgo de verse frustrados y apartados de aquello que buscan.

¿Y qué buscan quienes quieren entrar a Estados Unidos a como dé lugar? Ante todo, una seguridad de la que carecen en sus propios países. Y luego, la posibilidad de tener un capital que permita educar a sus hijos en un buen colegio y, siempre que sea posible, en una buena universidad. Lo curioso es que muchos de los latinos que andan en estas fronteras votaron, en sus países, porque pasaran al Estado muchas propiedades privadas y se manifestaron de manera entusiasta cada vez que el Gobierno se apropiaba de bienes ajenos y se convertía en un Estado paternalista. A menudo votaron también por gobiernos cuyas políticas eran las mismas que antes y habían provocado inflación, desempleo y miseria. Hay en esto una contradicción de las muchas que caracterizan a América Latina. ¿Por qué ir a buscar a EE UU lo que rehúsan en su propio país? La incoherencia es flagrante y, desde luego, lamentable. Más fácil sería, en vista de las enormes dificultades que tienen para instalarse en los países desarrollados, que defendieran el modelo de propiedad privada e inversión privada en sus propios países, en lugar de detestar a estos y luego ir a buscarlos en penosas alambradas que los rechazan.

Este es uno de los muchos misterios que caracterizan a América Latina: la insistencia en apoyar, en una primera instancia, propuestas que los condenan a tener que emigrar a otro país para empezar de nuevo, sin la menor garantía de que puedan lograrlo. Sin los entusiasmos de las masas obreras y muchos trabajadores de clase media por el populismo, Latinoamérica no andaría tan mal como anda, es decir, repitiendo modelos que no han triunfado en parte alguna, y que, más bien, han precipitado a sus países en un fracaso económico monumental. Es el caso, sin ir muy lejos, de Venezuela, que era un país donde todos los latinoamericanos querían trabajar, porque las buenas nuevas estaban de su lado (llegó en una época a ser conocida como la “Venezuela saudí”), en tanto que hoy, luego de furibundas nacionalizaciones, el país se halla en ruinas y ha expulsado nada menos que a siete millones de venezolanos a los que no puede dar trabajo y que han ido a buscarlo a otros lugares. Cito a Venezuela porque es el caso más dramático, pero la verdad es que su mal ejemplo ha cundido hasta llegar nada menos que a Colombia, que solía ser un país bien orientado y que ahora, en manos de Gustavo Petro, va de mal en peor.

Esta paradoja, en la que los latinoamericanos buscan desesperadamente instalarse en países “superiores” porque allí tienen trabajo y disfrutan de la seguridad jurídica que impera, se repite una y otra vez desde tiempos inmemoriales. El problema, simplemente, no tiene solución mientras no corrijan la tendencia a votar por quienes los expulsan de sus países por las nefastas políticas que aplican. O la solución, en realidad, es muy simple y consiste en crear situaciones en las que los latinoamericanos no tengan que desplazarse porque los modelos que buscan los tendrían en la propia casa, si se atrevieran a aplicarlos. No es racional, por decir lo menos, que no apuesten, en sus propios hogares, por instalar aquello a lo que aspiran, lo que sería más coherente. Es decir, unas economías fundadas en el trabajo, el ahorro y la inversión, como en EE UU, por ejemplo, donde tantos latinos quisieran instalarse, porque allí sí tienen la seguridad de sus ingresos y un futuro más o menos garantizado. No es sensato que rechacen un modelo social yendo a buscarlo luego de un sinnúmero de sacrificios, pudiendo imitarlo. Mucho me temo, sin embargo, que esta contradicción seguirá llenando las fronteras de los países desarrollados de una manera creciente, porque el llamado “tercer mundo” fracasa, una y otra vez, a la hora de fijarse un rumbo. La verdad es que, ahora, el panorama es bastante desolador en América Latina, porque, con excepción del Uruguay, el Ecuador (donde, sin embargo, la izquierda cercana a Rafael Correa trata de destruir al Gobierno de Guillermo Lasso) y la República Dominicana, se ha optado por modelos sociales sin éxito alguno y que obligan a sus naturales a emigrar, haciendo colas, sin muchas esperanzas, ante las fronteras que se defienden con alambradas y soldados.

Y esta realidad es solo un ejemplo de las muchas paradojas que caracterizan a la América Latina de nuestros días. ¿Cuáles son los ejemplos que nuestros países imitan? Los que han fracasado de manera sistemática. No hay un solo caso en que las nacionalizaciones, el gasto desenfrenado y el proteccionismo hayan tenido éxito. Y, en el caso de los países nórdicos, que solían servir de ejemplo a quienes defendían los bienes nacionales para todos, siento mucho decirles que ya no sirven, porque estos países han terminado, también, por rendirse a la evidencia. Mientras América Latina no lo comprenda, seguirá su decadencia. Y sus riquezas y empresarios, naturalmente, huirán, como han hecho en Venezuela. Ellos están ahora en Madrid, por ejemplo, gozando de la libertad, de sus instalaciones y su seguridad, a la que acuden también muchos otros latinoamericanos en busca de trabajo.

