Axel Kaiser

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El humano Luksic, Axel Kaiser 26 abril, 2016

Finalmente, Andrónico Luksic hizo lo que algunos venimos insistiendo hace años que deben hacer los empresarios de nuestro país: mostrarse. Es probable que sea la primera vez que los chilenos oyen la voz de Luksic para descubrir que, más allá de su posición económica, este también es un ser humano. No se trata de que los empresarios estén en los medios todo el tiempo, sino de que no estén totalmente ausentes, pues si ellos no desarrollan un perfil, los otros se los inventarán.

A los Luksic, precisamente por su bajo perfil público, los han convertido en una verdadera caricatura, responsabilizándolos de casi todos los males de Chile. Esto no es sano para ellos, pero tampoco para nuestra convivencia como chilenos. Más allá de las justas críticas que muchos líderes empresariales merecen por comportamientos inaceptables, estos deben entender de una vez que hay un grupo relevante de políticos e intelectuales decidido a destruir su credibilidad personal y la de su rol en la sociedad. Esto es parte del proyecto político populista en curso que busca lograr una profunda transformación de Chile en una dirección conocida en América Latina.

Los empresarios no pueden permitir que se les deshumanice en la imagen pública, pues es mucho más fácil odiar a una caricatura sin voz ni rostro conocido que a otro ser humano. Tampoco debieran quedarse de brazos cruzados mientras ven cómo avanzan ideas y discursos que distorsionan completamente la función empresarial, poniéndolos a todos en el saco de los detestables y abusadores “poderosos de siempre”.

Axel Kaiser

Abandonar Chile, Axel Kaiser 3 mayo, 2016
Una derrota para el progresismo global 24 septiembre, 2022

Pocos en Chile parecen dimensionar el duro impacto ideológico que, para la izquierda occidental, tiene el hecho de que los chilenos hayamos rechazado la propuesta constitucional de la izquierda extrema el pasado 4 de septiembre. Lo cierto es que, desde el principio, el proceso revolucionario chileno embriagó las mentes de lo más granado de la élite progresista europea y americana, esas que jamás pagan los costos por promover a tiranos, charlatanes y demagogos en el tercer mundo.

Ya en octubre de 2020, la representante americana Alexandria Ocasio-Cortez, figura de la línea más radical del Partido Demócrata, celebró con entusiasmo los resultados del referéndum inicial, donde el 78% de los votantes aprobaron la idea de crear una nueva Constitución que se suponía sería más “diversa e inclusiva”. En diciembre de 2021, celebridades como Vigo Mortensen, Peter Gabriel, Sting, Danny Glover y Roger Waters dieron su apoyo al candidato presidencial Gabriel Boric, autodenominado “marxista”, que ganó las elecciones prometiendo liderar el cambio constitucional de Chile. Mientras Waters argumentó que la victoria de Boric en las elecciones era un tema de “vida o muerte”, Sting y Gabriel lo apoyaron en los siguientes términos en una declaración conjunta: “Exhortamos a todos los chilenos mayores y especialmente a los jóvenes a salir a votar. Y voten por la esperanza y un futuro en el que los derechos humanos estén al frente y al centro en una nueva Constitución”.

Con un tono similar, después de las elecciones, el Primer Ministro canadiense e ícono de la cultura de la cancelación, Justin Trudeau, describió a Boric como una “voz progresista con una agenda emocionante”. Pero la agenda revolucionaria de Boric y la izquierda antidemocrática que lo respalda también obtuvo el apoyo del premio Nobel de Economía y viejo admirador de la dictadura castrista Joseph Stiglitz, así como del filósofo marxista esloveno Slavoj Žižek. Según Stiglitz, Boric terminaría con el “neoliberalismo”, lo que traería consigo una nueva era de prosperidad para Chile, algo de lo que ya estamos gozando. La revista Time, incluso, nombró a Boric como una de las 100 personas más influyentes en 2022. El perfil, escrito por el mismo Stiglitz, argumentaba que Boric estaba convirtiendo a Chile, nada más y nada menos, que en “el laboratorio social, económico y político del mundo una vez más”. En la misma línea, Žižek argumentó que el programa de extrema izquierda de Boric estaba ofreciendo una nueva visión política que garantizaría un futuro estable, no solo para Chile, sino para el mundo entero. Stiglitz y Žižek, por cierto, no estaban solos en su visión de Chile como un experimento progresista que podría servir como modelo a seguir para el resto del mundo.

Poco antes del referéndum del 4 de septiembre, el actor Mark Ruffalo declaró que “el mundo mira a Chile como un modelo para abordar el cambio climático y la necesidad de una mayor democracia”. Los colegas de Ruffalo, Pedro Pascal y Susan Sarandon, también expresaron su apoyo al proyecto de Constitución de la izquierda extrema como si el futuro de la humanidad dependiera de su ratificación. “Estamos mirando a Chile… por el bien de todos”, tuiteó Sarandon en respuesta a un tuit de la activista feminista Rania Batrice, según la cual Chile estaba “brindando una hoja de ruta para el resto del mundo”.

De manera similar, en una carta abierta, la profesora del University College London Mariana Mazzucato, los economistas Thomas Piketty, Ha Joon Chang y docenas de otros destacados intelectuales de izquierda declararon que la nueva Constitución favorecida por Boric establecía “un nuevo estándar global en su respuesta a las crisis climáticas, cambio climático, inseguridad económica y desarrollo sostenible”. También agregaron que “el enfoque de género en la Constitución marca un gran paso adelante en el modelo económico de desarrollo”. El grupo Progressive International (PI), incluso, lanzó una plataforma donde personas notables podían registrarse para apoyar la Convención Constitucional de Chile. Entre los firmantes más emblemáticos se encontraban Noam Chomsky, Rashida Tlaib, Silvia Federici y Jeremy Corbyn. El propósito de la plataforma era “felicitar” a la Convención Constituyente de Chile “por la finalización de una nueva Constitución Política” que “inspiraría a personas de todo el mundo”. Según PI, el nuevo documento venía a reemplazar la “Constitución neoliberal” de Augusto Pinochet por una que posibilitaría una nueva financiación de una “república feminista, ecologista y plurinacional”. Dándose a sí mismos una relevancia histórica, los firmantes aseguraron estar luchando en contra de las “fuerzas reaccionarias” que se oponen al derecho de Chile a la “refundación” en líneas feministas, indígenas y ecologistas.

Miembros relevantes del Partido Socialdemócrata de Alemania también apoyaron la revolución. Días antes del referéndum, Martin Schulz, expresidente del Parlamento Europeo (2012-2017), tuiteó que estaba “conmovido por los grandes avances en derechos sociales, medio ambiente e igualdad de género en la propuesta de nueva Constitución”, y agregó que establece “un nuevo estándar para el progresismo del siglo XXI”. Nils Schmid, diputado en el Bundestag, celebró que “con la introducción de la democracia igualitaria y los derechos fundamentales correspondientes, la Constitución sería ejemplar para todos los demás Estados del mundo, especialmente para Europa”.

Así las cosas, el contundente rechazo por 62% del proyecto revolucionario de la izquierda, que dejó a esta sin siquiera una victoria moral para mostrar, pues perdieron entre los más pobres e indígenas por un margen mayor que el promedio, no puede entenderse simplemente como un capítulo más de nuestra historia doméstica. Sus implicancias ideológicas y políticas alcanzan a todo Occidente y constituyen, una vez más, una derrota simbólica formidable de la izquierda extrema y elitista de parte de los chilenos comunes y corrientes que valoran su libertad. (El Mercurio)

Axel Kaiser

Que se vayan todos, 15 septiembre, 2022

“El Estado de derecho se encuentra en jaque”, aseguró Ángela Vivanco, vocera de la Corte Suprema. Esto, producto de los 603 asesinatos conocidos en lo que va del año, prácticamente uno cada 10 horas.

Si consideramos las personas gravemente heridas por delincuentes, los delitos contra la propiedad, la extorsión mafiosa que ocurre en ciudades del país, portonazos sin víctimas fatales, terrorismo, etcétera, solo queda concluir que Chile se encuentran hoy con niveles de seguridad casi centroamericanos.

De hecho, en los dos últimos meses ha habido más homicidios en nuestro país que en El Salvador. Y es que, en esta nación, usualmente considerada la más peligrosa del mundo, el presidente Nayib Bukele ha puesto todo el empeño en terminar con la violencia de las pandillas. Como consecuencia, y más allá de las críticas que se le puedan hacer, su popularidad se alza por sobre el 80%. Así como El Salvador consiguió convertirse en un territorio más seguro producto de su liderazgo político, Chile destruyó sus niveles de seguridad debido a la incompetencia e ideologismo de sus élites políticas e intelectuales.

Fueron estas las que insistieron en reformas al sistema de justicia criminal en parte inspiradas en la premisa de que el delincuente es una víctima de la sociedad y de que el aparato represivo del Estado es un mecanismo al servicio de la opresión de clases. Fueron también ellas, de derecha a izquierda, salvo excepciones, las que trabajaron décadas por destruir la legitimidad de la fuerza pública y las Fuerzas Armadas para restaurar y mantener el orden que hoy ha colapsado. Y también fueron ellas, siempre arrojadas a la fatua pose moral del buenismo, las que abrieron de par en par las puertas a la inmigración descontrolada que, muchos advirtieron, traería graves problemas al país.

Pero más sabían los “académicos” en centros de estudio y universidades, y los periodistas que los citaban y que hoy callan frente al desastre, o cuentan en pantalla, con lágrimas en los ojos, sus traumáticas experiencias cuando han sido víctimas de algún delito. Lo cierto también es que ni Piñera ni Bachelet, ni ninguno antes, hizo nada serio por frenar la delincuencia o el terrorismo en el sur. Es más, sectores de izquierda hoy en el Gobierno lo apoyaban abiertamente y continúan haciéndolo.

En resumen, el desmadre de Chile en materia de seguridad es obra de una gran parte de nuestros políticos, periodistas, intelectuales y de no pocos jueces. Todos ellos han trabajado décadas para hacerles la vida más fácil a los delincuentes y más difícil a los chilenos de bien. Y mientras día a día más chilenos siguen siendo asesinados en las calles, la clase política se dedica a discutir sobre una cuestión totalmente irrelevante para los problemas de la gente, como es el crear una nueva Constitución.

Por si fuera poco, parte de esa misma clase política e intelectual, con su discurso igualitarista, social cristiano y “antineoliberal” ha llevado al país a la peor crisis económica en décadas y a un camino de decadencia que parece casi irreversible.

