Joaquín Fermandois

Datos Personales

Joaquín Fermandois, historiador, académico de la Universidad Católica, presidente de la Academia Chilena

Fuentes

Son chilenos, por si a alguien se le ha olvidado, Joaquín Fermandois 24 noviembre, 2015

La política de gratuidad universitaria ha experimentado tantos vuelcos que me podría referir a un problema que no existe, o que se ha agravado todavía más. Después de las volteretas al perseguir consignas en vez de canalizarlas hacia lo posible y deseable, se ha recurrido a la antigua costumbre de desvestir a un santo para vestir a otro. El aporte fiscal por buenos puntajes se rebaja para poder dar gratuidad a una parte de los estudiantes, quedando en el desamparo otro sector del estudiantado que acude a la mayoría de las nuevas universidades particulares. Estas últimas se discriminaron con criterios no explicados, que sin más información aparecen arbitrarios.

En 1981 critiqué en estas páginas la propuesta de financiamiento, entre otras razones, porque dejar que los estudiantes -aunque fuesen los mejores- con su decisión incidieran en el presupuesto universitario me parecía un cogobierno disfrazado. Reconozco que las cosas no operaron de manera tan deplorable, y que las preferencias por universidad y carrera elegida han seguido en general una lógica razonable.

Cierto, hay que ayudar a la gran mayoría de los estudiantes universitarios, porque con toda seguridad carecen de los medios para pagar el verdadero costo de la universidad. Es probable que los fondos del Estado no alcancen a cubrir todos los gastos que exige una buena universidad. Algunos tendrán que pagar; otros aportarán lo suyo, ya sea con prestaciones o con una medida de pago razonable. Conozco demasiados casos de ex alumnos que están asfixiados por una deuda asumida bajo el supuesto engañoso de que su carrera les permitiría responsabilizarse de ese pago. El trabajo concreto de la mayoría no puede responder a ese supuesto; los salarios todavía no lo permiten. Otra cosa es que un egresado debería hacer un esfuerzo monetario razonable o por medio de la prestación de un servicio, ya que a partir de cierta edad se debe saber que los derechos son correlativos a los deberes; de otro modo no funciona la sociedad humana.

El tema de fondo es que al ímpetu reformista inicial lo acompañaba una concepción restringida de lo público y de lo nacional en desmedro de la consideración de calidad. Que se tenga presente que más adelante la mandíbula querrá morder a las universidades particulares tradicionales. Hay universidades estatales de gran categoría y otras que no lo son tanto. Lo mismo pasa en las privadas tradicionales y las nuevas. Una cosa es que los recursos del fisco deben tener como condición que las universidades receptoras estén debidamente acreditadas; pero los estudiantes que a ellas ingresen deben estar razonablemente informados sobre la calidad de cada institución y de la carrera respectiva. También la educación técnico-profesional merece el mismo criterio, entre otras razones, porque es aquí y no en las carreras tradicionales donde muchos encontrarán trabajo, en gran medida más necesario y mejor remunerado que en las anteriores.

Sobre todo, Chile no es ni lo privado ni lo público, ni el Estado ni la sociedad, sino que lo que vincula a todas estas dimensiones; de otro modo parecería que el criterio es que los dineros del fisco deberían destinarse exclusivamente a los empleados públicos. ¿Es lo que se pretende? Los estudiantes son todos chilenos, por si a alguien se le ha olvidado; y poseen los mismos derechos, entre ellos, a optar por los fondos públicos. La sociedad civil también puede fundar universidades. Estas pueden prosperar académicamente y ser parte de la nación, salvando el control de la calidad y el cumplimiento de la ley. Nada de esto es demasiado difícil de comprender.

Remanso, 6 septiembre, 2022

Ser soberbio en la hora del triunfo no solo es bien poco elegante (y los dioses castigan con deleite a los jactanciosos), sino que además quedan muchas barreras para volver a enrielar al país. El mensaje enviado por el Chile posplebiscito es que lo que se rechazó fue una versión de Carta que poco y nada tenía que ver con la Constitución de un país democrático; ninguno que reconozcamos como de relativo éxito —lo más que se puede pedir en la vida humana— ha tenido la frivolidad de darse este tipo de ley fundamental. Esta advertencia en Chile llegó a oídos sordos por el ensimismamiento de la Convención. Los que ahora debemos escuchar esto somos nosotros.

¿Qué resta? Que el Presidente y los líderes parlamentarios recojan los fragmentos y rearmen al país retornando a su origen, el espíritu del 15-N —en esos días bien pronto abandonado—, y propongan un nuevo camino, coherente con las potencialidades de las democracias reales y con la historia de Chile. Junto con ello, se debe hacer un esfuerzo hercúleo por tratar de apaciguar a un país que seguía en el vuelo insurreccional en algunos sectores, y en desgranamiento de su tejido social ante la ingobernabilidad e inseguridad, todo ello acompañado de una insurgencia de las más graves de su historia, escudada en una minoría exigua que poco la comparte y además la padece. La fase de la “violencia aguda”, expresión favorita de los comunistas, habrá pasado, pero falta todavía alcanzar ese precario estado de equilibrio que otorga una cierta tranquilidad, como las que trajeron los plebiscitos de 1988 y 1989 (la gente lo ha olvidado). Para ello se debe acometer lo que nos demanda el varias veces citado maestro Ortega y Gasset, que la gran política es llevar a cabo la “revolución y la contrarrevolución” en un solo acto. En esta etapa, solo queda sellar la última fase, que además se le ha prometido al país.

Chile ha demostrado en los últimos 40 años que, desde la confrontación, se pudo avanzar a la cooperación dando respuesta a los desafíos institucionales, sociales y económicos. Lo que falló fue algo diferente, de lo que se ha hablado mucho en estas páginas. Existen eso sí factores nuevos de envergadura que son duros de roer, de larga duración, no exclusivamente chilenos, por cierto, pero que se descargaron con el país con impactantes consecuencias. Nombro a dos de ellos.

En primer lugar, las mudanzas de ánimo del electorado, que no es una cosa puramente política, sino que está anclada en una especie de anarquismo espontáneo de las masas. Gobiernos elegidos con sólida mayoría ven su legitimidad práctica evaporarse de la noche a la mañana y cualquier furor popular pasa a expresarse en la calle. No está ajena a la crisis de autoridad (poder siempre lo habrá), que hace que se mire con desdén y rigor puritano a todo funcionario electo o nombrado. Se trata del “malestar con la política”, que compartimos con las democracias de nuestro tiempo, desafío de largo plazo.

Lo segundo, en un plano más etéreo pero a la vez más denso, se enseñoreó del país una contracultura propia al mundo contemporáneo —nada que ver con lo autóctono—, airada por el costo y el shock cultural de la modernización. Logró empapar por año y medio a una gran mayoría del país, intentando una minoría no tan pequeña un conato revolucionario/cultural. Pero aquí viene el problema, se exigen de manera inmediata todos los frutos de la modernidad económica que solo los puede entregar su capacidad productiva, como en parte efectivamente se hacía en el Chile del cambio de siglo. La política tendrá que lidiar con este estado de ánimo. Hay tiempo para meditar y actuar, en medio del sosiego que como tregua concedieron los chilenos. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Enésima crisis de la democraciaJ, oaquín Fermandois 7 junio, 2016

Se está convirtiendo en un peligroso lugar común afirmar que la democracia atraviesa un mar tormentoso a lo largo del mundo. El populismo latinoamericano -en aparente retirada, pero por nuestra historia sabemos que deviene en eterno retorno- ha sido una cara en la región, con su contraparte en la Europa mediterránea y otra distinta, aunque en el fondo parecida, con nuevos populismos de derecha en otra parte de Europa (por cierto no hay que arrojarlos a todos al mismo canasto). Colofón de este paisaje ha sido el proceso electoral norteamericano con el fenómeno Trump, aunque no hay que ignorar en esta clasificación a Sanders -que puede dejar herida de muerte a Hillary para noviembre-, el que con lenguaje un poco más sofisticado -por cierto, un talante más austero- responde al mismo grito de protesta radical dentro de la tradición norteamericana.