En algún momento, América Latina pareció haber elegido bien su rumbo. Los capitales acudían a esos países donde todo estaba por hacer. Un buen día esa buena disposición se evaporó y la reemplazó una frenética vocación estatista, que ha llevado a la ruina a muchas naciones latinoamericanas y hará que quienes se han salvado hasta ahora, se hundan en la escasez y la ruina. ¿Hay alguna esperanza de que cambien las cosas? Será necesario que los países que eligieron mal sus modelos sociales se arrepientan de los mismos y rehagan su estructura en función de una realidad que está allí, ofreciéndose para quienes quieren verla.

Por primera vez, nuestros países pueden elegir la prosperidad o la pobreza. Eso no había ocurrido hasta hace poco tiempo. Lo que no cabe en nuestra época es continuar en el error, como han hecho tantas naciones en vías de desarrollo. Esas largas colas en las puertas de los países desarrollados, EE UU por ejemplo, indican una equivocación gigantesca. Y una lección para quienes quieran acatarla.

Trayectoria Política

Bibliografia

Otras publicaciones

Vargas Llosa: si gana el señor Castillo, ya lo sabemos: el Perú será una segunda Venezuela dentro de pocos años, o habrá un fuerte enfrentamiento en el que por lo menos la mitad de los peruanos lucharemos por defender su democracia y la libertad que la acompaña, porque este régimen, aunque insuficiente y malherido por la pandemia del coronavirus, puede ser mejorado
En tanto que el sistema comunista no, como lo comprobaron Rusia, con la desaparición de la URSS, y China Popular, que se ha convertido en un régimen capitalista autoritario. (1)

(2) 10 julio 2021

(1) 21 junio 2021

Retórica de la desesperación
En los últimos años, sobre todo con el crecimiento económico de China y las derrotas que ha experimentado el sistema democrático en América Latina, a los casos dramáticos de Chile y Bolivia se ha sumado en estos días el Perú, donde la presidencia de Castillo parece consumarse pese el fraude perpetrado por Perú Libre que acompañó dichos comicios, por obra de un Jurado Nacional de Elecciones que resiste impávido todas las demostraciones en contrario.
El ocaso de la democracia, el último libro de Anne Applebaum, que acaba de salir, es más bien pesimista, pues augura tanto a Europa como al resto del mundo un aumento del autoritarismo, que, a la manera de Polonia y Hungría, países que conoce bien, pues está casada con un político polaco, irán pasando de un deterioro de la democracia a un sistema de control de la información y manipulación de las masas que vaya estableciendo poco a poco un régimen que se parece como una gota de agua a las dictaduras, aunque gane las elecciones y tenga mayoría en los parlamentos. El libro es un eco demorado de La trahison des clercs, de Julien Benda, aparecido en Francia en el año 1927, en el que ella encuentra reminiscencias de nuestra época, sobre todo en la actitud de los “clercs” o intelectuales y el crecimiento de los nacionalismos que pueden hacer fracasar intentos de integración como la Unión Europea, lo que, con mucha razón, dictamina sería una verdadera catástrofe para Europa.

El libro se abre y se cierra con dos fiestas, una celebrada en Hungría y otra en Polonia, esta última más positiva que la anterior, en las que la propia Anne Applebaum y su marido advierten que las viejas amistades ya no son tan sólidas como antaño creían, están más subordinadas a las diferencias políticas y, sobre todo, a favor de los gobiernos de turno, que exigen de sus adeptos una adhesión rectilínea, semejante a la de las dictaduras. Este es un tema que conocemos bastante bien en América Latina, donde las divisiones políticas suelen prevalecer sobre las amistades, incluso en el seno de las familias.