Todo esto es muy peligroso para la democracia. Si nuestra dirigencia quiere evitar lo peor, debe generar cambios profundos que beneficien la calidad de vida de la población. De lo contrario podría enfrentarse, en algún tiempo más, a que la misma población comience a exigir que se vayan todos.(DF)

Axel Kaiser

Impuesto y casta política 2 octubre, 2022

En gobiernos sucesivos, nuestra clase política no ha hecho otra cosa que subir impuestos, es decir, extraer más del sector privado y engrosar el Estado, del que, entre otros, viven ellos y sus redes clientelares.

Paralelamente, el ciudadano común ve empeorar cada vez más su calidad de vida al punto de que hoy experimenta la peor crisis de seguridad pública de la historia nacional y un colapso estrepitoso de las oportunidades para salir adelante.

Ahora se nos presenta una nueva reforma tributaria bajo el pretexto de que servirá para ayudar a la gente, pero la verdad es que se trata, una vez más, de meterles la mano al bolsillo a los ciudadanos en beneficio de quienes han capturado el Estado.

Si nuestros políticos no desean terminar, a los ojos de la ciudadanía, convertidos en una mera casta de abusadores, deberán comenzar por hacer reformas serias para mejorar la gestión del Estado y resolver los problemas más urgentes del país, los que, dicho sea de paso, ellos mismos han creado. Antes de eso no deberíamos pasarles un solo peso más de nuestro bolsillo. (El Mercurio Cartas)

Axel Kaiser

Emigrar 22 octubre, 2022

En 1830, poco antes de morir, Simón Bolívar escribiría lo siguiente en una carta a su lugarteniente, el general Juan José Flores: “Como Vd. sabe, yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) La América es ingobernable para nosotros. 2) El que sirve una revolución ara en el mar. 3) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4) Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6) Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América”. Así, el gran libertador se despedía de este mundo, frustrado, casi al borde de la depresión y profetizando que América Latina no tenía otro destino que el gobierno de tiranos y criminales que harían imposible a la región avanzar.

La tradición populista del caudillo, que no respeta las instituciones —del “tiranuelo” como dice Bolívar—, la falta de gobernabilidad y la búsqueda por construir todo desde cero, han sido características recurrentes del panorama latinoamericano desde que el prócer caraqueño escribiera esas líneas hasta hoy. Ha habido, por cierto, períodos mejores en diversos países, pero, en general, el mal refundacional que Bolívar advirtió en su tiempo sigue penando como un fantasma hasta el día de hoy.

Por eso, todos los días, miles de latinoamericanos deciden abandonar sus países, dejando atrás a sus familias y hogares para emigrar a los Estados Unidos u otras naciones más prósperas. Ellos no emigran buscando igualdad, sino sociedades donde puedan perseguir un futuro sin temor a ser asesinados, a quedar condenados a la pobreza o a tener que conformarse con servicios de salud y educación miserables. Incluso, un país que parecía haber superado el problema tercermundista, como es el caso de Chile, está emulando el deprimente camino que profetizara Bolívar.

Sin duda, una de las causas centrales de la destrucción institucional y política nacional fue la obsesión con la igualdad material. Ningún país en que las élites intelectuales y políticas se empecinan, como lo ha hecho Chile en las últimas décadas, en destruir la legitimidad de quienes tienen más éxito y en fomentar la envidia, puede terminar en otra cosa que arruinando las instituciones económicas y políticas que han permitido su éxito. Socavada la libertad económica y creado un ambiente que hace inviable hacer negocios y emprender, se abren las “anchas alamedas” para políticos populistas y charlatanes que explotan la frustración ciudadana en nombre de la refundación nacional, la que siempre es un proyecto narcisista de concentración de poder para favorecer a los propios amigos y aplastar a los enemigos. Inevitablemente, esto lleva a que se destape el cáncer de la corrupción. Un editorial de The Economist de hace unos años, dedicado a los Kirchner, bajo el título “Socialismo para los enemigos, capitalismo para los amigos”, explicaba cómo en Argentina Néstor y Cristina Kirchner se habían visto involucrados en escándalos de corrupción otorgando todo tipo de beneficios y privilegios a sus amigos, permitiéndoles hacerse ricos a expensas de los argentinos. La revista concluía señalando que “los Kirchner han dejado su país con instituciones más débiles, una economía en la que el Estado juega un papel mucho más importante y en el que los contactos políticos a menudo hacen la diferencia entre el éxito y el fracaso”. ¿No es esto acaso lo que estamos viendo en Chile?

Cada vez más nuestra clase política, particularmente la parte que gobierna hoy, parece una casta insaciable, cuya única preocupación es redistribuir riqueza de los ciudadanos bajo el pretexto de servirlos cuando en realidad ellos mismos la terminan controlando en beneficio de sus redes de poder. Ni siquiera son capaces de proveer de un mínimo de seguridad pública, entre otras razones, porque la ideología de muchos de nuestros intelectuales y buena parte de los políticos —incluyendo varios de los que hoy están alarmados— ha llevado a la destrucción del principio de autoridad y a fulminar la legitimidad que tiene el Estado de reprimir.

Como resultado de todo lo anterior, la emigración de capital financiero ya se ha desatado. Pero la de personas también ha comenzado. Así, es solo cosa de tiempo para que Chile pierda una parte importante de su capital humano y el país se convierta en una gigantesca fábrica de miseria igualitaria, dándole, una vez más, la razón a Bolívar de que lo único que cabe hacer en América es emigrar. Y es que, a fin de cuentas, vivimos en una región que se resiste porfiadamente a aprender de sus peores fracasos. (El Mercurio)

Axel Kaiser

Liberticidio Diario Financiero18 Nov 2022 AXEL KAISER

Henry Hazlitt abrió su libro “The Conquest of Poverty” afirmando que “la historia de la pobreza es casi la historia de la humanidad. Los escritores antiguos nos dejaron descripciones específicas de ella. La pobreza era la regla normal”.

La hambruna, recuerda Hazlitt, estaba a la orden del día incluso en países como Inglaterra y Francia, donde hoy es inconcebible. La posibilidad de superar toda esa miseria gracias a la economía de mercado y la libertad es lo que el Nobel de economía de 2015, Angus Deaton, ha llamado “el gran escape”. Según Deaton, “los estándares de vida de hoy son mucho más altos que hace un siglo y más gente escapa de la muerte en la infancia y vive lo suficiente para experimentar esa prosperidad”.

En nuestros países latinoamericanos, donde el análisis histórico serio escasea y las poblaciones son presas del populismo, pocas veces se comprende que los beneficios que el ser humano posee han sido gracias a la cooperación pacífica y el intercambio voluntario. Desde los zapatos que calzamos, los cimientos de nuestras viviendas, el teléfono con el que nos comunicamos, la refrigeradora o el vehículo que nos transporta, son el producto del intercambio. Los latinoamericanos podemos adquirir esos bienes por nuestra capacidad de producir otros bienes y servicios, recibir un salario y tener, entonces, poder adquisitivo de comprar aquello que importamos y que ha sido producido en un esquema de colaboración donde han existido millones de transacciones.

Esto fue lo que Leonard Read reflejó en su famoso ensayo “Yo, lápiz”, donde demostró que ninguna persona en el mundo sería capaz de producir un simple lápiz de mina por su cuenta, es decir, sin hacer uso del conocimiento especializado de los demás y los intercambios con otros. La poca apreciación por el ingenio humano que nos ha sacado de las cavernas y nos ha transportado a un mundo moderno, donde la esperanza de vida y la calidad de la misma son hoy muy superiores a las de las clases nobles de la antigüedad, sumerge a muchos latinoamericanos en un relato absurdo que rechaza el sistema de libertades económicas.

La verdad es que estas no son más que libertades personales de poder emprender, adquirir bienes y venderlos, trabajar, contratar, despedir, tener propiedad sin que esta sea amenazada, libertad de competencia, ausencia de privilegios arbitrarios entregados a grupos de interés, moneda estable, apertura comercial, impuestos moderados, gobierno limitado y regulaciones razonables.

Todo esto es lo que el socialismo populista busca destruir cuando llega al poder poniéndole la etiqueta de “neoliberalismo”. Ello da cuenta de que, en América Latina, lamentablemente, no triunfó la democracia liberal, pues la democracia es utilizada como una mascarada, una verdadera farsa para avanzar proyectos liberticidas que buscan apariencia de legitimidad popular. Por eso es tan difícil encontrar una preocupación seria por los límites al poder del Estado, por el Estado de derecho, la protección de derechos personales e individuales, la existencia de

“La poca apreciación por el ingenio humano que nos ha sacado de las cavernas y nos ha transportado a un mundo moderno, sumerge a muchos latinoamericanos en un relato absurdo que rechaza el sistema de libertades económicas”.

una prensa realmente libre y una sociedad civil capaz de articularse para enfrentar los abusos del poder.

Así avanza el liberticidio, con o sin apoyo mayoritario, pero siempre obteniendo el mismo resultado: miseria y opresión en nombre de la igualdad y justicia social.

La advertencia de Tocqueville 17 diciembre, 2022

Si hay una diferencia esencial entre la cultura norteamericana y la nuestra es la confianza que los primeros depositan en el individuo como fuente del progreso económico, social y moral. Thomas Jefferson daría cuenta de ese espíritu libertario cuando, como presidente de Estados Unidos, sostendría que “el gobierno es mejor cuanto menos gobierna”. Y es que Jefferson entendía que el Estado suele ser la amenaza central a la libertad y prosperidad de los pueblos.

El pensador francés Alexis de Tocqueville, que conocía de primera mano los devastadores efectos de un Estado omnipotente y cuya obra “La democracia en América” se convertiría en un clásico de lectura obligatoria para entender a Estados Unidos, escribiría que “la moral e inteligencia de un pueblo democrático arriesgará no menores amenazas que su industria y comercio si el gobierno viene a ocupar el lugar de las asociaciones por todas partes”.

En la visión de Tocqueville, un gobierno limitado era fundamental para la existencia de una sociedad civil pujante y una economía próspera. Este ideal, no está demás decirlo, es completamente opuesto a lo que buscaron los movimientos totalitarios, cuyo objetivo fue precisamente la politización absoluta de la sociedad, es decir, la anulación de toda asociatividad entre ciudadanos. “Nada fuera del Estado, nada en contra del Estado y todo dentro del Estado”, decía Mussolini. Hitler, en tanto, afirmaba que “las necesidades de la sociedad vienen antes que las del individuo”. Que nada pueda existir fuera del Estado es el ideal de todos los fascistas, aunque se presenten a sí mismos como antifascistas, pues significa que todo debe estar bajo el control del poder político. Así, la responsabilidad de ayudar al prójimo ya no corresponde a grupos civiles, sino a funcionarios estatales cuyo poder se incrementa con cada asociación que desintegran, hasta que por esa vía asumen el control total sobre la vida de las personas.