Producto de ello es que se habla con insistencia de la crisis de la democracia en todo el mundo donde ella existe; en estas últimas semanas en las páginas editoriales de los principales diarios han aparecido artículos que expresan alarma por el tema y a veces resignación. Recordemos que es el único modelo político con ideas universales que subsiste; la práctica en la mayoría de los países sin embargo es de sistemas autoritarios de diversa laya. ¿La crisis implica el comienzo del fin de la democracia?

Se olvida que la crisis es parte sustancial -no adjetiva- de la democracia. Porque consiste precisamente en darles rostro a las falencias -o que se cree que lo son- de la política democrática. Esta es esencialmente un caminar al borde del abismo porque sale a luz con más nitidez la parte de fractura que siempre caracteriza la sociedad humana junto al cemento que la sostiene. El debate público y sus a veces interminables demandas exigen que a través de un ordenamiento legal y constitucional se logre la «felicidad» sobre todo material. Vale decir, el que la Constitución respectiva garantice los «derechos sociales» implica que por medio de las leyes exista un país desarrollado.

Otra cosa es que la democracia moderna no aparece como un régimen deseable si no está acompañado con la evolución hacia la relativa igualdad social y mejoría económica. La distinción es básica y más todavía para un país como Chile, que parece encontrarse en una encrucijada entre retomar un camino de posible maduración, o regresar a la civilización frustrada que quisiera marcar a fuego el espacio latinoamericano.

Así en el mundo la historia de la democracia moderna se la puede identificar como la historia de su crisis. La más espectacular y dramática fue el desafío totalitario, ya que combinó una competencia dentro de cada país entre modelos antagónicos con rivalidades entre potencias que lo representaban; la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría la epitomizaban. En la actualidad la crisis proviene de un desgano relajado entre otros fenómenos en nuestra región, y en los países paradigmáticos de Europa y EE.UU., en que se desperfilan los partidos políticos tradicionales de cualquier color.

En Chile por añadidura emergió una crisis autoinfligida, muy en la línea tradicional de la primera etapa latente de las convulsiones, de rebelión de los notables de la clase política e indiferencia de otros. Ha sido un poco resultado de exceso de logros no bien asimilados, como de veleidades de hijitos de su papá que sobrevienen de manera colectiva, con algo del regusto de un mayo de 1968 parisino sin el humor de este último. Lo que nos distingue es que podemos retomar el camino que no es senda de perfección, sino que un sortear escollos fatales. ¿Seremos capaces de ello? (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Persistencia de la Majestad 20 septiembre, 2022
Obcecación 4 octubre, 2022

Arrastrar el poncho con el Tratado Transpacífico (TTP11) como lo ha hecho el Gobierno y, con más hostilidad, algunas fuerzas que lo acompañan, es poner en tela de juicio no solo un documento, sino, más aún, las perspectivas económicas del país; todo, por una obcecación antisistema. Se han dado suficientes motivos acerca del interés nacional en la suscripción del Tratado, del que Chile fue uno de los primeros en proponerlo.

Esta reticencia posee un origen clarísimo, ya que el compromiso íntimo del equipo que inspiró a la candidatura del Presidente, desde su afloramiento el 2011, va contra todo lo que puede significar el Tratado. Entre tanto, en estos últimos 12 meses, en proceso acelerado, vino también la maduración de esta nueva clase política y una vacilación entre la fidelidad a la actitud antisistema, que era su sello natalicio, por una parte; y, por la otra, la conciencia de que la verdadera fecundidad se halla en saber conciliar lo nuevo y lo antiguo. El triunfo del Presidente en la segunda vuelta se debe a esta última percepción. La oposición al Tratado procede en última instancia de la desconfianza innata de nuestra más sonora cultura política latinoamericana por la economía moderna, con la aparente paradoja de que se le exigen en términos materiales todos los bienes que aquella ha producido. Se propugna una ordenación planificadora maquillada de antiextractivismo, neologismo pegajoso y falaz, que jamás ha sido un motor de desarrollo en sistemas democráticos, y solo ha traído factores de poder a sistemas dirigistas, en especial a la experiencia totalitaria.

Sin embargo, como en tantas experiencias civilizatorias, esta ha sido solo una de las almas de nuestra América. La otra alma debe equilibrar, si bien no ser un puro contradictor; debe contener también aspectos de una personalidad política intransferible y no una mera razón tecnocrática.

A los motivos que se han esgrimido por tantos en defensa del Tratado, se añade que este nos vincula a la región que no solo en crecimiento, sino que en muchos aspectos, está a la vanguardia en el desarrollo económico o aproximándose a él. Debiera en algunos sentidos constituir un paradigma para nosotros. Porque el desarrollo propiamente tal, la modernización económica y social, radica en dos zonas del mundo: Europa y lo que esta creó (como EE.UU.); y el mundo confuciano. Comenzó con Japón hace más de un siglo, probándose que la predisposición cultural, si bien se trata de un elemento que predetermina mucho, no es un muro impenetrable, sino que maleable. Con esfuerzo, autodisciplina, persistencia, estrategia y flexibilidad, se puede lograr. Especialmente Japón, Corea del Sur, Singapur y otros, no todos del TPP11 pero sí de su formato, efectuaron este tránsito, poderosas economías avanzadas con sus buenas consecuencias sociales, y por cierto con todos los problemas que nos arroja la modernidad. La historia ha sido y será brincar de un dilema a otro, porque de eso se trata lo humano.

Además de Australia y Nueva Zelandia, economías avanzadas, los otros suscriptores del Tratado parecen encontrarse en esa senda. Como excusa, está la solución de controversias. No existe interrelación económica sin un mecanismo de este tipo. O está centralizado en un poder hegemónico; o, por otra parte, está acordado, con reglas del juego claras e instancias arbitrales. Mejor este segundo camino, con todas las imperfecciones que pueda tener y cuyo último origen está en una sociedad comercial, el archipiélago de la isla Rodas en la antigüedad clásica. Quizás, con un sistema de solución de controversias, hace 33 años hubiéramos evitado la crisis de las uvas envenenadas. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Del frenesí al estancamiento 1 noviembre, 2022

El acuerdo por la nueva Constitución, esfuerzo desesperado de la vieja política con éxito muy limitado al comienzo, logró encauzar el frenesí con fuertes rasgos orgiásticos, casi único en la historia de Chile, a costa de sumarse a una alta probabilidad de arribar a un puerto de estilo chavista.

Esto fue posible debido a un encantamiento en un grado u otro, violento o pasivo, con lo que significó el Estallido, embeleso que se transfirió en tener fe ciega —de parte de una mayoría— en que una Constitución nueva podría solucionar por arte de birlibirloque todos los problemas, incluyendo las cuitas personales. Caso interesante para quienes estudian las percepciones irracionales surgidas de la racionalidad misma de los tiempos modernos. La transfiguración explica el 80% del plebiscito de entrada y la elección de convencionales, como el colapso de la mayoría de los partidos políticos tradicionales en la primera parte del ciclo electoral de 2021.

Y todavía, en confusa mezcla con la marea anterior, vino la contraria, ese choque violento entre la resaca y la nueva ola, que asomó algo inadvertidamente en las primarias siguientes y sobre todo en el 44% de Kast, como en el cambio de programa y de tono del actual Presidente entre la primera y la segunda vuelta. Desde esa perspectiva, el triunfo abrumador del Rechazo no fue más que un contundente paletazo final. Eso sí, se equivocan quienes creen que pueda ser definitivo. La voluntad que acompañó al Estallido fue cierta; lo mismo el millón de manifestantes —los únicos de verdad pacíficos— del 25 de octubre fue cierto; y también lo fue la reversión electoral del segundo semestre de 2021; y para qué decir el resultado plebiscitario, cuyo símbolo máximo fue la restauración de la bandera chilena como emblema nacional sentido y compartido.