Con mucha razón, Anne Applebaum hace una minuciosa descripción del Brexit, la separación de Inglaterra del mercado común -dicho sea de paso, fue una idea nacida en la propia Inglaterra-, debido a las vueltas y revueltas demagógicas de esa caricatura de Churchill que es Boris Johnson, uno de los dirigentes que con toda razón queda muy mal parado en los sólidos análisis de la autora. Otro de los dirigentes que, según este libro, ha contribuido a deteriorar la sólida adhesión de su país a la democracia ha sido Trump, durante su presidencia, que arrastró al Partido Republicano de los Estados Unidos en una deriva frenética hacia el autoritarismo, introduciendo la mentira por doquier y, sobre todo, en el dominio de la prensa, algo que, con mucha razón, aunque yo tengo mis reservas al respecto, advierte Anne Applebaum podría significar un gravísimo deterioro de las reservas democráticas en el mundo de hoy. Aunque creo que su análisis del personaje de Trump es muy justo, tengo la sospecha de que el deterioro de la democracia norteamericana que cree Anne Applebaum es mucho menos profundo de lo que ella señala. En la actualidad, los Estados Unidos van recobrando, bajo la Presidencia de Biden y los demócratas, el liderazgo de los países libres del mundo, como muestran sus disputas con China Popular y la empobrecida Rusia de Vladimir Putin.
Veo en este libro un cierto estado de ánimo desmoralizado, aunque, como en todos los suyos, el rigor de los análisis sea muy eficiente y las fuentes, inobjetables. Pero, hasta ahora, y creo que los he leído casi todos, los ensayos y artículos de Anne Applebaum tenían siempre la facultad de levantarnos la moral, sobre todo a los que participamos de sus creencias -la democracia y su motor, el liberalismo- en tanto que El ocaso de la democracia, con sus muy discutibles pronósticos sobre el debilitamiento de las defensas democráticas, tanto en Europa Occidental como en los Estados Unidos, parecen cerrarnos las puertas del futuro a quienes creemos en la libertad.
En los últimos años, sobre todo con el crecimiento económico de China y las derrotas que ha experimentado el sistema democrático en América Latina, a los casos dramáticos de Chile y Bolivia se ha sumado en estos días el Perú, donde la presidencia de Castillo parece consumarse pese el fraude perpetrado por Perú Libre que acompañó dichos comicios, por obra de un Jurado Nacional de Elecciones que resiste impávido todas las demostraciones en contrario. Y una movilización de una izquierda extrema jaleada por Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, que, aprovechando los estragos de la pandemia del coronavirus, parece haber ganado un país más para su causa. De todos modos, yo creo que en estas semanas se ha visto, en las movilizaciones gigantescas con que los peruanos están defendiendo sus libertades, sin dejarse amedrentar por los sectarios, lo precarios que son los nuevos regímenes, que, inevitablemente, como ha ocurrido en Venezuela, traerán hambre y desocupación a sus países y una corrupción ilimitada en el manejo del aparato del Estado. Esos regímenes están condenados a perecer más tarde o más temprano, aunque sólo fuera por su incapacidad para manejar los elefantiásicos Estados que crean (pero no saben administrar), como ha ocurrido en todos -sí, en todos- los regímenes donde ha desaparecido la libertad de mercado por un Estado voraz y monopolizador.
Estas conquistas de la extrema izquierda no deben ser olvidadas, desde luego. Pero tarde o temprano ellas caerán, como en la Unión Soviética y China, donde los relativos éxitos se deben, sobre todo, al cambio de una economía estatizada a otra más libre, aunque sólo a medias, supeditada a las exigencias y anomalías de gobiernos despóticos e intolerantes. Un país puede progresar con la libertad mediatizada o prohibida, como China, pero sólo hasta cierto punto, más allá del cual la libertad de investigación y la competencia son indispensables para avanzar en el dominio de la técnica y la ciencia. Mi confianza en los Estados Unidos tiene que ver con ese dominio, que, justamente, el gobierno catastrófico de Trump dejó intacto, y funcionando incluso en ciertos campos con más libertad que antes. Todos los hechos señalados por Anne Applebaum en su último libro son, sin duda, exactos, la multiplicación de los grupos que se consideran liberados de las leyes, la proliferación de las armas, los extremismos de diversa índole que amenazan el sistema, incluido el racismo, pero, en mi modesta versión, nada de esto puede interrumpir ni poner trabas a la razón de ser de la libertad económica, la economía de mercado, que garantiza la libre competencia, en última instancia la mejor defensa contra las amenazas a la libertad. Mi confianza en este sistema que, hasta ahora, ha defendido, no sin tropiezos, aquella libertad de la que nacen todas las otras, no ha sido mellada sino mínimamente por los años de Trump en la Casa Blanca. Y la nueva política va haciendo tabla rasa de ese mal recuerdo.

Hay un momento en que todos, incluso los mejores que saben capear los temporales, se fatigan y dejan caer los brazos. Son los períodos en que, entre los periodistas, prevalece aquella “retórica de la desesperación” a que todos somos propensos, hasta ensayistas del alto calibre de Anne Applebaum. Mi impresión es que este libro refleja ese estado de ánimo, aunque algunas de sus denuncias, como las referidas a Polonia y a Hungría, sobre todo, resulten aterradoras, porque, en apariencia, ambos regímenes parecen respetar los resortes de la democracia, aunque casi todo en ellas está viciado, empezando por el voto popular, las mentiras de la prensa, la radio y la televisión, como ocurría en aquellos regímenes que se alzaban contra la libertad. A diferencia de ellos, en estos se la elogia, mientras se la destruye poco a poco.

Entrevista 17 abril 2022

Entrevista a Mario Vargas Llosa: “El caso de Chile es muy desconcertante, porque parecía ir en la buena dirección” 17 abril 2022

El escritor y Premio Nobel de Literatura ve con preocupación el aumento en la región de “gobiernos populistas, demagógicos y que no saben manejar la economía” que están haciendo que América Latina se vaya quedando atrás. «El gran problema de la región es la falta de cultura democrática», dice.

spero que al menos haga mejor tiempo allá en Santiago que aquí en Madrid, porque tenemos lluvia y frío”, dice Mario Vargas Llosa al comenzar la conversación vía Zoom desde su casa en la capital española. El escritor, que acaba de lanzar La mirada quieta (de Pérez Galdos) –un ensayo sobre la obra del escritor español- mira con especial preocupación el panorama de América Latina. Y no sólo por la situación que vive su natal Perú, con un presidente al que califica de “analfabeto” e “ignorante”, sino por el panorama general de la región. “Nuestro continente se va quedando atrás en momentos en que el resto del mundo prospera”, sostiene. Y dedica especial atención a la situación chilena: “El caso de Chile es muy desconcertante, porque parecía ir en la buena dirección”.