Para una democracia, los efectos de la politización de la sociedad civil son perversos. Cuando el Estado domina sobre los aspectos más importantes de la existencia de las personas —salud, educación, pensión y otros—, la política se convierte en una lucha encarnizada por hacerse del inmenso poder en juego. Pero lo que es peor, los ciudadanos arman facciones que entran en una batalla permanente por los recursos repartidos desde el gobierno, ahora convertido en la fuente central del escaso bienestar que percibe la población. Como consecuencia, el conflicto pasa a ocupar el lugar de la colaboración voluntaria, destruyendo las bases de la asociatividad y la paz social.

Los chilenos que abogan por que el Estado se haga cargo de la vida de las personas no harían mal en recordar otra advertencia de Tocqueville, según la cual “no hay país en el que las asociaciones sean más necesarias para impedir el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe que aquel donde el estado social sea democrático”.

Son esas asociaciones, que incluyen a las empresas, las que mantienen el poder del gobernante a raya sobre nuestras vidas, porque nos permiten depender de nosotros mismos y de nuestros conciudadanos y no de un burócrata, político u oscuro funcionario estatal. Como dijo el mismo Tocqueville, después de la libertad de actuar solo, la libertad más natural al hombre es la de “coordinar sus esfuerzos con los de sus semejantes y actuar en común”. Para el francés, la libertad individual era inseparable del derecho de asociación y este era incompatible con un Estado que se hace cargo de la vida de las personas. Él mismo señaló que jamás el poder central podría ser tan eficiente como las asociaciones libres para resolver los problemas sociales, añadiendo que, “incluso cuando presta apoyo a los particulares”, el gobierno no debe “descargarlos por completo del cuidado de ayudarse a sí mismos uniéndose”.

Para Tocqueville, “el principal objeto de un buen gobierno ha consistido siempre en poner cada vez más a los ciudadanos en situación de prescindir de su ayuda”. Es difícil imaginar algo más opuesto a la estatolatría que impregna nuestra cultura. Por eso no hay dudas de que, desoyendo a Tocqueville, la visión colectivista quedará impregnada en la nueva Constitución llevando a nuestro país a profundizar su decadencia. (El Mercurio)

Axel Kaiser

La maldición del utopismo, Axel Kaiser 9 abril, 2022

La palabra “utopía” fue acuñada por Thomas More en 1516 para referirse a una sociedad basada en una extensa igualdad, sin propiedad privada regular y conducida por hombres sabios y viejos. “Utopía” viene del griego “topos” o “lugar” y “u”, prefijo que significa “inexistente”. Una utopía, es, por lo tanto, un lugar inexistente. Pero en la misma obra, More habla también de Eutopia, lo que desde el griego podría traducirse como “lugar feliz”.

Si bien More nos legó el concepto “utopía” como un lugar feliz inexistente, el utopismo es probablemente tan antiguo como la consciencia humana. Sus primeros registros se han encontrado en tablas de arcilla sumerias que datan del año dos mil antes de Cristo y evidencia de utopías posteriores se observa en sociedades de distintas regiones y épocas. Todas las utopías conocidas tienen en común el cuestionar la forma en que vivimos. Tower Sargent los llama “sueños sociales”.

Quienes se encuentran inmersos en culturas impregnadas de utopismo, como es ciertamente el caso de América Latina, se enfrentan con el desprecio por la realidad y con la eterna insatisfacción con lo alcanzado de vastos sectores de sus élites y habitantes. Visto así, el utopismo, es una forma de inmadurez social de consecuencias potencialmente devastadoras.

No hay ejemplo más persistente del poder destructivo del utopismo que la doctrina socialista. De hecho, originalmente, el concepto “socialismo” surgió para describir una utopía. Marx desecharía a los primeros socialistas precisamente por ser “utópicos”, abogando en cambio por un socialismo que él denominaba “científico”. Pero el socialismo de Marx era tan utópico en sus pretensiones como aquel en contra del cual se rebelaba y jamás pudo ofrecer ni económica ni sociológicamente una representación fidedigna de la realidad. De ahí que todas sus profecías fracasaran. A pesar de ello, su idea de que la creación de una sociedad basada en el amor fraternal, la igualdad y la abundancia para todos, era no solo posible sino una inevitabilidad histórica, continúa permeando entre sus seguidores y movilizando sentimientos incluso más allá de ellos.

Frente a ese mensaje utópico, quienes defienden la realidad, el mercado y la libertad, estarán siempre en desventaja a nivel discursivo y, por tanto, también a nivel político. Es por eso que el default, el orden natural de las cosas, en nuestra cultura al menos, tiende siempre hacia la izquierda.

Ahora bien, esta ventaja moral, hay que insistir, la poseen los socialistas, no por lo que han conseguido en la práctica —genocidios, miseria, dictaduras— sino porque lo que prometen es infinitamente superior para nuestra imaginación que lo que ya tenemos. Por eso no pagan un costo proporcional al mal que hacen en términos del prestigio de sus ideas, pues el ser humano está dispuesto a tolerar los peores crímenes cuando son cometidos en nombre de buenas intenciones. ¿Acaso llegar al paraíso no hace que casi cualquier costo valga la pena? A diferencia del concepto “socialismo” el de “capitalismo” asociado al liberalismo emergió desde el principio para describir un sistema real con todos sus problemas. La desesperación de liberales partidarios del libre mercado por su permanente derrota ante la tribuna de la opinión pública tiene mucho que ver con esta diferencia comunicativa: “socialismo” es un concepto normativo, esto es, con fuerza moral, “capitalismo” es meramente uno descriptivo de algo conocido e imperfecto.

Los adversarios del liberal discuten, así, no desde la realidad, sino desde un sueño. Como planteaba Revel, el socialismo ofrece una solución a todos los problemas del mundo, algo que el liberalismo clásico no hace, pues a diferencia del primero, reconoce en la realidad la fuente de información y el fundamento de la acción. Esta desventaja narrativa del liberalismo clásico tiene profundas repercusiones psíquicas e implica que el esfuerzo por mantener vibrante sus ideas debe ser mucho más grande en escala que el de los socialistas.

Lamentablemente, en nuestras tierras esto no se cumple porque prácticamente toda la élite intelectual, social y empresarial comparte, en diversos grados, la mentalidad utópica. En otras palabras, siente que los socialistas, en esencia, se encuentran del lado correcto del debate, incluso cuando racionalmente rechacen por razones prácticas sus propuestas concretas de política pública y económica.

Como consecuencia, el realismo por el que abogamos los liberales está condenado a ser sacrificado una y otra vez en nombre de una gran idea y a encontrar algo de defensa recién cuando el utopismo de la izquierda amenaza con arrasar absolutamente todo a su paso. (El Mercurio)

Axel Kaiser

Hacia un nuevo sistema monetario Diario Financiero19 Jan 2023

En el “Manifiesto Comunista”, Marx y Engels afirmaron que era necesaria la “centralización del crédito en manos del Estado, por medio de un banco nacional, con capital del Estado y régimen de monopolio”.

No es una exageración decir que esto es similar a la esencia de la banca central moderna. Los Estados han arrebatado a los privados el poder de emitir dinero y han entregado su monopolio, así como el control del crédito, a órganos de planificación central, que son los principales responsables de generar parte de la inestabilidad económica global.

Y lo hacen de la siguiente manera. Las tasas de interés son un precio que, en un mercado libre, fluctúa de acuerdo con la lógica de la oferta y la demanda. Esto implica que, en ausencia de manipulación monetaria, los proyectos de inversión estarán respaldados por ahorros reales, es decir, riqueza existente en la sociedad que se expresa en la forma de bajas tasas de interés.

En principio, los proyectos de inversión comenzados bajo tales condiciones serán rentables en términos de costos versus retornos. Si, por el contrario, las tasas de interés son altas, el mercado enviará una señal en el sentido de que no existirán los recursos liberados que hagan viables muchos proyectos de inversión de mediano y largo plazo. En este caso, una alta tasa de interés determinada por el mercado impide la toma de decisiones económicamente irracionales.

Los bancos centrales alteran este proceso al manipular las tasas de interés, creando dinero de la nada para estimular la demanda. Ese dinero no respaldado en producción real reduce las tasas de interés artificialmente, haciendo atractivos proyectos de inversión y activos que, sin manipulación monetaria, no habrían sido considerados por los potenciales inversionistas de la misma manera. Particularmente sensibles a las bajas de tasas son los proyectos de inversión de largo plazo como los de tipo inmobiliario.

Como la cantidad de bienes y servicios no ha aumentado, la mayor demanda de los inversionistas que ahora cuentan con el nuevo dinero conduce a un aumento de los precios de factores de producción y otros. El fin del boom desatado por bajas tasas viene tan pronto los bancos terminan con la expansión del crédito para frenar la inflación. Entonces colapsan las burbujas de deuda y activos infladas por la manipulación del mercado.

Eso es exactamente lo que viene sucediendo desde hace décadas en el mundo desarrollado. Cada vez que la Reserva Federal (Fed) inflaba una burbuja, después la reventaba subiendo tasas, llevando a la economía a una recesión. A su vez, la Fed intentaba combatir esa necesaria recesión bajando las tasas aún más, engendrando burbujas todavía mayores. Tras las recientes alzas de tasas hemos visto el colapso de diversos activos inflados por la política monetaria expansiva de la última década y media.

Ahora bien, dados los niveles de deuda privada y pública acumulada, probablemente los bancos centrales tendrán que cambiar de curso a pesar de la inflación, pues de lo contrario arriesgarán crisis severas. Esto refleja que, en última instancia, la banca central tiene una tarea imposible. Tal vez es hora de imaginar un nuevo sistema monetario que permita la competencia de monedas y la libertad real de precios del crédito.

Misticismo estatista, Axel Kaiser 22 enero, 2023

En su famosa obra “El contrato social”, el filósofo Jean Jacques Rousseau argumentó que existía una “voluntad general” del pueblo, la que se encarnaba en el Estado y que era distinta a la voluntad separada de cada persona que integra ese mismo pueblo. Según Rousseau, puesto que la voluntad general al mismo tiempo comprende el interés de todos, esta es infalible: “La voluntad general está siempre en lo correcto y tiende a la ventaja del público”, afirmó. Ahora bien, dado que es la clase gobernante la que interpreta la voluntad general, para Rousseau, entonces, es la autoridad política que controla el poder la que es realmente infalible. Ella siempre sabe lo que es mejor para el pueblo, pues, en cierto sentido, la autoridad es el pueblo.