¿Qué nos dice esta evolución? Para un historiador no es nada de paradójica. Lo cierto es que la democracia en todas partes tiene que habérselas con ese estado de conciencia que se llama la psicología de la sociedad de masas. De una caída en un estado de hipnosis se transitó a la búsqueda un tanto instintiva de un nuevo sentido de la realidad, que no fuera tan diferente a lo que se entendía por tal, y que a la vez tenga respuestas creativas a una situación que se nos avecina, cuya gravedad recién empezamos a aquilatar (pero que tanto chileno la intuyó el 4 de septiembre). ¿Qué hacer?

No olvidemos que Chile prometió horizontes mejores y menos divisivos cuando lograba aunar el orden institucional apropiado a la moderna democracia, junto a algún grado de modernización socioeconómica. Los famosos 30 años fueron una de esas etapas que, como toda prosperidad, también desgasta a la democracia, como un movimiento circular. Solo los totalitarismos dan (falsa) ilusión de estabilidad a lo que no es más que una realidad congelada.

Henos aquí algo paralizados ante un nuevo camino institucional, quizás desperdiciando la oportunidad que se nos brindó, de convergencia para una gran mayoría en torno a un sentido común compatible con la democracia.

Una nueva Constitución no debe olvidar que no es un manifiesto ni socioeconómico ni cultural; pero, por otra parte, el triunfo del Rechazo se comprometió a la apuesta de no remedar la soberbia de los convencionales y recoger algo de aquello en la nueva Carta. Y no olvidar dos reglas de oro: primero, que una Constitución no puede ser demasiado diferente a las más importantes cartas de la democracia representativa moderna, también con aspiración de perdurar junto a la república; y, segundo, que, pensando en el procedimiento, demasiadas elecciones pueden hastiar al electorado. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Qué salida tiene la guerra 15 noviembre, 2022

Poco se puede exagerar la gravedad de la invasión rusa a Ucrania, un país con fronteras internacionalmente reconocidas, incluso por la misma Rusia. Ya la anexión violenta de Crimea en el 2014 había sido un antecedente sombrío, sin desconocer su ambigüedad, dada la íntima relación de la península con la Rusia de los últimos siglos. El método de Putin cambia las cosas. Su conquista por medios militares a costa de fronteras asumidas internacionalmente puede tener profundas consecuencias, incluso para un país lejano como Chile, que ha tenido una difícil estructuración fronteriza.

El asesinato del príncipe heredero del imperio austro-húngaro, en 1914, terminó finalmente en una guerra sin salida que destruyó a Europa, ya olvidado el magnicidio que la desencadenó. Había por cierto otras causas, tensiones recurrentes. Siempre las ha habido y las habrá. El asesinato fue planificado por el servicio secreto serbio (no se sabe si con el consentimiento del gobierno en Belgrado), y ese país merecía algún tipo de sanción, pero un mundo no tenía por qué destruirse por ello, con decenas de millones de víctimas. Fue otra guerra de Troya. La más justa de las guerras termina afectando las fibras íntimas, incluso de los vencedores. Putin puede imponer sin miramientos sacrificios a su pueblo; Kiev hace lo mismo, pero con una legitimidad que hasta ahora le da amplio apoyo voluntario de la gran mayoría de su gente. Y se triza el sustento político a Ucrania por parte de las democracias, vieja historia, por más que los gobiernos occidentales pretendan mantenerlo.

No se trata de premiar a la Rusia de Putin, y de efectuar un puro cálculo de conveniencias. Todo esfuerzo de paz que no sea la destrucción total del enemigo, como en 1945, efectúa una transacción entre valores encontrados. Además, ya Rusia sufrió una derrota al no cumplir con el propósito inicial, declarado, de dominar en breve tiempo a Ucrania en su totalidad. También, si en Ucrania antes de la guerra había sentimientos encontrados ante la confrontación con Rusia, ahora la independencia es un hecho irreversible en términos culturales y anímicos. Nació un mito que no se va a evaporar muy rápido, análogo al de los polacos con la Batalla del Vístula, en 1920, ante los bolcheviques, o el alzamiento de Varsovia contra los nazis, en 1944. Ucrania ha quedado más firmemente anclada al resto de Europa y quizás se asienten conductas políticamente democráticas.

Como estrategia, y esperando que las tropas ucranianas avancen un poco más, habría que negociar un acuerdo de cese el fuego que deje la situación congelada, sin reconocimiento internacional a todo cambio de fronteras ocurrido a partir de 2014, y que Ucrania reciba fuerte apoyo de la OTAN para mantener fuerzas armadas eficaces, ofreciendo neutralidad en un futuro tratado de paz, condicionado a la restitución de sus fronteras de preguerra. Una de las dificultades de cualquiera de estas alternativas es que el primero que lo plantea se debilita ante el adversario. Los negociadores diestros —con garrote y zanahoria— han mostrado muchas veces capacidad de superar este dilema, sin desconocer que le otorga algunas ventajas al agresor. La paz política, interna o externa, exige una cuota de olvido y de ficción. Sospecho que, a largo plazo, el sistema de Putin quedaría malherido, quizás fatalmente. En 1991 lamenté la partición del país, porque en este mundo la desintegración de los Estados en general no es buena noticia, sobre todo si las tensiones se pueden resolver razonablemente dentro de ellos. Eternizar la guerra nos lleva a todos a un territorio incógnito, y a tentaciones delirantes. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

El mentado neoliberalismo 13 diciembre, 2022

A la palabra “neoliberalismo” le acompaña la sombra maldita de ser un concepto demonizado, tal cual los de lucro o capitalismo. Ha habido una larga polémica. Me parece, sin embargo, que existe un contexto que pondría algunos juicios ligeros bajo una luz algo diferente.

Lo que llamamos capitalismo —prefiero llamarlo economía moderna, casi siempre apetecida, pero jamás verdaderamente amada— tiene que ver con la confluencia de varios procesos: financieros o riqueza abstracta, técnicos, la centralidad y dinamismo de la economía mundial que tuvo su centro en Europa a partir del 1300, así como la aparición de las ciencias naturales en los últimos tres siglos. Crecientemente se agregó al debate la teoría económica, que explicaba con racionalidad lo que intuitivamente los hombres sabían desde Adán y Eva, es decir, cómo funciona el mercado. Claro, como ciencia social que dilucida gran parte de su materia y que trata con la conducta humana, hay un gran margen conjetural en sus apreciaciones. Por ahí surgen los problemas. No atenderlos lleva a una soberbia autodestructiva de la economía como ciencia y como propuesta de política pública; ignorar los fundamentos de esta ciencia sencillamente nos arruina.

Tras la Gran Depresión de los 1930, en las economías desarrolladas se dio una mayor regulación (no fue un proceso homogéneo en todas ellas) y el desarrollo del llamado Estado de Bienestar. Ello creció a veces imparablemente en los 1950 y 1960, y se le veía como complemento de las insuficiencias sociales del crecimiento económico, este, espectacular tras 1945. Ciertamente, el desarrollo fue siempre acompañado por los debates y antagonismos públicos, tanto en lo intelectual como en política, con buenos argumentos de que el desarrollo económico al final favorece a todos; como que la acción pública, que casi siempre supone al Estado, debe limar las injusticias y falencias del proceso. Así, la discusión a veces ardorosa entre las virtudes del mercado y de la acción pública parece definir a gran parte de la democracia moderna. ¿Dónde se instala la frontera entre ambos? Es de lo que trata la economía política. No existirá jamás certeza matemática. No la puede haber, pues se trata de un límite móvil, que se mueve para allá y para acá, si bien jamás se puede violentar la lógica del proceso.