Hace diez años el autor de La Fiesta del Chivo había publicado otro ensayo, que en cierto sentido relevó entonces un fenómeno que se ha venido acrecentado a lo largo de los años: “La Civilización del Espectáculo”. Un mundo, apuntaba entonces, donde “la entretención tiene la primacía y se banaliza la cultura”, donde “las estrellas de la televisión y los futbolistas tienen la influencia en los gustos y las costumbres que antes tenían los pensadores y teólogos” y “los críticos fueron reemplazados por los publicistas”. Y por ello abre el libro con un poema de Vicente Huidobro, “las horas han perdido su reloj”, que hace referencia precisamente a la pérdida del ritmo de las cosas y de cierto sentido común en la sociedad contemporánea, como decía el escritor español Fernández Sánchez Dragó.

¿Cómo ve hoy el mundo a diez años de la publicación de La civilización del espectáculo, una década donde hemos tenido a figuras como Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos?

Yo creo que Donald Trump contribuyó muchísimo a darle a la cultura esa orientación de espectáculo, que es frívola, que es superficial y que yo creo que no es duradera, y no es una manera de expresar ideas. Sino más bien algo mucho más efímero que las ideas y los libros. Probablemente hoy en día son mucho mayor el número de espectadores de imágenes que de lectores de libros, aunque digamos los lectores de libros son siempre muy numerosos.

Y ¿cuánto cree que han influido en profundizar este fenómeno las redes sociales?

Creo que han afectado mucho. Hoy las imágenes son mucho más importantes que las ideas que se expresan a través de los libros. Lo que no quiere decir que no haya aumentado el número de lectores. Yo creo que el número de lectores ha crecido, pero no con la velocidad mundial con la que han crecido las imágenes. Hoy los espectadores de televisión fundamentalmente y de imágenes son mucho más numerosos que los lectores. No pretendo de ninguna manera decir que se limiten las redes, pero es importante que las ideas que se difunden a través de los libros se propaguen más. Creo que las ideas son mucho más importantes que las imágenes, son mucho más intensas, pero muy precarias. Las ideas permanecen, las ideas duran. Me parece que lo que cambia y lo que hace progresar a los países son las ideas y no tanto las imágenes.

Pero hoy los expertos y los académicos son escuchados menos y muchas veces se los descredita con el argumento que son parte de la “élite”. ¿Qué opina de eso?

Sí, a mi me parece que es una realidad en nuestra época y sobre todo en América Latina, un continente que se ha ido quedando atrás. Hemos compartido una pandemia, la pandemia del coronavirus, que ha sido realmente trágica, que ha dejado muchos muertos y que, digamos, la ciencia no consigue todavía dominar. Pero en esto el caso de América Latina es mucho más dramático que el caso de Europa o el caso de Asia, donde hay un desarrollo social y económico y sobre todo un proceso de democratización que avanza mucho. En cambio en América Latina desgraciadamente los gobiernos populistas, demagógicos y muy irresponsables, y que sobre todo no saben manejar la economía de un país han proliferado últimamente. Entonces tenemos razón de preocuparnos porque nuestro continente se va quedando atrás en un momento en que el resto del mundo prospera.

¿Por qué cree que sucede eso en América Latina?

Fundamentalmente porque los mejores latinoamericanos no hacen política, desprecian la política, tienen frente a la política una actitud de rechazo, porque la vida política es una vida muy corrompida, una vida muy infectada por la corrupción y, además, porque digamos no sienten que puedan hacer cosas importantes para que los países progresen. El caso de Chile es muy desconcertante, porque Chile parecía ir en la buena dirección, sin embargo, en un momento dado se vio que el pueblo chileno protestaba, no se sentía representado por las autoridades y esto ha precipitado ese vuelco en Chile que nos deja desconcertados a tantos latinoamericanos que apoyamos el caso de Chile porque pensamos que estaba en la buena dirección y, aparentemente, no estaba en la buena dirección cuando los chilenos a través de las elecciones y elecciones que no son contestadas por nadie han elegido un camino muy distinto, muy distinto, muy diverso del que había optado Chile. Esto es muy desconcertante sobre todo para quienes hemos apoyado el gobierno chileno, digamos no con Pinochet por supuesto sino después, con los gobiernos civiles que se pusieron de acuerdo para mantener en el campo económico una línea que parecía la línea de progreso. Chile había avanzado muchísimo, daba la impresión de estar acercándose ya a los países europeos más que al resto de los países latinoamericanos y entonces el proceso chileno nos entusiasmaba, nos exaltaba. Sin embargo, parece que no era la manifestación más evidente del pueblo chileno, que ha protestado muchísimo, con manifestaciones que han sido muy violentas y que ha elegido a un presidente muy joven, un dirigente de estudiantes, me refiero al señor Boric, que enfrenta también problemas. Una de sus ministras ha sido recibida a balazos por los indígenas y tengo la impresión que no hay un acuerdo entre el nuevo presidente y la Convención que está fabricando la nueva constitución. Hay muchos problemas en Chile de manera que las elecciones no han servido para sosegar a la población chilena y para darle al presidente la posibilidad de materializar sus buenas intenciones. Aunque el caso de Chile es menos dramático que el de Perú.

¿Cómo ve la situación peruana?