Las implicancias de esta filosofía son evidentes. El filósofo Isaiah Berlin, analizando la doctrina de Rousseau, afirmó que este cae en un misticismo letal para la libertad al pensar que existe algo como la “voluntad general” encarnada en el Estado que sabe mejor que los individuos cuál es su bien y su interés. Para Berlin, la teoría rousseauniana es una de la “servidumbre absoluta” y sirvió de justificación para Robespierre y sus crímenes durante la sangrienta Revolución Francesa, para Hitler y las dictaduras comunistas en general.

La visión liberal clásica postula todo lo contrario a la teoría de Rousseau. Desde esta perspectiva, la sociedad, el pueblo o el Estado, ni tienen inteligencia propia, ni actúan, ni tienen emociones ni derechos porque no son entes aparte de las personas que los integran. El sociólogo alemán Max Weber daría cuenta de la piedra angular de la filosofía liberal al explicar que “para fines sociológicos no existe algo así como una personalidad colectiva que actúa. Cuando se hace referencia en el contexto sociológico a un Estado, nación, o corporación… o colectividades similares, lo referido… es solo cierto tipo de desarrollo de acciones sociales actuales o posibles de personas individuales”. Si Weber tiene razón, entonces “la sociedad” o “el pueblo” no pueden tener intereses distintos a los de sus miembros y el “bien común” debe tender a coincidir con lo que interesa a cada uno de los integrantes de la sociedad. Y si eso es así, se llega necesariamente a entender el “bien común” o “interés general” como las condiciones que permiten a cada persona perseguir libremente, y sin dañar a terceros, sus propios fines.

Thomas Jefferson expresaría esta idea de manera insuperable cuando sostuvo que “el bien común se promueve de la mejor manera por el esfuerzo de cada individuo buscando su propio bien a su propio modo”. La consecuencia de esta visión es que el interés general se funda esencialmente en la protección de los derechos individuales —vida, libertad y propiedad— de todos los miembros de la comunidad. Ese, y no otro, es el rol primordial del Estado entendido, según lo definió el mismo Weber, como aquel grupo de personas que detenta el monopolio de la violencia física considerada legítima dentro de un determinado territorio. Al mismo tiempo, afirma el liberalismo, dado que el Estado son personas potencialmente corruptas con enorme poder, su alcance debe encontrarse estrictamente limitado.

Como se puede ver, es porque la propuesta liberal se deriva de constataciones sociológicas sobre lo que son realmente el Estado, el individuo y la sociedad, y no de abstracciones de tipo religiosas como la idea de “voluntad general”, la razón por la que garantiza de mejor manera tanto el respeto por los derechos fundamentales individuales, como la promoción del bien común. Cuando el Estado, en cambio, se concibe como un ente semidivino que encarna el bien del “pueblo”, termina por aplastar o dañar severamente al individuo socavando inevitablemente el bien común. Esta es una lección que debería encontrarse en el corazón de todo proyecto constitucional, especialmente en América Latina, donde el misticismo estatista de tipo rousseauniano es hegemónico en amplios círculos intelectuales y políticos.(El Mercurio)

Axel Kaiser

Axel Kaiser Liberticidio 18 noviembre 2022

Henry Hazlitt abrió su libro “The Conquest of Poverty” afirmando que “la historia de la pobreza es casi la historia de la humanidad. Los escritores antiguos nos dejaron descripciones específicas de ella. La pobreza era la regla normal”.

La hambruna, recuerda Hazlitt, estaba a la orden del día incluso en países como Inglaterra y Francia, donde hoy es inconcebible. La posibilidad de superar toda esa miseria gracias a la economía de mercado y la libertad es lo que el Nobel de economía de 2015, Angus Deaton, ha llamado “el gran escape”. Según Deaton, “los estándares de vida de hoy son mucho más altos que hace un siglo y más gente escapa de la muerte en la infancia y vive lo suficiente para experimentar esa prosperidad”.

En nuestros países latinoamericanos, donde el análisis histórico serio escasea y las poblaciones son presas del populismo, pocas veces se comprende que los beneficios que el ser humano posee han sido gracias a la cooperación pacífica y el intercambio voluntario. Desde los zapatos que calzamos, los cimientos de nuestras viviendas, el teléfono con el que nos comunicamos, la refrigeradora o el vehículo que nos transporta, son el producto del intercambio. Los latinoamericanos podemos adquirir esos bienes por nuestra capacidad de producir otros bienes y servicios, recibir un salario y tener, entonces, poder adquisitivo de comprar aquello que importamos y que ha sido producido en un esquema de colaboración donde han existido millones de transacciones.

Esto fue lo que Leonard Read reflejó en su famoso ensayo “Yo, lápiz”, donde demostró que ninguna persona en el mundo sería capaz de producir un simple lápiz de mina por su cuenta, es decir, sin hacer uso del conocimiento especializado de los demás y los intercambios con otros. La poca apreciación por el ingenio humano que nos ha sacado de las cavernas y nos ha transportado a un mundo moderno, donde la esperanza de vida y la calidad de la misma son hoy muy superiores a las de las clases nobles de la antigüedad, sumerge a muchos latinoamericanos en un relato absurdo que rechaza el sistema de libertades económicas.

La verdad es que estas no son más que libertades personales de poder emprender, adquirir bienes y venderlos, trabajar, contratar, despedir, tener propiedad sin que esta sea amenazada, libertad de competencia, ausencia de privilegios arbitrarios entregados a grupos de interés, moneda estable, apertura comercial, impuestos moderados, gobierno limitado y regulaciones razonables.

Todo esto es lo que el socialismo populista busca destruir cuando llega al poder poniéndole la etiqueta de “neoliberalismo”. Ello da cuenta de que, en América Latina, lamentablemente, no triunfó la democracia liberal, pues la democracia es utilizada como una mascarada, una verdadera farsa para avanzar proyectos liberticidas que buscan apariencia de legitimidad popular. Por eso es tan difícil encontrar una preocupación seria por los límites al poder del Estado, por el Estado de derecho, la protección de derechos personales e individuales, la existencia de una prensa realmente libre y una sociedad civil capaz de articularse para enfrentar los abusos del poder.

Así avanza el liberticidio, con o sin apoyo mayoritario, pero siempre obteniendo el mismo resultado: miseria y opresión en nombre de la igualdad y justicia social.

La narrativa del fracaso, Axel Kaiser 20 octubre, 2020

En entrevista del pasado domingo, el economista Sebastián Edwards afirmó que Chile volvería a ser un país mediocre, violento y con instituciones débiles, todo lo cual quedó dramáticamente reflejado ese mismo día con la delincuencia sin control que se tomó el centro de Santiago. Según Edwards, seremos un caso más de fracaso latinoamericano como lo fuimos buena parte de nuestra historia. El economista sostuvo que el “modelo neoliberal” estaba “totalmente muerto” y, más importante aún, argumentó que la narrativa de la izquierda no resistía análisis, pero que había quedado casi sin contestar por la derecha, estableciéndose así un relato sobre el país que no reconocía sus éxitos y que fue, en parte importante, el responsable de la debacle actual.

No cabe duda de que este análisis es acertado. Para las extraordinariamente escasas voces que hemos estado por más de una década en el discurso público defendiendo el sistema de mercado y la filosofía que lo funda, es evidente que el país se perdió esencialmente porque prevaleció un relato del fracaso sin asidero en la realidad.

Es también evidente que la derecha, partiendo por sus intelectuales, salvo excepciones, jamás defendió el sistema de mercado que tanta prosperidad había traído al país. Se dedicó, en cambio, a buscar aplausos en la izquierda y a atacar a los pocos que combatíamos diariamente un discurso igualitario cada vez más agresivo y que era apoyado por todos los intelectuales de centro izquierda, de izquierda, por los medios de comunicación e incluso por buena parte de la comunidad empresarial, incapaz de sacudirse la culpa que le generaba el haber sido exitosa en un país en que los logros personales se definían cada vez más como “privilegios” inmerecidos.

Ni siquiera la ex Concertación tuvo la claridad mental e integridad suficiente para defender su legado modernizador. Jorge Correa lo reconoció abiertamente en 2018 cuando sostuvo que a la Concertación la daba “vergüenza” decir que eran “partidarios del mercado”. “Nunca en verdad nos animamos a defender con tesis claras lo que en la práctica sí estábamos abrazando”, afirmó Correa, añadiendo que la derrota “cultural” de la Concertación había precipitado su ocaso político. No es, sin embargo, sorprendente que esto haya ocurrido, pues la Concertación jamás creyó realmente en el mercado. Su doctrina igualitarista y social siempre fue reacia a aceptarlo desde el punto de vista moral. “El mercado puede estimular la creación de riqueza, pero no es justo cuando se trata de la distribución de la riqueza. El mercado suele ser tremendamente cruel y favorece a los más poderosos y compite en mejores condiciones, mientras que empeora la miseria de los más pobres porque aumenta las desigualdades sociales”. Las palabras son de Patricio Aylwin, pero sin duda reflejan la dualidad con la que la Concertación asumió el modelo de mercado. Esta dualidad se entiende más aún cuando se considera que el sistema que abrazó había sido creado por el régimen anterior.

Por todo ello, buena parte de la centro-izquierda, incluyendo, por cierto, a casi todos sus intelectuales, se sintió siempre más cómoda con posturas socialistas que con las ideas de los Chicago Boys que sacaron a Chile adelante. De ahí que el relato igualitarista les resultara irresistible, y de ahí también que se desplazara el foco en el discurso público, desde la creación de riqueza, a la redistribución de ella. Eso es lo que nos llevó a un gradual deterioro de la capacidad de crecer y crear progreso, lo que a su vez produjo más problemas que se intentaron resolver con más gasto y redistribución.

“Se olvidó que el crecimiento acelerado no era un atributo del alma nacional; que en general nuestro desarrollo había sido mediocre; y que solo la implementación de reglas del juego de buena calidad, y la construcción de consensos en torno a ellas, había permitido dar el salto al primer lugar en la región”, escribió René Cortázar en 2019. Y agregó: “El énfasis se puso solo en los aspectos distributivos… los resultados distributivos fueron criticados con amargura”, aunque los salarios estaban subiendo como nunca.

Así llegó Bachelet al poder, queriendo imponer “otro modelo” para lograr la ansiada igualdad, meta que requería, como ella misma afirmó, “eliminar los vestigios del sistema neoliberal”. El resultado del “otro modelo” fue desastroso para la calidad de vida de los chilenos, quienes eligieron a Piñera esperando “tiempos mejores”. Como era previsible con un Presidente y una coalición sin ideas claras, los tiempos de progreso no llegaron y el país explotó.

Pero dado que la narrativa instalada era la de la izquierda, avalada, hay que insistir, por la centro-izquierda y buena parte de la derecha, el diagnóstico general de lo ocurrido el 18-O fue que faltaba todavía más igualdad y que la gente había salido a pedir el fin definitivo del modelo porque este no funcionaba. Y así estamos ahora, como un país latinoamericano cualquiera, arrojado a un proyecto constitucional del que se espera todo tipo de resultados mágicos.