Pues bien, desde el shock petrolero de 1973 ganó protagonismo la crítica a la intervención y sus excesos o, más bien, destacar los límites inevitables de la regulación y del Estado de Bienestar. En algunas partes, la reacción a este proceso fue evolutiva, como en Alemania, Francia o Japón. En Inglaterra, con Margaret Thatcher (1979), y en EE.UU., con Ronald Reagan (1981), hubo drasticidad. Su resultado fue un considerable éxito en responder a los desafíos, con el problema —no solo en esos países— de revertir en cierta medida la tendencia de largo plazo hacia una mayor igualdad.

Para lo que aquí interesa, esto fue acompañado por el rejuvenecimiento de la teoría clásica (liberal), hecho que ya había comenzado antes de la Segunda Guerra Mundial, pero que solo alcanzó predominio con la conciencia de crisis de los 1970 y la estanflación, y el colapso de los sistemas marxistas en la década siguiente. Como en tantas cosas, se le sumaban las discusiones teóricas y las propuestas de reformas; también arrogancia; la ideología, acompañante de toda discusión como cada vez que se debate en público, y la soberbia de los fríos números, que no lo son todo. Si a ello se le llama período neoliberal, sería bueno que se atendiera a este contexto, que responde a la tendencia medular de la evolución material de la sociedad moderna. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Alegoría, Baquedano y el soldado 20 octubre, 2020

En este extraño panorama al que se precipitó el país hace un año —carnaval y protesta, adicionados por un mundo distópico de pandemia—, nos encontramos ante su primer umbral. En estas páginas se ha hablado bastante acerca del significado de la Carta, del peligro que se transforme en una “Constitución embaucadora” que asegure el paraíso en la tierra, asignándosele una función de talismán, propio a nuestra cultura hispanoamericana, por su fuente milagrera, se afirma. Por lo mismo quizás tenga un valor curativo; con todo, algunas creencias de poco vuelo, mediante inverosímiles recovecos, pueden destrabar nudos ciegos.

Hay una alegoría en todo esto: la plaza donde se alza el monumento al general Baquedano, un símbolo central de la historia republicana, pasto favorito de las masas, en odio espontáneo y odiosidad cultivada. No está mal recordar que además del heroísmo del triunfo militar, posee una relevancia mayor, semejante a la de Prat en Valparaíso: que la Guerra del Pacífico puede ser mirada como la última piedra fundacional de la república en cultura cívica e identidad. Hay analogía en Perú y Bolivia. En una cultura de masas profundamente ahistórica como la que se vive, en especial en Chile, la destrucción de monumentos, museos e iglesias, la referencia al pasado solo como consigna, y la eliminación de su estudio en parte de la enseñanza media, constituyen reveladores signos de individualismo exacerbado de toda una generación. Puede que operen mecanismos semiconscientes por erradicar todo vestigio de legitimidad militar (aunque la violencia que acompañó las protestas ha mostrado estilo de paramilitarización de la política), y por destruir el legado de 1879 en la conciencia nacional. Y hay más.

El monumento al general Baquedano no es solo un homenaje al jefe victorioso. Hasta que las protestas violentas lo derribaron, era también el monumento al Soldado Desconocido, acertadamente erigido junto a su jefe. No fue idea surgida solo en Chile. Como parte del proceso de democratización del siglo XIX, el reconocimiento —y la gloria— pasarían a ser extendidos a todos los envueltos en el combate y en el sacrificio; no solo del jefe guerrero, según un modelo arcaico (que no muere). Justicia elemental.

Ello estuvo envuelto por un creciente repudio a la guerra en sí misma, como una mancha del espíritu humano, de manera que todos pasan a justificar sus propósitos como defensa de la paz. Hay un reconocimiento tácito a la injusticia o exigencia desproporcionada de sostener finalidades políticas a costa de sufrimientos inenarrables y de la vida de innúmeras personas, la mayoría de ellos muy jóvenes; fue piedra de escándalo recién con la experiencia de la Primera Guerra Mundial. A raíz de la Guerra de Vietnam, el soldado desconocido pasó a ser reconocido con el nombre de cada uno de los caídos inscritos en el granito. No es precisamente que por ello hayan finalizado las guerras. Habiendo una tendencia secular de disminuir los conflictos entre estados, florecen en cambio los conflictos donde la sangre llega al río. Y germinó esa dialéctica expresada por Orwell, “la paz es la guerra”.

A contrapelo, la civilización contemporánea debe representar la idea de la necesidad y legitimidad de la defensa legítima y proporcionada, junto al logro de la paz. Mantener el monumento en su integridad y en su emplazamiento actual —como que, a veces, algunos protesten por su significado— es parte de nuestro ser; somos historia. A la hora de decidir un futuro institucional, en el año y medio que resta, hay que asumir que podemos repensar nuestra existencia, solo que jamás suprimirla. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Columnas

«Ucrania y Chile» 8 marzo 2022 «No existe en parta alguna de este mundo, una sociedad que sea la pura suma identitaria de movimientos sociales, menos todavía porque esté escrito en una Constitución. Que yo sepa, la naturaleza que habitamos no es actor ni individual ni colectivo de ningún sistema político; somos nosotros los que debemos decidir qué hacer y no hacer con ella… Crear un vacio es tentar a los dioses propiciadores de desgracias»

Bibliografia

La noción del totalitaarismo (1980)
Politica y trascendencia en Ernst Junger,volumen 1 (1982)
Totalitarismo y autoritarismo como nuevos sistemas políticos (1989) Revista Política, vol 19-21
Estados Unidos: las elecciones de 1992 y la política exterior (1993) Cono sur, volumen 12
El mundo estaa tan lejos, (2003) El mundo estaba tan lejos. Revista Universitaria, numeros 82-89
Politica trascendencia en Ernst Junger 1920-1934 (2017) vol 2
Chile y el mundo, 1970-1973: la politica exterior del gobierno de la Unidad Popular y el sistema internacional (1985)
Abismo y cimiento: Gustavo Ross y las relaciones entre Chile (1997)
El centenario de Hannah Arendt (2006)
«La revolución inconclusa: la izquierda chilena y el gobierno (2013)
La democracia en Chile: Trayectoria de Sísifo (2020)

Otras publicaciones

Columna VIsión de Mario Góngora, 9 junio 2015: Las meditaciones finales lo hacen revaluar el papel de la democracia, la que antes había evocado en él un moderado escepticismo.

La Balanza 13 julio 2021 «Hay que jugar la carta huasa de la suspicacia razonable ante  los titiriteros que abundan en el saqueo de la escena republicana… hacia fines de la década de 1990, la centro izquierda comenzó a perder la fe en su propio proyecto, en la clásica dificultad del socialismo demcrático por defnir su puesto en una oscieidad abierta»

Yo espío, tú espías 3 marzo 2015

Con más alteración en Lima que en nuestro país. Siempre es así en estos casos, por la sensibilidad brotada en nuestros vecinos debido a la Guerra del Pacífico, a pesar de que finalizó, recordemos, en 1883, pero proyecta una larga sombra que pareciera que jamás cederá a la luz del sol. En esa lógica, el Presidente Humala convocó a cuanto consejo se podía, incluyendo a los ex presidentes, pues suponía que sucedió algo de la mayor gravedad para el país.

Aquí las cosas se miran como una curiosidad más, aunque sea un pequeño dolor de cabeza para la Cancillería. No es así en Perú, o en Bolivia, donde en todo lo que tenga que ver con algo chileno siempre se husmea la más terrible de las conspiraciones. ¿Tendremos poca sensibilidad para comprender la huella de una herida en el alma del Perú? A estas alturas es dudoso que ese sea el problema, aunque debamos estar conscientes de que la cicatriz se reabre con intermitencia.