El Perú no sale adelante, está entrampado, por haber elegido mal, por haber elegido un presidente que es absolutamente un analfabeto, una persona que no tiene digamos la información necesaria y un gobierno que ya muestra muchos síntomas de corrupción, de malos manejos, de manejos irresponsables. Aproximadamente el 70% de los peruanos quiere que lo destituyan. Yo tengo la sospecha que no va a terminar su mandato y el Perú no va a progresar, va a seguir retrocediendo cada vez más. Se necesitan reformas muy radicales para cambiar la situación. Y el caso de Perú es el caso de Venezuela, el caso de Nicaragua, el caso de Cuba, que son dictaduras totalitarias. El de Argentina es un caso muy dramático porque no sale adelante, hay una rivalidad entre el presidente y la vicepresidenta que lo eligió que no permite funcionar a ese país, que fue como el ejemplo de América Latina en la época de los presidentes liberales. Yo recuerdo que en mi barrio, en Lima, nosotros no hablábamos de París, nosotros hablábamos de Argentina. Los chicos querían ir a estudiar a las universidades argentinas. Los escritores quisiéramos haber vivido en Argentina. Y esa Argentina que era un modelo para América Latina ha ido desapareciendo. Eso tiene un nombre, que es el peronismo. Para mi es muy difícil entender esa especie de romanticismo que hay en Argentina con el peronismo, que ha sido la fuente de todos sus males.

¿Qué país en América Latina cree que va hoy por buen camino?

Creo que hoy la excepciones a lo que decía son Ecuador y Uruguay, que están progresando, Uruguay mucho más rápido que Ecuador, porque tiene una mayor tradición democrática que el resto. Pero América Latina en general está pasando un muy mal momento. Los modelos democráticos son los que debería seguir en lugar de empeñarse en esa visión romántica, anticuada e inoperante de nacionalizaciones, de censura de prensa. Nada de eso tiene éxito.

¿Por qué cree que sucede eso, hay una falta de convicción democrática, como algunos aseguran?

Yo creo que hay mucha corrupción. El mayor problema de América Latina es la corrupción de todas las instituciones oficiales, de las instituciones gubernamentales y también en el campo económico. Seguramente muchos empresarios en América Latina no pagan sus impuestos, prefieren corromper a funcionarios. Uno de los resultados es que aleja a los mejores de participar en la vida política y nosotros necesitamos gente inteligente, gente preparada, que venga a hacer política y que nos saque finalmente de esta condición de países subdesarrollados que todavía tenemos y que especialmente en esta época se está manifestando de una manera tan visible.

Hemos visto en el último tiempo un reforzamiento de los movimientos indigenistas en la región. En el caso de Chile, por ejemplo, se ve en el debate por la nueva constitución. ¿Qué opina de esa tendencia?

Creo que es un fenómeno que está mirando hacia el pasado principalmente y nosotros lo que necesitamos es mirar hacia el futuro. Son del futuro de donde vienen las buenas enseñanzas y las medidas que nos pueden sacar del subdesarrollo. Creo que es muy justo que haya una conciencia crítica sobre el pasado, sin las exageraciones que vemos hoy en día con mucha frecuencia. No tiene sentido mirar el pasado. En el pasado había 1.500 lenguajes en América y cómo en ese entonces no se entendían, entonces se mataban. El español vino a resolver ese problema. Ese español que hablan 500 millones de personas en el mundo y que es, después del chino mandarín, la lengua más importante hoy en el mundo, integró a América Latina. Tenemos que agradecerle mucho a los españoles porque sentaron las bases de una comunidad que fue el gran sueño de Bolívar. Desgraciadamente los nacionalismos que sobre todo tuvieron tanto éxito en el siglo pasado impidieron que América Latina fuera como lo había sido la América del Norte, un mundo integrado, un mundo de cooperación, de colaboración. Ese fue el gran sueño de Bolívar, pero sus lugartenientes no cooperaron mucho con él, porque fueron los grandes saboteadores de este proyecto que yo creo que era un proyecto muy positivo. Desgraciadamente el dividirnos y subdividirnos como ha sido la historia de América Latina nos ha ido retrasando, nos ha ido embarcando en conflictos provincianos, en los que moría muchísima gente. Y de ahí viene esa falta de cultura democrática que ha sido el gran problema en América Latina y lo que ha permitido a los movimientos guerrilleros, a los movimientos anarquistas, comunistas, prosperar, impidiéndonos seguir los buenos ejemplos.

Y ¿cuáles son esos buenos ejemplos?

Los buenos ejemplos no están en las nacionalizaciones, en acabar con la empresa privada, esa es una estupidez. Mirando el mundo entero, ¿en dónde han triunfado esas ideas? En ninguna parte, en ninguna parte. Esas ideas han sido completamente destruidas por la realidad porque los países que las adoptaban fracasaban sistemáticamente, entonces no hay ni un solo país socialista en el mundo que haya tenido éxito. ¿Qué vamos a imitar nosotros? Hay que imitar los buenos ejemplos, los países que tienen éxito, los países que hacen prosperar a su gente, esos países no son los países comunistas, no son los países anarquistas, no son los países violentos, son los países pacíficos, son los países donde opera una democracia de verdad y donde, sobre todo, no hay corrupción. Hay siempre manifestaciones de corrupción, pero en los países civilizados esas manifestaciones se castigan a tiempo y las instituciones sociales y económicas son bastante puras. En América Latina no lo son por desgracia y hemos visto en el caso de Odebrecht que una compañía privada tenía una oficina para corromper políticos en América Latina. ¿Dónde se ha visto semejante cosa? Con esa corrupción definitivamente América Latina no puede prosperar. Por eso, creo que es muy importante extirpar la corrupción de nuestros países, porque ese es el gran obstáculo para nuestro desarrollo.