Lo que viene es, nuevamente, previsible: en poco tiempo la frustración por la incapacidad de resolver los problemas que aquejan a los chilenos a pesar de la nueva Constitución llevará a otra crisis o a un estado permanente de inestabilidad y mediocridad económica, con un fisco sobreendeudado y una economía asfixiada, lo cual hará que el Estado crezca todavía más. La única forma de corregir este proceso de deterioro es cambiando la narrativa dominante en el discurso público. Valorar lo que conseguimos gracias al sistema de mercado y proyectarnos sobre la base de los gigantescos éxitos que tuvimos para, desde ahí, proponer las reformas que necesitamos para avanzar y que no tienen nada que ver con una nueva Constitución. Debemos, en otras palabras, reemplazar la narrativa del fracaso que impuso la izquierda y aceptó la derecha llevándonos, ahora sí, a fracasar, por una narrativa del éxito. Eso restaurará la fe en nuestra capacidad de salir adelante con un discurso e instituciones de mercado que premien la creación de riqueza y limiten su redistribución. Y es que si queremos parecernos a Nueva Zelandia, tenemos que partir por desarrollar una mentalidad similar. No por casualidad es uno de los tres países con más libertad económica del mundo y con menos corrupción. Es, entonces, posible evitar el destino latinoamericano de mediocridad, pero para eso nuestras élites intelectuales y políticas deben dejar de pensar y actuar en la tradición de la mediocridad latinoamericana y promover la única fórmula que nos permitirá salir adelante: la de mercados libres y competitivos, con un Estado moderado y eficiente. (El Mercurio)

Axel Kaiser

Mill y el imperio de la censura, Axel Kaiser 15 octubre, 2020

En su clásico ensayo “On Liberty”, que pocos parecen haber leído en estos tiempos, el filósofo inglés John Stuart Mill formuló una defensa maximalista de la libertad de expresión bajo dos argumentos centrales.

El primero consiste en que la verdad sólo puede determinarse permitiendo competir las distintas visiones, y que jamás se alcanza definitivamente, por lo que el proceso de confrontación entre las distintas posturas no debe jamás cerrarse. El segundo es que la diversidad de formas de expresión permite el dinamismo de la sociedad, previniendo una uniformidad decadente que asfixia la capacidad de crear y progresar.

Respecto al primer argumento, Mill sostuvo que aquellos que desean suprimir una opinión alegan que es falsa, pero ellos no son infalibles y, por lo tanto, no tienen el derecho de excluir a toda la humanidad de oír esa opinión basados en la falsa presunción de su infalibilidad. Mill escribió: “Si la opinión -que se pretende censurar– es verdadera, se elimina la posibilidad de intercambiar la verdad por el error; si es falsa, se pierde lo que es un beneficio casi igual de grande: la percepción más clara y viva de la verdad producida por su colisión con el error”.

Por ello, argumentó Mill, es que la región de la libertad humana, es decir, aquella que debe encontrarse exenta del poder del gobierno y de la tiranía social, “comprende la libertad de consciencia en el sentido más comprehensivo, libertad de pensamiento y sentimiento y absoluta libertad de opinión en todos los temas, prácticos o especulativos, científicos, morales o teológicos.” Cuando ello no es el caso y sólo existe una “convención tácita” de que “las grandes discusiones que ocupan a la humanidad se consideran cerradas”, agregó refiriéndose al segundo argumento, la “actividad mental” que ha forjado los grandes períodos de la historia humana desaparece.

La defensa de Mill sobre la utilidad de la verdad y la humildad intelectual que nos debería caracterizar, lo llevó a afirmar que si toda la humanidad menos una persona está de acuerdo en una idea, eso no le da más derecho a la humanidad para censurar la opinión de esa persona que lo que ésta tendría de censurar la opinión de la humanidad entera. Y es que la sociedad, dijo Mill, puede practicar “una tiranía social más formidable que muchos tipos de opresión política”, y si bien no suele recurrir a penas tan extremas, “deja menos medios de escape, penetra mucho más profundamente en los detalles de la vida y esclaviza al alma misma.”

Por eso, añadió Mill, la protección contra la tiranía del magistrado no es suficiente. Se necesita también la protección “contra la tiranía de la opinión y sentimiento prevaleciente, contra la tendencia de la sociedad de imponer, por otros medios que los civiles y penales, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a los que disienten de ellas”.

Es difícil pensar en palabras más pertinentes para nuestros tiempos. Un imperio de la censura y la persecución de voces disidentes, disfrazado de virtuosismo moral, nos encamina crecientemente hacia formas de opresión que, como advirtió Mill, han caracterizado las épocas más oscuras de la historia humana. (DF)

Axel Kaiser

Trayectoria Política

“Sin duda un Estado limitado puede crear condiciones de paz para la actividad económica. Pero jamás debemos olvidar la verdadera naturaleza parasítica y violenta del Estado, cuyo radio de acción debe restringirse severamente para evitar la pauperización de los dominados”. 20 enero 2022

«Pueder que Boric termine su gobierno, pero Chile no sobrevive el gobierno de Boric así 4 años mas»  Twitter, 10 octubre 2022

Bibliografia

Otras publicaciones

«Educación superior gratuita: el fin de un mito» La Tercera, 9 julio 2016 «Los derechos sociales universales no solo abren las puertas para un gasto insostenible que termina perjudicando a todos los ciudadanos, sino que son contrarios al gasto focalizado en los mas desaventajados»

«Puede decirse que Marx fue mucho mas una especie de profeta grandilocuente que un estudioso, un filósofo o un académico… Y es que Marx era un personaje fascinado con la violencia, disposición que definió no solo su personalidad agresiva e intolerante -su entorno cercano lo describiía como un dictador-, sino toda su obra… «El Capital», por ejemplo, que no terminó y que ha sido criticado numerosas veces por lo confuso y mal escrito, es una colección de notas pegadas sinn mayor coherencia… afortunadamente, en Chile, el sueño totalitario y criminal de sus seguidores jamás llegpo a realizarse» «Marx, el impostor» 11 septiembre 2018

El socialismo: «asó como los socialistas entienden todo en clave ideológica, muchos liberales y conservadores ven todo en términos racionales… según Ravel, el socialismo es una patología intelectual cuya esencia consiste en el desprecio por la realidad y la dignidad de los individuos… la naturaleza criminal del socialismo en tanto ideología es, según explica el Ravel, idéntica a la del nazismo, que no es mas que una variante nacionalista del mismos socialismo… el neoliberalismo o liberalismo como explica Douglas» 29 marzo 2021

«Curioso caso el de un social democrata que trata de traidores a otros sociademocratas por alicar social democracia… su retórica ha sido siempre una de lucha de clases y de estatismo desenfrenaod y jamás se le ha visto una línea pro mercado, pro empresa y pro reducción del Estado cuando se justifica» «¿Boric social demócrata? El Mercurio, 11 diciembre 2021

La sorpresa del proceso de descomposición que vive Chile

Una de las cosas más sorprendente del proceso de descomposición que vive Chile es la cantidad de gente que se declara desconcertada por lo que ocurre. Es como si de pronto se hubiera reventado la burbuja en la que vivían. En ella, Chile era un país en crisis, pero perfectamente civilizado, la constitución un genuino esfuerzo por construir una “casa de todos”, la clase política un grupo con problemas, pero en general sensato, la población, gente moderna, un sistema económico “neoliberal” agotado que bastaba cambiar por un Estado benefactor nórdico para avanzar hacia la inclusión definitiva, los pueblos “originarios”, culturas venerables y puras, la izquierda radical, un grupo genuinamente democrático, etcétera.

De derecha a izquierda hubo intelectuales, periodistas, empresarios y políticos que abrazaron estas ideas o al menos actuaron como si fueran ciertas. La verdad, sin embargo, es que Chile no es el país que imaginan quienes, con tanto entusiasmo, apoyaron el Apruebo.

La clase política ha sido siempre, salvo lapsos específicos, desquiciada al punto de poner en riesgo la democracia y terminar destruyéndola. Los pueblos “originarios” no son ni racial ni moralmente puros, ni menos mejores que la civilización occidental de la que heredamos, desde la democracia, hasta los derechos humanos y la ciencia moderna, cuestión que ellos aceptan. ¿O cree usted que algún “mapuche” cuando tiene un problema serio de salud se atiende con la machi Linconao? La nueva constitución jamás iba a ser la “casa de todos”, sino un esfuerzo por refundar el país para imponer modelos de izquierda autoritarios y fracasados. ¿Nunca leyeron “El otro modelo”? Este “modelo”, en tanto, no tiene alternativas, pues nada suplanta una fuerte protección de los derechos de propiedad, reglas claras y predecibles y espacios amplios de libertad económica para alcanzar la prosperidad. Todo esto lo tienen los países nórdicos con los que sueñan nuestros ingenuos amigos. Lo que ellos no tienen y nosotros sí, es un Estado ineficiente y corrupto que despilfarra y saquea –las más de las veces legalmente- el dinero de los contribuyentes mediante captura de partidos políticos, contrataciones de operadores, asignaciones de beneficios a grupos de interés y así sucesivamente. ¿Se acuerda cuando casi 40 mil de nuestros funcionarios “públicos” mintieron subdeclarando ingresos para obtener el Bono Clase Media? Seguro en Dinamarca ocurre lo mismo. Ni hablar de la productividad laboral chilena, que es la mitad del promedio de la OCDE y un tercio de la de países nórdicos.

De ello nadie habla porque casi nadie en la clase política quiere trabajar, es decir, casi nadie quiere resolver los problemas reales. Mejor echarle la culpa a la constitución y esperar que mágicamente se resuelvan las diferencias de calidad de vida en la población con un Estado gigantesco que lo controle todo, aunque no le quede plata. En fin, entre los mitos que van cayendo está quedando claro que un sector de la izquierda no es democrática y el otro se ha alineado con una agenda antisistémica y populista, al punto de validar la delincuencia y el terrorismo.

Así, la descomposición de nuestro país continuará. Pero tal vez sirva al menos para que nuestros desconcertados amigos conozcan el país en el que realmente viven.

La nueva Constitución jamás iba a ser la “casa de todos”, sino un esfuerzo por refundar el país para imponer modelos de izquierda autoritarios y fracasados.