¿Organizar espionaje es de por sí un acto de agresión? Hace unos años, Henry Kissinger sonreía con un rictus de impaciencia cuando en EE.UU. la prensa y el Congreso se escandalizaron por el descubrimiento de un activo espionaje chino. Para Kissinger era lo más normal que los estados se espiaran entre sí, como parte de la «razón de Estado». Es una forma de tomar las cosas. Distinto es que un país como el nuestro debe medir sus pasos en este sentido. Sucede que, demasiado habituados a James Bond, al hablar de espionaje se despierta una pasión por la intriga y el misterio, y no se sopesa lo que es «inteligencia». Esto es, capacidad de conocer y evaluar intenciones y medios de aliados y enemigos; y entremedio del resto, que a veces es lo más importante. Existe una inteligencia legal, abierta, que se mimetiza muchas veces con el trabajo académico: el análisis de la capacitación y dotación de otros actores. De hecho, gran parte del trabajo de los mentados agentes de la CIA en Langley consiste en la redacción de informes que luego se elevan a los mandos políticos y militares. A veces se equivocan medio a medio, aunque en general no son nada de malos, incluso ayudan a los historiadores. Existe también el área gris, el espionaje electrónico (siempre que no se interfieran las comunicaciones), que no nació con internet, sino que tiene cien años.

La inteligencia ya sea de fuentes públicas o aquella obtenida por métodos confidenciales (el espía común y corriente) se da incluso entre aliados. Si, por ejemplo, dos países poseen un programa común de seguridad y defensa, uno de ellos querrá averiguar con toda legitimidad si el socio se prepara o no seriamente en la misión común. Por ello alguna vez tendrá que recurrir al fisgoneo. Esto tiene sus límites. Está claro que a la NSA se le pasó la mano al intervenir los celulares de Angela Merkel y Dilma Rousseff; provocó un daño imponderable que llegado el momento se volverá contra los intereses de Washington. Después de 1945, Alemania ha sido un estrecho aliado de EE.UU., y Brasil en varios aspectos lo sigue siendo, pero esto obligó a Dilma a responder y además en América Latina arrojó alimento al antinorteamericanismo vulgar. ¿Era tan importante escuchar sus conversaciones personales, cuando hay tantos otros medios para averiguar y entender lo que piensan y ordenan? Esto no fue una torpeza solo porque Snowden lo filtró, sino que revelaba falta de criterio y la soberbia de quien cree haber hallado la lámpara de Aladino (el genio también se le escapó). Perú verá cómo lleva a cabo su propia inteligencia. Chile debe evaluar los límites para recoger información, aunque su criterio no puede ser definido por el Perú (y viceversa).(El Mercurio)

Pervivencia del Chile republicano 12 julio, 2022

Comienza el acto final de la operación lúdica planteada por la Convención, un manifiesto que propone un país ideal a realizarse porque estaría inscrito en la Constitución. Producto de la imitación servil de otras cartas latinoamericanas, en especial de la boliviana; imantada del lenguaje de la academia norteamericana (en eso están los antiimperialistas), sazonado con pasajes aceptables para todos, y sin embargo inextricablemente comprometido con un “proyecto” que los hipoteca, se asemeja demasiado a una autorización para divertirse con el país. Aconsejo mirar en cada inmigrante venezolano a una víctima de la maravillosa Constitución de Chávez.

No será el fin del país, pero sí puede serlo del Chile como Estado nacional en su búsqueda real de un sistema acorde a la civilización contemporánea, aun reconociendo en su historia crisis intermitentes y modernización incompleta.

No es desmesura tener una completa desconfianza en cómo será leído e interpretado el proyecto de nuestros increíbles convencionales, una vez entrado en vigencia. Pequeños maquillajes de último momento y una ceremonia más en línea con la sobriedad de nuestro estilo chileno en la entrega del proyecto no cambian esa letra, un programa de acción abierto en mil direcciones, todo menos una Constitución respetable (es decir, las que han funcionado).

Se dice que hay que saber reconocer el mandato de la hora, el mensaje de los tiempos. Solo que en el presente no hay un solo tiempo ni un solo mandato; tampoco una sola respuesta. Sobre todo, habrá que preguntarse —la gran cuestión de la política moderna— cuál es el orden más civilizado que nos corresponde. En Chile ha habido más o menos una constante de aproximación al modelo más positivo de la sociedad contemporánea, en lo político y en lo económico-social. Se tuvo un éxito parcial e intermitente en lo primero; muy incompleto en lo segundo, si bien no sin brincos significativos como el de las últimas décadas, ahora empantanado en un shock cultural que nos tiene aturdidos y de lo que solo emergeremos con ardua dificultad. Por cierto, no podrán ayudarnos los llamados populismos ni las democracias iliberales, y en este continente estas últimas, las de la horneada más reciente, ni siquiera traen desarrollo económico.

El país ya ha experimentado bastante terapia y depresión. Para alejarnos del marasmo y quedar arrojados al vertedero, debemos extender el período constituyente por medio del Rechazo (reconozco que su triunfo es incierto), a lo que le debiera seguir una etapa no muy extensa —por ejemplo, entre seis y ocho meses— donde se redactaría una nueva Carta. Para ello sobran los insumos, solo falta rigor y sensibilidad política: la historia constitucional de Chile hasta el presente; la evolución moderna en democracias reconocidas como tales; e inevitablemente, para unir al país en todo lo que se pueda, añadir elementos del documento de los convencionales que cesaron hace unos días, quizás con énfasis en derechos sociales, ojalá sumando también el liderazgo del Gobierno. Le seguiría inevitablemente otro plebiscito, aunque con el temor de que muchos actos electorales crean indiferencia en el votante, otra forma de erosionar la democracia.

Por último, el Plan B del que tanto se habla lo deberían quienes planteamos el Rechazo, por si gana el Apruebo, lo que tiene sus probabilidades. Habría que crear un polo que compense los ímpetus que brotarán por radicalizar el proceso, y borrar la separación de poderes del Estado. Sí, la democracia será siempre una tarea análoga a la de Sísifo, recoger lo que continuamente se desparrama. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Constitución sí, manifiesto no 28 junio, 2022

Posee un aire de “todo el poder a los sóviets” de Lenin en 1917. No se trata de un ancla en la cual estén las reglas del juego de nuestra convivencia, sino de un programa o manifiesto político para la creación de la sociedad del futuro, mezcla de utopía de redes sociales y de mentirillas disfrazadas de derechos de esto y de aquello. Se nos dice que no tiene nada que ver con Cuba o Venezuela, y al igual que algunas líneas de producción muy chilenas, se les ponen nombres escandinavos, por el prestigio de su seguridad social (fruto de potentes economías y de ausencia de grandes grietas políticas los últimos 100 años, lo que no se dice), en una típica técnica de marketing. ¿Iremos al despeñadero como ovejitas resignadas?

Existe una alternativa, por tenue que sea, y es el Rechazo en el plebiscito, siempre y cuando se le asuma como una etapa más, adicional, al proceso político en el que estamos envueltos. No se puede desconocer que defender el Apruebo es mucho más fácil que hacerlo por el Rechazo. El primero ofrece todo, incluyendo la fuente de la eterna juventud (¿quién resiste esta tentación?); el segundo nos advierte de los peligros y señala las posibilidades para mejorar la situación de nuestro Chile. Posee menos sex-appeal en el plano del libre mercado político.

Toda coyuntura exigente demanda vitalidad en la respuesta. Lo primero es mostrar lo peligroso de la propuesta de la Convención, amén de ser mucho embauque. Para desmentir que se trata de campaña del terror, bastaría preguntar dónde un engendro de ese tipo ha sido fecundo en consolidar un sistema democrático y un desarrollo aceptables. En ninguna parte. Se trata, en el mejor de los casos, de un pasaje al marasmo; en el peor, a un paisaje infernal.