Ha crecido en el último tiempo una tendencia a volver a mirar hacia el Estado, una tendencia a reforzar el Estado. ¿Qué opina de eso?

El Estado nunca es mejor, el Estado puede ser puro y eso hay que pedirle al Estado, que sea puro, que se ocupe de las leyes, que se ocupe de la organización de la sociedad, pero lo que saca adelante a un país son los empresarios privados, como estaban sacando adelante a Chile. No digo que las empresas privadas no tuvieran lacras ni tuvieran defectos, no, seguramente las tenían y esos defectos debieran ser corregidos. Pero no son los Estados los que forman un país y lo hacen prosperar. Es la empresa privada, a través de la competencia. Creo que la competencia es absolutamente indispensable para sacar adelante a un país. Ese capitalismo que proponemos los liberales para América Latina no es de ninguna manera ese capitalismo que llenaba las minas de carbón de niños, como dice Isaiah Berlin. No, ese capitalismo ha ido evolucionando y los trabajadores tienen hoy derechos y reconocimientos oficiales. Esos son los ejemplos que deberíamos seguir y no los ejemplos absolutamente anacrónicos y frustrados donde han sido aplicados como lo están haciendo los países latinoamericanos. El caso de México, por ejemplo, es un caso muy patético. México parecía haber tomado la buena dirección. Luego de todos los años de la dictadura del PRI, se orientó por el bueno camino y ahora viene un demagogo a acabar con toda esa purificación del Estado mexicano. Resulta realmente dramático que el país que es el primero en el mundo en la difusión del español haya retrocedido tanto en cultura democrática, al elegir a un presidente demagogo que está acabando con el México que se orientaba por una senda democrática.

Lo que está marcando muchas elecciones en el mundo hoy es esa tensión entre el pueblo y la elite, una suerte de nueva lucha de clases. ¿Cómo ve ese fenómeno?

Tengo la impresión que es un movimiento pasajero y que en última instancia es la democracia lo que garantiza la libertad de un país. Ninguno de los otros regímenes ha logrado reemplazar a la democracia. Mi impresión es que las nuevas formas que aparecen no son tan nuevas y están más bien asociadas a una tradición autoritaria, dictatorial y que la democracia sigue siendo la forma más civilizada y más pacífica de organizar un país y llevar a los puestos de mando, a los puestos de gobierno a los mejores, siempre que estén dispuestos a hacer política, algo que no ocurre por desgracia en América Latina. Uno tenía la impresión de que en Chile eso ocurría, pero por los resultados se ve que no era así.

Y ¿cómo ve la situación de Chile?

Con mucha preocupación porque Chile era el ejemplo a seguir. Era el ejemplo cívico. Se habían puesto de acuerdo los líderes políticos para seguir una política económica que parecía la más adecuada y aparentemente el pueblo chileno no lo ha visto así y hay que respetar democráticamente a ese pueblo. Ahora ¿ese pueblo va a encontrar soluciones socialistas o comunistas en reemplazo de la democracia? Dios nos libre, porque significa el fracaso, como lo hemos visto a lo largo de la historia. En este siglo si algo se ha visto de manera inequívoca es el fracaso de los socialismos y los comunismos para organizar una sociedad, levantar su comercio.

Cómo liberal cómo ve el difícil momento que atraviesa el liberalismo…

Perdón que lo interrumpe, pero donde está fracasando el liberalismo, los países que tienen éxito son los países liberales, los países europeos, Estados Unidos, esos son los países de vanguardia y los países asiáticos como Taiwán. Allí yo veo los métodos liberales que tienen éxito y que permiten a esos países proceder dentro de un clima democrático, dentro de instituciones democráticas, prosperar económicamente. Es en América Latina donde hay dictaduras, como en Cuba, como en Venezuela, como en Nicaragua que los países no prosperar, que los países retroceden, porque hay una demagogia estatal muy grande.

Le preguntaba eso por lo que se ha visto en Estados Unidos con Trump y el creciente nacionalismo que se observa en Europa. ¿La democracia liberal parece estar siendo amenaza?

En Europa, gracias a Putin, la consolidación de la Unión Europea ha avanzado muchísimo y países como Suecia que defendían muchísimo el neutralismo hoy quieren formar parte de la OTAN. En buena hora, porque yo creo que en la humanidad del futuro no deben ser sólo China y Estados Unidos los que se repartan el pastel. Es muy importante que la Europa que descubrió la libertad, que descubrió la democracia, que descubrió los derechos humanos tenga una presencia. Y claramente los pequeños países europeos no pueden tenerla si no se reúnen, si no se agrupan, que es la idea de la Unión Europea. Ojalá esa Unión Europea prospere dentro de la locura de la invasión rusa a sus países vecinos.

Y hablando de la invasión de Rusia a Ucrania, comparte la opinión de quienes dicen que ese hecho cambió el mundo. ¿Estamos en un momento de cambio?