Kast, el restaurador 13 noviembre 2021

José Antonio Kast ha puesto en jaque a toda la clase política y de paso también al establishment mediático chileno. Como están las cosas, y salvo que las encuestas estén del todo equivocadas, un candidato de derecha tiene, por primera vez en décadas, la posibilidad de llegar a la presidencia. En efecto, pues es un error ver una continuidad entre JAK y quienes dirigen el gobierno hoy en Chile. Lo cierto es que el paradigma que ha regido bajo los dos gobiernos de Piñera no ha sido el de una derecha realmente liberal en lo económico —y menos aún conservadora en lo moral — , sino de una que cree, sin populismo, que el Estado es un instrumento al servicio del bien más que una amenaza constante al progreso y a la libertad.

Kast viene a romper con el consenso social demócrata instalado y lo hace desde el liberalismo clásico, mientras Boric, siguiendo los pasos de Bachelet II, busca hacerlo desde el socialismo sesentero. No deja de ser interesante que con el discurso ‘neoliberal’ Kast parece estar teniendo mucho más arrastre que todos los otros candidatos presidenciales competitivos, los que, incluyendo a Sichel, plantean que debe haber todavía más Estado y redistribución. Kast está así volteando el tablero de la derecha acomplejada al mostrar que las ideas de libertad de la línea Chicago sí pueden ser populares cuando se defienden con carácter y que la idea de que la derecha debía ser la nueva Concertación de Allamand o el engendro peronista de Desbordes era una receta para el fracaso.

Pero Kast, además, ha demostrado que la excesiva preocupación en el establishment de la derecha –y de la izquierda- por la corrección política generó una brecha mayor con el electorado. El tema migratorio es un gran ejemplo. Kast desde un comienzo conectó con una creciente preocupación ciudadana por el excesivo flujo migratorio mientras las élites periodísticas, políticas e intelectuales –esas que no conviven con ninguna de las desventajas de la inmigración y en cambio capitalizan todos sus beneficios- lo caricaturizaban como racista y xenófobo. Hoy todos los candidatos, incluido Boric, han tenido que acomodar sus posturas hacia la posición de Kast.

En materia de orden y seguridad, de más está decir que Kast fue el único que se mantuvo por años incondicional y firme en su respaldo a las fuerzas armadas y carabineros, mientras el Gobierno y el resto de la clase política los desconocían y atacaban una y otra vez provocando así la ingobernabilidad que nos aflige. Sectores amplios de esa misma clase política e intelectual, incluso, han avalado la destrucción del orden democrático al legitimar la violencia y han llegado a apoyar abiertamente a terroristas y criminales. Nada de eso se vio jamás con Kast, el único candidato del Rechazo. Por eso, mientras Piñera y Chile Vamos fueron la gran decepción, Kast es la gran esperanza.

Pero el despertar más duro lo ha tenido el establishment con sus creencias sobre la cultura nacional. Durante muchos años la social democracia chilena de derecha e izquierda y la izquierda radical han vivido bajo el engaño de que el fantasma de Pinochet bastaba para hacer imposible el acceso a la presidencia de cualquier persona que reivindicara parte de su gobierno. Se repetían este discurso prefiriendo ignorar la verdad, a saber, que el golpe de estado en Chile fue resultado de un profundo y extendido clamor de una ciudadanía hastiada del caos creado por la izquierda y que Pinochet fue siempre, como dijo Patricio Aylwin, un ‘dictador popular’. Si las campañas de primarias mostraban a candidatos de centroderecha enterrando a Pinochet –dando cuenta de una aspiración legítima, pero también de una desconexión casi versallesca con la realidad nacional- Kast no tiene problemas en condenar lo que se debe condenar y en rescatar el resto. Y a la gente le gusta. Le gusta porque es sincero y porque, finalmente, esta parece no ser tan lesa como para no entender que en Chile, si no surgen figuras de autoridad fuerte capaz de poner orden, el país termina destruido completamente de manos de su clase política demagógica y de los delincuentes, terroristas y agitadores de turno.

El tiempo dirá si, en caso de salir electo, Kast logrará reencauzar el país dándole gobernabilidad. Por ahora todo parece indicar que nadie, ni siquiera él, podrá conseguir ese objetivo. El problema es que si Kast no lograse materializar al menos parte de su labor restauradora, se correrá el riesgo de mayor caos y de que la ciudadanía termine reclamando una alternativa aun más dura para conseguir el mismo objetivo. Quienes le harán oposición en su eventual gobierno deberían tenerlo presente.

Estado y explotación 20 enero 2022

El Estado, explicó el sociólogo alemán Franz Oppenheimer en su clásico de 1908 sobre la materia, surge históricamente de la explotación y esclavitud a la que grupos de cazadores y nómades mejor preparados para combatir sometieron a pueblos campesinos sedentarios. En un principio, la práctica común de estos invasores era exterminarlos para robarles su producción. Con el tiempo, sin embargo, entendieron que era mejor para ellos dejarlos subsistir, para esclavizarlos y robarles solo sus excedentes.

Esta explotación es, según señaló Oppenheimer, el origen del Estado. Oppenheiner distinguió entre medios políticos y medios económicos para obtener recursos. Los medios económicos, afirmó, son los del mercado y el comercio, es decir, el intercambio voluntario. Los medios políticos consisten en la extracción violenta de recursos. Lo que caracteriza a toda organización política -en otras palabras, lo que define al Estado- es precisamente que subiste del robo.

Nada de lo anterior es un análisis ideológico o filosófico, sino sociológico e histórico. De hecho, la obra de Oppeheimer se titula “El Estado: su historia y desarrollo desde una perspectiva sociológica”. Max Weber, en un enfoque similar, argumentaría que el Estado es una organización de personas que detenta el monopolio de la violencia física dentro de un determinado territorio y que es siempre una relación de privilegios donde hay un grupo de dominados y otro de dominadores. Si el origen del Estado es el robo, el crimen y la explotación, y ésta, según enseña la sociología, es una relación de dominación de unos grupos que explotan a otros, entonces, ¿cómo hemos llegado en el mundo moderno a concebirlo como objeto de culto casi sagrado?

El mismo Oppenheimer ofrece la respuesta: las relaciones de explotación originarias en que la clase privilegiada roba a través de impuestos el excedente de producción de los sometidos van creando una naturalización de la nueva realidad y también exigencias de parte de los explotados a los explotadores. La protección frente a otros grupos de posibles invasores es típicamente una de esas exigencias, pero es también una necesidad de los dominadores, pues el Estado solo puede subsistir en la medida en que otro grupo militarmente superior no puede destruirlo o doblegarlo.

Ideologías, mitos y todo tipo de relatos dan con el tiempo legitimidad a este vínculo, llegando al extremo de crear una verdadera “estadolatría”, es decir, una incapacidad general de concebir la existencia humana sin el Estado. Teólogos protestantes, explicó Oppenheimer, fueron los principales responsables en los tiempos modernos de crear una imagen cuasi divina del Estado, la que encontraría su máxima expresión con Hegel y su teoría de que este era la “marcha de Dios sobre la Tierra”.

Ahora bien, no hay duda de que un Estado limitado puede crear condiciones de paz para desarrollar actividades productivas. Eso es lo que propone, de hecho, el liberalismo clásico. Pero si hemos de preservar ese bienestar, jamás debemos olvidar la verdadera naturaleza parasítica y violenta del Estado, cuyo radio de acción debe restringirse severamente para evitar la pauperización de los dominados.

Declive irreversible16 diciembre 2021

Gane quien gane este domingo, el proceso de deterioro económico e institucional chileno continuará. La razón es que al menos la mitad de la clase política, y un sector considerable del electorado y clase dirigente, se encuentran en una decidida senda de desmantelamiento de lo que el país ha logrado construir en las últimas décadas.

Es razonable suponer que habrá una moderación y que esto se reflejó en el último debate presidencial en que la Concertación fue reivindicada. Pero la Concertación, como la social democracia moderna, fue una heredera del triunfo de la racionalidad liberal de fuerzas intelectuales como la escuela de Chicago frente al ideologismo desatado de la izquierda, que se vio derrumbada con la caída del muro de Berlín y la inviabilidad de sistemas benefactores omnipotentes.

En el caso chileno, la Concertación recibió armado un sistema al que solo hizo ajustes y sin el cual jamás habría tenido el éxito que tuvo. Tal vez es por eso que la centroizquierda no puede defender su legado, pues en última instancia, sabe que no es suyo. Como consecuencia, se acompleja frente a la izquierda delirante, la misma a la que alguna vez perteneció, y se suma, salvo excepciones, al anticapitalismo que ha caracterizado a la izquierda chilena –incluida la DC- a través de toda la historia del país.

Por eso, aunque en términos de reformas es bastante claro lo que Chile necesita, no existe ninguna posibilidad de que Gabriel Boric avance en esa dirección. Sumemos un escenario internacional mucho más complejo, que podría incluso presentar una crisis devastadora en China, y el futuro es aun más oscuro.

Nada de esto significa, por supuesto, que da lo mismo quién gana el domingo. Si gana Boric, el poco orden público y seguridad que van quedando tenderán a desparecer, el Estado como botín de los partidos políticos y amigotes seguirá su derrotero parasítico, y la economía no tendrá ninguna opción de recuperarse razonablemente. Además, existe el peligro de que, junto a la Convención Constitucional dominada por la izquierda radical, intenten eternizarse en el poder como lo han hecho en todas partes en que se les ha presentado la oportunidad.

Si gana Kast, habrá al menos un esfuerzo desde el gobierno por combatir la delincuencia y el terrorismo, y por aplicar políticas económicas que, aunque no modifiquen lo suficiente nuestra tendencia de deterioro, sean pragmáticas y sensatas. De paso, y aunque la Convención intente acortar su período, el riesgo para nuestra democracia será menor.

Pero además habrá un efecto muy positivo desde el punto de vista psicológico para la izquierda que domina los medios, la academia, el mundo cultural y otros: su fobia anti todo lo que representa Kast y sus profecías del apocalipsis se mostrará como la histeria frívola y posera que es.

Sin duda habrá una guerra sin cuartel en contra de todo lo que haga Kast, esté bien o no, por el simple hecho de que la condición mental de la izquierda le impide cualquier análisis medianamente imparcial y objetivo. Pero al ver que nada grave ocurre, que las minorías pueden perfectamente seguir adelante con sus vidas, que no se construye el cuarto Reich en el país y que se respeta la prensa libre, etcétera, la población terminará de ver las cosas por lo que realmente son. Y eso, es de imaginar, la obligará a moderarse aún más.

La indecencia de los “justos” 17 Mar 2022

Unos de los problemas más alarmantes que evidenció pandemia fue la incapacidad de muchas personas de pensar e informarse por sí mismas. Enfrentadas a una campaña de pánico cuestionable desde el punto de vista científico, abrazaron cuarentenas totalmente contraproducentes –algo que hoy casi nadie discute- y, peor aún, se convirtieron en denunciantes de sus propios vecinos.