Quedando claro que en octubre de 2020 el país votó por una nueva Carta, el Rechazo debe plantearse como una etapa en la búsqueda de una solución constitucional, que vincule a la gran mayoría del país con reglas probadas que organicen los poderes públicos y la misión del Estado, así como un sumario básico de derechos y deberes de los ciudadanos. De eso se trata una Constitución, y no de gustitos propios a una beatería que exuda soberbia.

Al triunfo (dificultoso) del Rechazo, le debería suceder un acuerdo de los actores que lo propusieron; de sectores que rechazaron por principio la Constitución actual, pero han quedado estupefactos ante el desplante lúdico de los convencionales, y de otros actores que, apoyando con inseguridad y duda íntima el Apruebo, puedan ver antes que una derrota de este, la posibilidad de conducir a buen puerto todo el proceso constituyente. Se han dado varias ideas en donde emerge el protagonismo del actual Congreso, aunque no debe ser la única instancia.

¿Cuál sería el horizonte? La adopción de mucha tradición de la historia constitucional de Chile, que a grandes rasgos reflejaba a los principales modelos de democracia; la evolución de constituciones modernas en países que consideremos más aceptables, y también en acoger algunos elementos del proyecto de la Convención, por poco que nos entusiasmen. Se trataría de no repetir el error de los convencionales de ignorar al resto de los chilenos, pero sí de efectuar un intento creíble para que la Carta, sin que represente absolutamente a todos —siempre habrá disidencias—, logre unos mínimos satisfactorios en que la inmensa mayoría de los chilenos pueda identificarse o al menos aceptar. Si gana el Apruebo —tras lo cual sus ardorosos partidarios mostrarán una arrogancia inabordable sin admitir enmienda—, una idea matriz como esta podría desplegarse como equilibrio frente a una probable marcha al radicalismo político. (El Mercuio)

Joaquín Fermandois

A. Latina: ¿Es posible la sensatez internacional? 14 junio, 2022

Finalizada la Cumbre de Las Américas, con bien poca novedad como era de esperar —más allá del boicot de algunos presidentes—, hay que replantear no la necesidad de estos encuentros, que la tienen, sino algunos códigos. Por escleróticos que muchas veces parezcan, son momentos de intercambio de opiniones y clarificaciones que de otra manera no tendrían otras ocasiones de producirse. No cabe duda de que esta cumbre ha sido víctima de la desatención de Estados Unidos, así como de la poca capacidad de los latinoamericanos para interactuar entre sí.

América Latina busca su norte con brújulas defectuosas. Lo que sucedió en la cumbre, la ausencia de varios países importantes, algo encandilados con el show, requiere de conciencia de lo que está en juego. La lógica del multilateralismo después de la Guerra Fría era fortalecer las democracias. Como tanto sucede, fue un poco flor de un día. La sombra del chavismo habrá hundido a Venezuela, pero alentó una tentación en el continente y se dejó al lado como molesta la Cláusula Democrática. En el caso de la Celac, tanto por circunstancias de reglamento como por falta de todo rubor de quienes pretenden defender la democracia, el Presidente Piñera en Santiago (2012) le traspasó la presidencia de la organización al menor de la dinastía que se apoderó de Cuba hace más de 60 años, Raúl Castro, en la tradición del Estado patrimonial, como los Trujillo y los Somoza. Hay un bicho pegajoso. Se daba a entender que da lo mismo ser o no ser democracia.

En la historia interamericana no faltan los ejemplos de doble estándar. Nuestro canciller Carlos Martínez Sotomayor denunciaba en 1962 que se excluía a Cuba de la OEA por no ser democrática, pero principalmente con el voto de dictaduras (lo decía en palabras más cuidadosas). En los 1980, las flamantes nuevas democracias se lucían excluyendo a Pinochet de los foros, pero no eludían ir a La Habana al besamanos de consabida, al Castro mayor. Ahora mismo en Bolivia, por medio de una justicia controlada (Constitución bolivariana, entre otras cosas, el norte de nuestros convencionales), se pretende destruir físicamente a una mujer, la expresidenta Áñez, cuando el que inició la cadena del “golpe” fue el propio Evo.

El triunfo de las izquierdas en el continente se completaría con la casi segura elección de Lula en Brasil, esta vez con el apoyo adicional de parte de la derecha. En sus 8 años de presidente (2003-2011) se hizo vistoso en la escena mundial, sin que influyera mucho (o nada) que digamos; en nuestra América dejó la iniciativa a Chávez, con los resultados que conocemos, si bien en política interna no estuvo mal para criterio de uno.

Se deben construir instituciones multilaterales interamericanas que puedan resistir el movimiento pendular entre izquierda y derecha, sin estar identificadas con uno u otro polo, acogiendo a ambos y sin renunciar a la Cláusula Democrática, que suspende a los países con gobiernos autoritarios. La Celac y la Cepal podrían contenerlos a todos sin excepción. Siendo realista y conociendo la historia de la región, la polaridad entre democracia y autoritarismo no se va a esfumar así como así, sin ser feudo exclusivo de derecha o izquierda.

¿Existe política exterior latinoamericana? Se habla de ella como si fuera una entidad metafísica. Para la región en su conjunto, sería buena una estrategia sin estridencias, de largo plazo, converger con las democracias desarrolladas sin perder su propia postura. Es de imaginar algo así como al Sudeste Asiático, de alguna comparabilidad con nuestra región, sensato en su aproximación internacional. ¿Seremos capaces? (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Deuda histórica: no existe 31 mayo, 2022

Así es. De ninguna manera se puede asumir una “deuda histórica”, nada más que no sea una referencia muy metafórica, desprovista de toda pretensión empírica ni menos de cualquier pretensión de adquirir fuerza de ley. ¿Por qué?

Muy sencillo, porque es ontológicamente imposible. No se puede recrear fácticamente el pasado, es decir, lo sucedido ayer o hace 5 siglos. Ni tras la expulsión se puede regresar al Paraíso por secretaría, creencia que se propaga y fomenta por estos pagos. Incluso el mejor historiador solo tiene una aproximación un tanto hipotética al pasado. Así como el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, el propósito de mejorar el resultado de hechos del pasado, próximo o remoto, se transforma en utopías de pasado, retrospectivas, las más catastróficas de la historia moderna, como fueron las del comunismo y del nazismo, las más simbólicas y representativas, si bien no las únicas. Entonces, ¿es que no hay remedio a situaciones de grupos humanos desaventajados?

Sí lo hay. En efecto, la sociedad humana por sí misma jamás regresará al paraíso perdido. Sin embargo, no se trata de un callejón sin salida: su situación es mejorable como tanto se ha probado a lo largo de la historia (los humanos tienden a olvidarla, es parte del problema), y nunca dejará de ser cierto. Es el arreglo posible del presente, si se adoptan medidas persistentes, con autodisciplina. Esto último, el tesoro escondido entre nosotros, es lo más arduo en nuestros países latinoamericanos.

Es lo que sucede con la plurinacionalidad, la autonomía territorial y la restitución de tierras, amén de gobiernos regionales que pondrán en tensión las finanzas del país y tendrá personal mal pagado en huelga permanente. Si se toman en serio estas palabras y conceptos, ello resultaría al menos en retroceder hasta la batalla de Curalaba, en 1598; Chile llegaría hasta el Bío-Bío, y eso. Se nos dice que esas referencias no son más que un “reconocimiento”, un cariñito. Entonces, ¿para qué están en una Carta? ¿Para que no las tomemos en serio y para que la Cámara de Diputados y Diputadas afine día a día lo que vaya siendo Chile según el humor del día? Un país así se escurre por un abismo.