Estamos en un momento peligroso porque Rusia con Putin se ha convertido otra vez en una dictadura, luego de un pequeño periodo en que parecía que la democracia iba a echar raíces en Rusia. Putin es un dictador, sanguinario. La manera como está actuando en Ucrania lo revela en toda su maldad, en toda su antigüedad, en su falta de modernidad. Lo que él reprocha a Ucrania es que sea un país independiente y no sea un satélite de Rusia y hoy en el siglo XXI no puede ser, no es tolerable. La locura de Putin ha servido a abrir los ojos de muchísimos países… Creo que nadie ha hecho prosperar tanto a la Unión Europea como Putin con las locuras que está cometiendo.

¿Ve con temor lo que pueda venir, hasta dónde puede llegar el conflicto?

De un loco se puede esperar siempre cualquier cosa y en el caso de Putin es un dirigente con síntomas de locura evidentes como las tenía Stalin o como las tenía… como las tienen los satélites que ha logrado formarse alrededor. Hay siempre el peligro de que si se siente derrotado o frenado en sus ambiciones pretenda recurrir a las factorías atómicas que tiene Rusia y eso podría poner en peligro la supervivencia de la humanidad. Esperemos que no se dé esa fórmula. Yo tengo la impresión que él se ha equivocado, que él creía que las tropas rusas iban a darse un paseo por Ucrania y no ha sido así. Se han enfrentado a un país que es muy valeroso, muy valiente y que se está defendiendo con muchísima fuerza, por lo que él podría en algún minuto recurrir a los elementos atómicos que tiene. Eso sería el final de Rusia, porque inmediatamente Occidente lo anegaría. Eso sería una catástrofe para la humanidad, esperemos que no se llegue a semejante barbaridad.

¿Cree entonces que el efecto de la guerra y de Putin a la larga puede ser positivo para Europa y para las democracias liberales?

Sin ninguna duda. En Europa había una crisis de desarrollo, sobre todo desde el Brexit, desde la salida de Inglaterra, que fue un hecho catastrófico para la Unión Europea, pero las locuras de Putin han precipitado a la Unión Europea a unirse, a trabajar juntos, a estar dispuesto a integrarse. He señalado el caso de Suecia que siempre defendió la neutralidad y hoy más bien aspira a formar parte de la OTAN para que la defienda en caso de que Putin se le abra el apetito. De tal manera que no, que esta crisis va a favorecer muchísimo a los países europeos y va a añadir a los países que ya estaban en la unión a nuevos países.

Y ¿cómo ve la elección francesa, le preocupa un eventual triunfo de Le Pen y el efecto que tendría en la Unión Europea?

Pues sí, desde luego, creo que con Le Pen desaparecería la democracia, se convertiría en algo que sería la negación de lo que es Europa, de la gran tradición europea. Pero creo que el peligro no existe, tengo la casi seguridad de que Macron va a ganar esta pelea con la señora Le Pen y Francia seguirá siendo un baluarte democrático.

El harakiri 8 febrero 2015

El harakiri es una noble tradición japonesa en la que militares, políticos, empresarios y a veces escritores (como Yukio Mishima), avergonzados por fracasos o acciones que, creían, los deshonraban, se despanzurraban en una ceremonia sangrienta. En estos tiempos, en que la idea del honor se ha devaluado a mínimos, los caballeros nipones ya no se suicidan. Pero el ritual de la inmolación se mantiene en el mundo y es ahora colectivo: lo practican los países que, presa de un desvarío pasajero o prolongado, deciden empobrecerse, barbarizarse, corromperse, o todas esas cosas a la vez.

América Latina abunda en semejantes ejemplos trágicos. El más notable es el de Argentina, que hace tres cuartos de siglo era un país del primer mundo, próspero, culto, abierto, con un sistema educativo modélico y que, de pronto, presa de la fiebre peronista, decidió retroceder y arruinarse, una larga agonía que, apoyada por sucesivos golpes militares y una heroica perseverancia en el error de sus electores, continúa todavía. Esperemos que algún día los dioses o el azar devuelvan la sensatez y la lucidez a la tierra de Sarmiento y de Borges.

Otro caso emblemático del harakiri político es el de Venezuela. Tenía una democracia imperfecta, cierto, pero real, con prensa libre, elecciones genuinas, partidos políticos diversos, y, mal que mal, el país progresaba. Abundaban la corrupción y el despilfarro, por desgracia, y esto llevó a una mayoría de venezolanos a descreer de la democracia y confiar su suerte a un caudillo mesiánico: el comandante Hugo Chávez. Hasta en ocho oportunidades tuvieron la posibilidad de enmendar su error y no lo hicieron, votando una y otra vez por unrégimen que los llevaba al precipicio. Hoy pagan cara su ceguera.

La dictadura es una realidad asfixiante, ha clausurado estaciones de televisión, radios y periódicos, llenado las cárceles de disidentes, multiplicado la corrupción a extremos vertiginosos –uno de los principales dirigentes militares del régimen dirige el narcotráfico, la única industria que florece en un país donde la economía se ha desfondado y la pobreza triplicado– y donde las instituciones, desde los jueces hasta el Consejo Nacional Electoral, son sirvientes del poder. Aunque hay una significativa mayoría de venezolanos que quiere volver a la libertad, no será fácil: el gobierno de Maduro ha demostrado que, aunque inepto para todo lo demás, a la hora de fraguar elecciones y de encarcelar, torturar y asesinar opositores no le tiembla la mano.