Mucho de todo lo que ocurrió tuvo que ver, por supuesto, con pose moral; esto es, con la pretensión de estar del lado del bien y de ser reconocido públicamente como uno de los “justos”. La cancelación de quienes disentían del relato apocalíptico -incluyendo a científicos de las mejores universidades del mundo- reflejó de cuerpo entero este Zeitgeist totalitario bajo el que vivimos.

Lamentablemente, la persecución que se ha hecho de personas de origen ruso totalmente inocentes de las decisiones que toma el dictador Vladimir Putin ha venido a confirmarlo. La asociación de ajedrez de Noruega, por ejemplo, canceló al maestro ruso Alexander Grischuk de sus competencias y otros ajedrecistas de ese país enfrentan similares prohibiciones de participación en eventos internacionales. La Metropolitan Opera of Nueva York ha dictaminado que cancelará a todos los artistas que hayan apoyado alguna vez a Putin, lo que sea que esto signifique. Lo mismo ha resuelto el Carnegie Hall, mientras la Royal Opera House en Londres ha cancelado una residencia planificada del Bolshoi Ballet.

Valery Gergiev, director de la orquesta de Munich, fue despedido bajo el argumento de ser amigo de Putin, pero no tuvieron problema en contratarlo sabiendo que lo era. La soprano Anna Netrebko, una de las figuras más aclamadas de la ópera actual, ha sido igualmente cancelada de varias funciones. La orquesta sinfónica de Montreal incluso suspendió conciertos del pianista prodigio de veinte años de edad Alexander Malofeev, a pesar de que este condenó la invasión a Ucrania. La Cardiff Philarmonic llegó al punto de retirar al músico ruso del siglo XIX Pyotr Tchaikovsky de su catálogo de eventos.

En otra área, el ministro de deportes de Reino Unido Nigel Huddleston ha afirmado que cancelará la participación de todos los tenistas rusos en el torneo de Wimbledon este año si estos no muestran ser contrarios a Putin. Como consecuencia, Daniil Medvedev, actual número uno del mundo, podría quedar fuera del torneo, no porque sea favorable a Putin, sino porque no quiere involucrarse en temas políticos. El nivel de la histeria anti rusa ha llegado a tal absurdo, que la Federación Internacional de Gatos canceló a los gatos rusos de sus shows.

Todo esto no tiene otro propósito que el afán de pose moral, de señalar a otros que se está del lado “bueno”, aun cuando esto implique decisiones estúpidas como cancelar gatos o aberraciones como perseguir a inocentes solo por su nacionalidad. Con toda razón Tyler Cowen ha llamado a este sentimiento anti ruso de moda un nuevo macartismo. Según Cowen, la situación llega a tal punto que cualquier ruso trabajando en los Estados Unidos hoy enfrenta considerablemente menos opciones de ser promovido en su carrera.

La pregunta obvia es si toda esta indecencia cometida con fines de autopromoción moral perjudica finalmente a Putin. Según profesor de Princeton, Simon Morrison, lo que ocurrirá es lo contrario, pues estos malos tratos solo confirman la tesis de Putin de que Occidente siempre ha abusado de Rusia y mirado a los rusos con desprecio.

La ejecución de la social democracia 19 mayo 2022

Es imposible discutir sobre el actual borrador constitucional seriamente sin antes analizar la ideología de quienes lo redactaron. Tomemos el caso de Fernando Atria, cuya influencia en el proceso pocos pondrían en duda y cuyas ideas, podemos asumir, representan razonablemente bien el espíritu de la Convención.

En enero de 2017, Atria escribía en La Segunda que “la meta histórica -socialistasigue siendo la superación del capitalismo (…) El socialista hoy no tiene una respuesta a la pregunta de cómo organizar una sociedad sin capitalismo, pero sabe en qué dirección moverse, y lo que significa estar buscando y construyendo una racionalidad superior y distinta a la del capitalismo”.

Todo el proyecto de la izquierda del Frente Amplio, PC y otros, consiste en poner fin al capitalismo, paso a paso, viendo en cada espacio que gana el control estatal un movimiento en la dirección correcta. En esta visión, la social democracia es traición al ideal socialista. Atria lo dice sin titubear: “La tarea de nuestra época es la reconstrucción de la izquierda y el socialismo después de la neoliberalización del socialismo que significó La Tercera Vía”. La famosa Tercera Vía de Anthony Giddens que inspirara a Bill Clinton, Tony Blair, Ricardo Lagos y Gerhard Schröder, entre otros, sería así, nada más que socialismo “neoliberalizado”, es decir, degenerado e impuro.

No se trata, entonces, como creen muchos ingenuos, de hacer una nueva Constitución para seguir el ejemplo de la social democracia europea. Lo que se busca es una carta que ejecute a la social democracia con un tiro de gracia institucional. No sorprende que el mismo Atria afirme que la inspiración para este proyecto revolucionario debe venir de Venezuela, Ecuador y Bolivia: “Mientras esta era la realidad de la izquierda en Europa y Norteamérica, una ola de gobiernos progresistas y antineoliberales se sucedieron en las últimas dos décadas en América Latina. Aunque experiencias imperfectas, ellas nos han dejado aprendizajes interesantes de participación social, políticas redistributivas y buen vivir. Ellas serán parte del proceso reconstructivo del ideario socialista”.

Esta resurrección socialista es, por cierto, coherente con la teoría de los derechos sociales expuesta en libro “El otro modelo”, escrito por Atria, Joignant, Couso y otros.

Según ella, no pueden existir desigualdades de experiencia en lo que implican derechos sociales, pues, de haberla, se lesiona la idéntica condición de ciudadanía. Es obvio, entonces, que la Constitución termine con la capitalización individual, deje fuera la educación particular subvencionada y cree un sistema de salud esencialmente estatal.

Acabar con la social democracia es también la razón por la que la propiedad privada queda sin protección real, el Estado empresario regresa omnipotente y la debilitada libertad económica pasa a depender de la buena voluntad de una asamblea única con poder total. Pero, además, como el modelo a seguir es el bolivariano, se crean condiciones para terminar la independencia del Poder Judicial, se acaba el Tribunal Constitucional y se abren puertas para el control político del Banco Central, de la Contraloría y del sistema electoral.

Con eso, la revolución socialista termina de aniquilar el proyecto social demócrata chileno, cómplice de los “30 años neoliberales”, abriendo las amplias alamedas a un autoritarismo de izquierda populista sin freno institucional. Y quienes crean que, de aprobarse la carta bolivariana propuesta, la construcción del proyecto socialista chileno se acabará, se equivocan. El Apruebo será apenas el comienzo.

“En la visión de Atria y otros, la social democracia es traición al ideal socialista. No tratan de hacer una Constitución al estilo europeo, sino de ejecutar a la social democracia con un tiro de gracia institucional”.

El precio del buenismo es la democracia 21 julio 2022

Jamás dejará de asombrarme esa dificultad en la cultura nacional, que afecta particularmente a la élite, de ver las cosas por lo que son y de decir las cosas como son. Un exasperante buenismo es la posición de default en buena parte de la centroizquierda, a la que pertenece todo el mundo conservador social cristiano -aunque pretenda lo contrario- y también de la centroderecha.

Tome el caso del proceso constituyente. Este surge de una explosión de violencia delictual que fue promovida por comunistas, frenteamplistas y otros grupos de izquierda con la intención de derrocar a Sebastián Piñera y provocar así un quiebre institucional. A pesar de las evidentes intenciones antidemocráticas de estos grupos, el mismo Piñera, la centroderecha y la centroizquierda sacrificaron la Constitución, abriendo así la posibilidad para que la izquierda creara las bases de una dictadura filo chavista en Chile.

Ahora miran con terror el resultado de ese proceso, cuando su desenlace era más que obvio desde el principio. Pero es peor aun, porque además de no haber anticipado lo evidente -a saber, que el proceso constituyente sería nada más que la criatura deforme de la violencia octubrista y, por tanto, un esfuerzo por demoler Chile-, una vez electos los convencionales con mayoría aplastante de radicales extremistas, siguieron declarando su fe en que se podía construir “la casa de todos”.

Incluso cuando estaba clara la dirección totalitaria que tomaba la Convención se aferraban a la esperanza de que saliera algo razonable. ¿Era tan difícil anticipar que si la izquierda extremista controlaba la Convención era totalmente imposible que no intentara refundar el país a su gusto? ¿Cómo puede ser que, conociendo la historia de Chile, la centroderecha y la centroizquierda aún no entiendan que nuestra izquierda es totalitaria, deshonesta y adicta al poder? Hablamos de la misma izquierda que sigue admirando a Fidel Castro, que tiene vínculos con la narcodictadura de Maduro, que defiende a Ortega y justifica el terrorismo asociado al crimen organizado internacional.

Tan ingenuos fueron, que incluso muchos de ellos prefirieron a Boric que a Kast, a pesar de que era claro que el primero no reunía las más mínimas competencias para presidir la República y que, a pesar de su simpatía, tiene un alma tan radical como cualquier comunista. Peor aun, Boric, a diferencia de Tellier, engaña sin pudor al público de manera sistemática con sus volteretas. El mismo Boric se ha resistido todo lo que puede a enfrentar la delincuencia y el crimen organizado bajo su gobierno. Todavía habrá que descubrir de qué se trataba el misterioso avión vinculado al terrorismo financiado por Irán que entraba a Chile sin control alguno con la anuencia de su gobierno.

Lo que resulta indiscutible es que la centroizquierda, y parte del centro derecha, deben aceptar de una vez que en Chile la amenaza a la democracia ha provenido fundamentalmente de la izquierda y no de la derecha. Basta una mirada honesta a la historia nacional para reconocer este punto.

Chile necesita que estos grupos abandonen de una vez el sueño infantil de la “casa para todos” en la que viviremos felices y unidos. Este jamás se podrá realizar, porque una parte de los que se supone han de habitar en ella van a querer siempre incendiarla para, sobre sus cenizas, edificar una cárcel que les permita encerrar al resto. (DF)

Axel Kaiser

¿Para esto quieren más impuestos? 11 julio 2022

Chile tiene la inflación más alta en décadas, el dólar prácticamente a mil pesos, fuga masiva de capitales, un gasto estatal inaceptablemente ineficiente, un Estado capturado por intereses políticos, inmigración ilegal fuera de control, delincuencia, homicidios y terrorismo desbordados, crimen organizado avanzando como en los países más peligrosos de la región, un sistema educativo en franco proceso de degradación —a pesar de ser el segundo que más recursos recibe como porcentaje del PIB en la OCDE—, crecimiento económico fulminado, productividad atrofiada, cuentas fiscales cada vez más deterioradas, prestigio internacional en caída libre, etcétera.