Todo ello por un problema sobredimensionado, animado por una ideología muy moderna que se vincula a la contracultura; una victimización estratégica en consonancia con el grito del momento; y sumada a una organización, quizás con múltiples centros, pero que en todo caso tomaron en serio la teoría del foco de Guevara y de Abimael Guzmán, de crear un núcleo de mentalización para después pasar paulatinamente a la acción directa. Ahora estamos en eso, hasta el cuello.

Seguimos exaltando al problema indígena como si el ser de Chile girara en torno suyo. El único problema real es el conflicto mapuche. Ninguna bagatela desde luego. Salvo pequeños núcleos en el norte, se trata de un mundo mestizo, donde ni siquiera la pobreza es la causa original. Reventó en el país cuando este dio un brinco material importante, y quizás fue uno de sus motivos; también porque ya se está lejos de una pureza original y lo mestizo es tan fuerte como el rasgo propiamente mapuche. Fuera de esa zona, salvo el apellido, poco lo diferencia del resto de sus compatriotas en un país que, comparando con la región, es bastante homogéneo, teniendo en cuenta que jamás hay una realidad pura.

Pobreza, factores culturales, integración paulatina al mundo moderno son problemas a enfrentarse. No podemos retornar al pasado (de cajón, supongo), sino que le somos fiel en la medida que sigamos alistando al país para el futuro, obviamente sin destruirlo. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

Encrucijada 23 agosto, 2022

¿Por qué arribaron tantos inmigrantes venezolanos a Chile, quizás medio millón? Hay un marco histórico al que muchas veces se ha aludido, esto es, la endógena inestabilidad republicana de la región que parece nos acompañará todavía largo tiempo. Hay otro elemento, vinculado con el anterior, la historia venezolana. Quedémonos con lo más próximo de esta última. Tras dos intentos fallidos de golpe de Estado, Chávez, transformado en caudillo popular, se hizo de la presidencia por elecciones, pero movió al sistema llamando a plebiscito más allá de la Constitución de entonces. De esta manera pudo construirse en 1999 una Constitución a imagen y semejanza, de 398 páginas, donde hallamos de un cuanto hay. Junto con la ecuatoriana del 2008 y sobre todo la boliviana del 2009, ha sido la fuente inspiradora de nuestro proyecto que plebiscitaremos en pocos días más. ¿Es el mejor punto de referencia?

El modelo más impactante es el de Hugo Chávez y sus consecuencias, que por cierto no provienen solo de la Constitución, pero esta fue el instrumento que le permitió reconfigurar a su país. Su resultado más dramático, los casi 6 millones de emigrantes. En estos días, es bueno que observemos en cada venezolano radicado en nuestro país a una víctima de aquella Carta. Nosotros aportaremos con la Constitución N° 253 de la historia latinoamericana desde 1810. ¿De dónde viene esta propensión a redactar leyes y reglamentos en sustitución del pensar y practicar ante la realidad de las cosas? Supongo que de un sustrato larvado de nuestro inconsciente cultural y de nuestra alma, aquella que afloró en un género universal, que tiene sus notas sentimentales tan típicas, en la radio y la telenovela. Es la mentalidad de soap opera que empapó nuestra Convención en su práctica cotidiana y en la redacción del documento. No se explica de otra manera que entre los centenares de artículos uno se encuentra con joyas de opereta, como el 165, que promete que los empleados públicos se guiarán por “los principios de eficiencia, eficacia, publicidad, buena fe, interculturalidad, enfoque de género, inclusión, no discriminación y sustentabilidad”. Pobrecitos, menuda tarea será digerir una revoltura como esta.

Es del tipo de indicaciones más inocentes —y bobaliconas— del texto. El problema central es que no se trata de una Constitución apropiada que sea comparable con las que realmente han asistido en consolidar a las verdaderas democracias que existen. Estamos frente a un programa de gobierno —en su versión original era terriblemente explícito hasta que a último momento, ante el peligro de perder el Apruebo, fue maquillado—, que está abierto a toda posibilidad. Será presa de cualquier férula que con no demasiada dificultad se apodere de él, por la facilidad que confiere a un centro de poder de subordinar a una sola voluntad política a los tres poderes del Estado. Sencillamente, no se trata de un proyecto de Constitución, sino de un manifiesto que legitima la movilización permanente. ¿Reglas de convivencia política, separación de poderes, posibilidad de desarrollo económico para financiar proyectos sociales sensatos y otros gastos ilimitados? Brillan por su ausencia.

Hasta donde sabemos, la balanza está pareja. Si gana el Apruebo, no se debe desmayar. Habrá que sostener un equilibrio político hasta donde se pueda, para desbaratar cualquier aventura institucional, o para negociar llegado el caso. Si gana el Rechazo, el material está disponible: el carácter constitucional de las verdaderas democracias; la trayectoria constitucional de Chile; y, gusten o no, asumir algunos aspectos del proyecto eventualmente rechazado. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois

"Todo es caricia de Dios" Joaquín Fermandois 21 julio, 2015

Podría también ser el título de Laudato Si’, la encíclica de Francisco dedicada al cuidado de la naturaleza, también un texto con peso intelectual que se sostiene por sí mismo aún más allá de la fe.

Cita a Francisco de Asís en lo de «nuestra madre tierra», fusión o complementariedad de lo que comúnmente diferenciamos entre lo natural y lo humano. A contracorriente de un constructivismo extremo, Francisco reafirma que existe aquello de «la esencia de lo humano» como referencia ineludible; y que según el Génesis somos materia extraída de la tierra. Destaca asimismo la continuidad de los pronunciamientos hechos por medio siglo, aunque fue Pablo VI quien primero explicitó el adjetivo «ecológico». La preocupación de la Iglesia fue surgiendo al mismo tiempo que el tema del medio ambiente comenzó a aparecer en los debates de la política mundial en los años 60, en parte como coletazo del naciente eclipse del arrebato totalitario.

El necesario afán reproductivo y de adquisición, causa primera del dominio sobre la naturaleza, es uno de los resultados de aquello de que «comerás el pan con el sudor de tu frente» (Génesis); Francisco defiende el recto sentido de la orden bíblica de «dominar» la tierra que está en la herencia de la Creación. El hombre requiere de renunciamiento y esfuerzo, pero también alcanza el gozo creativo -cuando es sublimado por la «buena vida», que se encuentre en la búsqueda de sentido- que ello produce. Es también un ser cultural y espiritual, con una meta que difiere y hasta se encona con la anterior, pero no puede eludirla. Sí que se ha mostrado capaz en los grandes momentos de cultura y civilización -por definición, convivencia de valores inconmensurables entre sí- de colocarlos en tensión creativa.

Claro que el genio de la acción tiene la tendencia reiterativa hasta el final de los tiempos de escurrirse de la botella; se transforma en becerro de oro. Desde un comienzo existió la depredación de la naturaleza, y nuestra Isla de Pascua es un ejemplo de antes de los tiempos de la ciencia y la tecnología. Con la moderna sociedad industrial se alcanza por cierto un límite peligroso (los sistemas colectivistas lo hicieron peor que las economías de mercado).

La encíclica vincula, casi en igualdad de condiciones, a dos males: la crisis del medio ambiente y la pobreza. La economía moderna emparejada con la ciencia es quizás la única que posee los instrumentos materiales para identificar y superar la pobreza, al menos como se la entiende ahora. Cuando no lo realiza, no es necesariamente por la mala distribución de la riqueza, sino por carencia de un talento práctico de ordenación y organización, ya sea al interior de cada país o en el plano internacional. Ello no quita que, como ha dicho Jeffrey Sachs a propósito de Laudato Si’ , cuando el proceso económico es abandonado a su propia lógica -como cualquier ámbito de lo humano- deviene autodestructivo e incluso contraproducente a sus propios fines.