El harakiri no es una especialidad tercermundista, también la civilizada Europa lo practica, de tanto en tanto. Hitler y Mussolini llegaron al poder por vías legales y buen número de países centroeuropeos se echaron en brazos de Stalin sin mayores remilgos.

El caso más reciente parece ser el de Grecia, que, en elecciones libres, acaba de llevar al poder -con el 36% de los votos- a Syriza, un partido demagógico y populista de extrema izquierda que se ha aliado para gobernar con una pequeña organización de derecha ultranacionalista y antieuropea. Syriza prometió a los griegos una revolución y el paraíso. En el catastrófico estado en el que se encuentra el país que fue cuna de la democracia y de la cultura occidental tal vez sea comprensible esta catarsis sombría del electorado griego.

Pero, en vez de superar las plagas que los asolan, estas podrían recrudecer ahora si el nuevo gobierno se empeña en poner en práctica lo que ofreció a sus electores.
Aquellas plagas son una deuda pública vertiginosa de 317 mil millones de euros con la Unión Europea y el sistema financiero internacional que rescataron a Grecia de la quiebra y que equivale al 175% del producto interior bruto.

Desde el inicio de la crisis el PIB de Grecia ha caído un 25% y la tasa de desempleo ha llegado casi al 26%. Esto significa el colapso de los servicios públicos, una caída atroz de los niveles de vida y un crecimiento canceroso de la pobreza. Si uno escucha a los dirigentes de Syriza y a su inspirado líder -el nuevo Primer ministro Alexis Tsipras- esta situación no se debe a la ineptitud y a la corrupción desenfrenada de los gobiernos griegos a lo largo de varias décadas, que, con irresponsabilidad delirante, llegaron a presentar balances e informes económicos fraguados a la Unión Europea para disimular sus entuertos, sino a las medidas de austeridad impuestas por los organismos internacionales y Europa a Grecia para rescatarla de la indefensión a que las malas políticas la habían conducido.

Syriza proponía acabar con la austeridad y con las privatizaciones, renegociar el pago de la deuda a condición de que hubiera una “quita” (o condonación) importante de ella, y reactivar la economía, el empleo y los servicios con inversiones públicas sostenidas. Un milagro equivalente al de curar a un enfermo terminal haciéndole correr maratones.

De este modo, el pueblo griego recuperaría una “soberanía” que, al parecer, Europa en general, la troika y el gobierno de la señora Merkel en particular, le habrían arrebatado.

Lo mejor que podría pasar es que estas bravatas de la campaña electoral fueran archivadas ahora que Syriza ya tiene responsabilidades de gobierno y, como hizo François Hollande en Francia, reconozca que prometió cosas mentirosas e imposibles y rectifique su programa con espíritu pragmático, lo cual, sin duda, provocará una decepción terrible entre sus ingenuos electores. Si no lo hace, Grecia se enfrenta a la bancarrota, a salir del euro y de la Unión Europea y a hundirse en el subdesarrollo. Hay síntomas contradictorios y no está claro aún si el nuevo gobierno griego dará marcha atrás. Acaba de proponer, en vez de la condonación, una fórmula picaresca y tramposa, consistente en convertir su deuda en dos clases de bonos, unos reales, que se irían pagando a medida que creciera su economía, y otros fantasmas, que se irían renovando a lo largo de la eternidad. Francia e Italia, víctimas también de graves problemas económicos, han manifestado no ver con malos ojos semejante propuesta. Ella no prosperará, sin duda, porque no todos los países europeos han perdido todavía el sentido de la realidad.
En primer lugar, y con mucha razón, varios miembros de la Unión Europea, además de Alemania, han recordado a Grecia que no aceptan “quitas”, ni explícitas ni disimuladas, y que los países deben cumplir sus compromisos. Quienes han sido más severos al respecto han sido Portugal, España e Irlanda, que, después de grandes sacrificios, están saliendo de la crisis luego de cumplir escrupulosamente con sus obligaciones.

Grecia debe a España 26 mil millones de euros. La recuperación española ha costado sangre, sudor y lágrimas. ¿Por qué tendrían los españoles que pagar de sus bolsillos las malas políticas de los gobiernos griegos, además de estar pagando ya por las de los suyos?

Alemania no es la culpable de que buen número de países de la Europa comunitaria tengan su economía hecha una ruina. Alemania ha tenido gobiernos prudentes y competentes, austeros y honrados y, por eso, mientras otros países se desbarataban, ella crecía y se fortalecía. Y no hay que olvidar que Alemania debió absorber y resucitar a un cadáver -la Alemania comunista- a costa, también, de formidables esfuerzos, sin quejarse, ni pedir ayuda a nadie, sólo mediante el empeño y estoicismo de sus ciudadanos. Por otra parte, el gobierno alemán de la señora Merkel es un europeísta decidido y la mejor prueba de ello es la manera generosa y constante en que apoya, con sus recursos y sus iniciativas, la construcción europea. Sólo la proliferación de los estereotipos y mitos ideológicos explica ese fenómeno de transferencia freudiana que lleva a Grecia (no es el único) a culpar al más eficiente país de la Unión Europea de los desastres que provocaron los políticos a los que durante tantos años el pueblo griego envió al gobierno con sus votos y que lo han dejado en la pavorosa condición en que se encuentra.