Junto al amor y admiración por la tierra y el cielo poblado de estrellas, la encíclica constituye una invocación poderosa a que, junto a la producción y reproducción de las cosas y a la utilización de la naturaleza, la reverencia y la autolimitación ocupen un lugar en la cultura contemporánea. Se suma a un grito de pureza de hace dos décadas de Alexander Solzhenitsyn, quien, rechazando los colectivismos, reclamaba que solo podemos experimentar la verdadera satisfacción espiritual «no en poseer, sino en negarnos a poseer».

Quizás no se pueda vivir así, salvo para la santidad de anacoretas, por esencia un puñado, pero esta noción debe, sin embargo, ingresar a nuestro horizonte existencial.

China y el cobre, Joaquín Fermandois 1 septiembre, 2015

Una ola de escalofrío recorrió Chile y el mundo a raíz del enfriamiento de la economía china. Afectó en particular al cobre, que despierta emociones comprensibles y otras fabuladoras en nuestro país, siempre propenso a buscar un El Dorado en vez del pedregoso camino al desarrollo. El discurso populista habla copiosamente de «excedentes» (concepto de último origen marxista) del cobre, como si las ganancias fueran análogas a frutales que crecen de forma natural, cual zarzamoras sin espinas. Se olvida que simplemente el «excedente» es el resultado de la diferencia entre el precio de producción y el de venta, previa naturalmente una buena gestión, para nada fácil.

No hay que llorar por China; sus tasas de crecimiento tuvieron una duración sin precedentes y algún día iban a disminuir. Japón y Corea del Sur, dos casos espectaculares, se «normalizaron» después de dos décadas. China permanecerá como un gran nuevo polo de la economía mundial, solo que con crecimiento más lento.

Se enciende la alarma por nuestra dependencia del cobre, lo que no habría sido modificado por las transformaciones de los últimos 40 años. Relativo. Pongamos las cosas en su lugar. Ningún país de América Latina ha logrado arrancar de los recursos naturales –después de tanto cacareo Venezuela está peor que antes y Cuba para qué decir- y esto es una barrera para el real desarrollo, que es una especie de capacidad camaleónica de adaptarse a diversos roles productivos a lo largo de la evolución. En Chile sí que hubo un cambio, aunque no uno que nos hubiera llevado a la senda de Japón o Corea. A comienzos de los 1990, ya maduradas las reformas, el cobre ya no era el casi 70% de las exportaciones o más, como lo había sido antes, sino que el 40% y menos; el peso se trasladaba a la exportación de recursos naturales renovables, que implica adición de creatividad y tecnología. Ahora ha regresado no a lo de antes, pero sí a valer más del 50% de las exportaciones. ¿Por qué? Por dos razones principales. Una, porque con la aparición de una nueva gran minería privada -propiciada por el código que entró en vigencia en 1984- se quintuplicó la producción de cobre; la otra, porque por 10 años se ha sostenido un precio inusualmente alto, duración nunca antes alcanzada. Ahora con casi seguridad nos encaminamos a un ciclo de precios más modesto (o muy bajo, ya veremos).

Asociamos recurso natural no renovable a un desgaste fatídico. Para el cobre hay que relativizar esta imagen. A diferencia del petróleo, hay mucho cobre en el universo; el problema por una parte es el costo de producción; y por la otra una antigua amenaza, la de sustitución, que hasta ahora no se ha producido en lo sustancial, aunque sin embargo pende sobre el metal. Algo que se recalca poco, en esta nueva gran minería ingresaron capitales chilenos; a comienzos del siglo XX solo empresas norteamericanas podían proveer el ingente capital para la industria del siglo; en el XXI emerge una capacidad nacional, aunque, claro, vinculada a una internacionalización de la economía. Es un avance que poco se ha celebrado.

De aquí al desarrollo resta todavía un foso. Una economía política razonable y sostenida más allá de los ciclos políticos se ha demostrado como el mejor remedio. Sería un aprendizaje puramente político. La actitud de un pueblo puede modificarse de manera civilizada -para mí, la España moderna es un ejemplo- como se ha visto en tantos casos de desarrollo; nos resta todavía ese cambio al cual solo una reforma en educación a largo plazo podría añadir una población provista de los atributos necesarios. Todo el porcentaje del PGB que ahora se va a utilizar no va en esa dirección.

¡Europa! ¡Europa!-Joaquín Fermandois 15 septiembre, 2015

Desde 1914 se viene hablando del fin de la civilización europea. Ya las dos guerras mundiales fueron un intento de suicidio. Si ahora no es exactamente el centro del mundo como lo era en ese año fatídico, sus valores y estilos han tenido reproducciones (y deformaciones) a lo largo del globo. Sin embargo, la antigua experiencia enseña que si la civilización colapsa en su fuente de origen, de manera inexorable sus criaturas de más allá de los confines perderán el aliento vital.

¿Cómo podemos hablar con talante fúnebre sobre Europa cuando literalmente multitudes desesperadas se arrastran para ser cobijadas dentro de sus fronteras? Las cosas están relacionadas. Existe la pertinaz demografía europea resumida en que su gente no quiere tener guaguas. Qué se le va a hacer, con ese criterio van a desaparecer más temprano que tarde. La inmigración va a tener menos posibilidades de asimilarse a sus modos de ser y ocurrirá lo contrario, que ya sucede: el surgimiento de guetos donde incluso se exacerba la identidad de origen, como el caso del fundamentalismo islámico.

Esto vale para lo que sucedía hasta el 2014; lo que se ha desencadenado ahora tiene un rostro más feo. Es de rigor llamar la atención a los países europeos por su egoísmo. Me temo que hay que señalar otra cara del asunto. La actual oleada de inmigrantes está constituida por desesperados. La que antes había era aquella que fluía debido a las increíbles ventajas otorgadas por Europa, sobre todo los países más exitosos en su desarrollo y organización. Ello supone un costo cada día más insostenible. Las migraciones a América en el XIX, en particular a Estados Unidos y Argentina, recibían una ayuda modesta de organizaciones de los mismos inmigrantes; ahora se trata de que el fisco de cada uno de esos países les debe garantizar una enorme cantidad de prestaciones y derechos, mientras que irá menguando el aporte económico de los inmigrantes, más reacios a asumir un registro mínimo de tareas y deberes.

Los desesperados provienen en su inmensa mayoría de zonas de conflictos sin Dios ni ley, por estados fallidos (incluyendo intervenciones no meditadas) y la crónica incapacidad de erigir un orden civilizado (algo de esto vivimos en nuestra América); entre otras cosas, este apocalipsis va exterminando al cristianismo en esos territorios. Imposible para Europa cerrar los ojos ante la situación; es imposible para ella asumirlos a todos; además no quieren irse a cualquier país, sino a los más ricos entre ellos. Carecen de la psicología del inmigrante del XIX, que arribaba sin más a trabajar. Por eso la mezcla de vehemencia e ira ante Alemania, el destino más codiciado y está de moda arrojarle epítetos a Angela Merkel. Ella con razón reacciona esforzándose por distinguir entre asilo político e inmigración, si bien la frontera entre ambos no es tan nítida. La fuente del mal solo se puede curar con el apaciguamiento de los conflictos, para lo cual hay que efectuar algún tipo de transacción con dictadores de diverso pelo. A los europeos no les gusta plantearlo en estos términos.

Con justicia han surgido voces entre nosotros para que recibamos a sirios, ya que sus antepasados arribados hace más de 100 años provenían principalmente de allí: sirios, palestinos, libaneses; y suponemos que nuestro país es civilizado. Ha habido dificultades con algunos casos de este tipo en los últimos años; lo mismo en Uruguay. De los nuevos inmigrantes esperamos lo mismo que nos aportaron con abundancia los árabes del 1900: espíritu de trabajo, idea de familia y comunidad adaptadas a las condiciones del país; al final plena integración, con herencia pletórica.