Todo esto lo ha generado esencialmente la misma clase política que nos exige pagar más impuestos hoy, después de haberlos subido sistemáticamente por décadas bajo la promesa de que íbamos a estar mejor. Es obvio que ha fracasado colosalmente.

Como ciudadanos no deberíamos darle un peso más a una clase política inepta que ha fallado de manera tan dramática en el uso de nuestros recursos. Son ellos los que trabajan para nosotros y no al revés. Es hora de exigirles que empiecen a hacer su trabajo como corresponde y dejen de reclamar que les falta todavía más plata, pues mientras más les damos, peor nos va.  (El Mercurio Cartas)

Axel Kaiser

Impuestos, súbditos y ciudadanos 2 julio, 2022

Que la izquierda ha sido siempre estatólatra no es una novedad y que busque incrementar todo lo posible el tamaño del Estado, es decir, el control político sobre la vida de las personas, no es sorpresa para nadie. El problema es que, filosóficamente, tampoco la centroizquierda ni la centroderecha tienen una convicción clara en favor de la libertad individual frente al Estado. Al menos, no cuando se trata de derecho de propiedad.

La idea, tan común en círculos intelectuales y políticos de centroderecha ingleses, norteamericanos o suizos, de que los impuestos deben ser bajos por tratarse de una confiscación coactiva de la propiedad legítimamente producida y adquirida por el sujeto al que se les cobra, es totalmente ajena a nuestra tradición intelectual. En nuestros países no tenemos la concepción de que, como decía Thomas Jefferson, el mejor gobierno es el que menos impuestos cobra, porque no tenemos mentalidad de ciudadanos sino de súbditos. Tanto es así que ni siquiera exigimos que el dinero que los políticos nos confiscan supuestamente en beneficio de nosotros mismos se gaste bien.

Y es que, en nuestra cosmovisión preliberal, el poder político siempre actúa en beneficio del bien común. Es precisamente porque tenemos mentalidad de súbditos y no de ciudadanos que, salvo excepciones, casi nadie formula objeciones de principios en contra de las alzas de impuestos. Los argumentos se limitan nada más que a asuntos de efectividad fiscal y de impacto sobre la economía.

Ciertamente, estos análisis son relevantes, pero no bastan. Más allá del efecto sobre los incentivos, existe un valor moral en sí mismo en que los ciudadanos de todos los niveles de ingresos conserven la mayor parte posible de la propiedad que han obtenido con su esfuerzo y el de sus familias. Y también hay un valor moral en el reclamo de que, una vez cobrados los impuestos, estos no se pierdan en despilfarro y corrupción. Lo segundo, como es obvio, se sigue de lo primero: es solo porque entendemos que los impuestos son propiedad de los ciudadanos que ha sido confiscada coactivamente por el poder político que podemos exigirle a este último que no los malgaste.

Pero en América Latina predomina la intuición moral de que la propiedad privada es un privilegio que el poder nos concede y no un derecho fundamental del individuo. Combinada con la noción rousseauniana de que esta es el origen de las desigualdades entre los hombres y, por tanto, la fuente última de corrupción moral y conflicto social, esta intuición moral lleva a que no haya límites reales a la voracidad confiscatoria del poder político. El resultado es un ciclo de decadencia que se retroalimenta: el Estado es capturado por intereses políticos que invocan la “justicia social” para captar más rentas subiendo impuestos. Como estos se gastan mal y la política de alzas tributarias crea más de los mismos problemas que supuestamente ha de resolver, entonces se reclama por más impuestos y mayor gasto estatal.

De más está decir que al final de este camino no nos espera Dinamarca. Lo que nos espera es más parecido a Argentina, cuya carga tributaria es similar a la de los países nórdicos, pero cuya mentalidad, a diferencia de la nórdica, no es la de ciudadanos que exigen al poder honestidad y eficiencia en el uso de recursos y que además celebran la libertad económica, sino la de súbditos anticapitalistas resignados con lo que el poder político les permite mantener, por un lado, y agradecidos por el asistencialismo del que dependen, por el otro. (El Mercurio)

Axel Kaiser

La lección argentina 4 junio, 2022

A fines del siglo XIX y principios del XX, Argentina se encontraba entre las economías más desarrolladas del mundo, con un ingreso per cápita que superaba al de naciones como Italia, Japón y Francia. En 1895, incluso, alcanzó la renta per cápita más alta del planeta, según algunas estimaciones. Más aún, el crecimiento del PIB de Argentina del 6% anual durante los 43 años que precedieron a la Primera Guerra Mundial fue el más rápido registrado en la historia. Como resultado de esta expansión económica, entre 1870 y 1914 el comercio exterior se multiplicó por 12, la red ferroviaria se multiplicó por 40, la superficie dedicada a la agricultura se multiplicó por 55 y la población se multiplicó por 4, principalmente por la inmigración procedente de Europa.

El impresionante desempeño económico de Argentina no se basó únicamente en la exportación de materias primas. Entre 1900 y 1914, la producción industrial se triplicó, alcanzando un nivel de crecimiento similar al de Alemania y Japón. Adicionalmente, en el período 1895-1914 se duplicó el número de empresas industriales, se triplicó el empleo en el sector y se quintuplicó su nivel de capitalización. Todo esto estuvo acompañado de un grado de progreso social sin precedentes en el país: en 1869 entre el 12% y el 15% de la población económicamente activa pertenecía a la clase media, cifra que llegaba al 40% en 1914. En el mismo período, el nivel de analfabetismo se redujo a menos de la mitad.

Como es lógico, todo este progreso económico y social requirió de un marco institucional que lo favoreciera. Fue Juan Bautista Alberdi (1810-1884) el padre intelectual de la Constitución de 1853, quien a través de ella sentaría las bases para la prosperidad de Argentina. Liberal clásico y admirador de los padres fundadores de los Estados Unidos, Alberdi concibió la Constitución de modo que el gobierno estuviera fuertemente restringido en su capacidad de interferir con la libertad económica y las libertades individuales. “La Constitución Federal argentina contiene un completo sistema de política económica, en la medida en que garantiza, mediante estrictas disposiciones, la libre acción del trabajo, del capital y la tierra, como principales agentes de la producción”, explicó Alberdi.

A pesar del éxito alcanzado bajo el sistema de Alberdi, el liberalismo económico fue abandonado durante la Gran Depresión. En la década de 1930, el keynesianismo se convirtió en la filosofía económica hegemónica y en la década de 1940, con la elección del general Juan Domingo Perón, el peronismo, una versión local del fascismo, pasó a dominar la vida económica y social.

Bajo Perón se reformó la Constitución y se desató el Estado interventor. Entre otras medidas, se nacionalizaron múltiples empresas y se crearon muchas otras estatales, se restringió el libre comercio y se aumentó el gasto público para satisfacer “derechos sociales”. Esto provocó un aumento explosivo de la inflación, que se intentó combatir introduciendo, por primera vez, controles de precios.

A diferencia de otros países con ciclos de mayor y menor intervención estatal, el peronismo se arraigó a tal punto en las instituciones y la cultura política de Argentina que el país nunca logró restaurar sosteniblemente niveles razonables de libertad económica. En 1975, cerca del momento de la muerte de Perón durante su tercer mandato como presidente (1973-1974), Argentina ocupaba el puesto 102 entre 106 países en el Índice de Libertad Económica publicado por el Instituto Fraser de Canadá. En 2021 ocupó el puesto 153 entre 163 países.

Como resultado de la metástasis estatal, Argentina, alguna vez uno de los países más ricos del mundo, se ha convertido en una sociedad corrupta, empobrecida y extractivista, con una inflación crónica de más del 50% anual, una tasa de pobreza de aproximadamente 40%, un Estado quebrado y un éxodo masivo de jóvenes profesionales que emigran en busca de mejores oportunidades.

¿Qué lecciones podría aprender Chile de la tragedia de nuestros vecinos? La más obvia es que es un sinsentido sugerir, como se viene haciendo en el debate público, que anclar un sistema económico liberal en una Constitución es igual de condenable que anclar uno socialista o estatista. Mientras el primero limita la rapacidad populista de los políticos garantizando prosperidad para las grandes mayorías y libertad de elegir para los individuos, el segundo le da rienda suelta a la demagogia cleptocráctica de quienes engrosan el poder del Estado que controlan.

Además de producir miseria, un sistema socialista o estatista destruye la libertad económica que es parte sustancial de la dignidad humana e, incluso, en el peor de los casos, puede producir una dictadura, como ilustra el ejemplo venezolano.

Pero tal vez la lección más relevante tiene que ver con el rol de las ideologías en definir el curso de la evolución política, económica y social. Argentina abrazó el estatismo sindicalista y antiliberal del peronismo y se hundió por casi un siglo. Chile parece estar eligiendo el mismo camino de miseria y, sin duda, lo confirmará si se deshace de la Constitución de Ricardo Lagos para implantar la Constitución del Partido Comunista y de los indigenistas afines a la izquierda chavista. Si gana el Rechazo, por el contrario, al menos evitaremos lo peor y quedará un espacio, aunque sea pequeño, para restaurar las ideas y políticas económicas liberales que hicieron del Chile de fines del siglo XX y principios del siglo XXI el símil latinoamericano de la gran Argentina de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. (El Mercurio)

Axel Kaiser

La venganza jesita, El Mercrio 30 julio 2022

Pocos grupos en la historia de América Latina han hecho un mayor daño al bienestar de sus habitantes que los católicos jesuitas. Como explica Loris Zanatta en un fascinante libro sobre el populismo jesuita, estos han estado detrás de los peores populismos regionales siendo maestros, asesores e inspiradores de dictadores y aspirantes a dictadores como Juan Domingo Perón y Eva Perón, Fidel Castro y Hugo Chávez, sin mencionar su rol en la teología de la liberación.

El tema central en el populismo jesuita es la idea de que la salvación de las almas, el encuentro con el cuerpo de Cristo, solo puede darse en la unicidad, es decir, en la más absoluta sumisión de los individuos al colectivo. Si hemos de tener una auténtica comunidad, con genuinos lazos de amor fraternal como el que predicaba Cristo, la experiencia vital debe ser la misma para todos. Como consecuencia, el enemigo principal del jesuitismo católico es el liberalismo y el mercado. El liberalismo, al poner el énfasis en el individuo y sus derechos, promovería una ética del egoísmo que disgrega a la comunidad creando desigualdades y diferencias de destino que hacen imposible reconocer a sus integrantes como miembros del cuerpo de Cristo. La solidaridad, la experiencia común a la que hemos de estar todos sometidos, se desintegra y con ella el amor fraternal.

El capitalismo, por su parte, sería esencialmente anticristiano, porque corrompe la moral con su materialismo llevando a las personas a buscar sus propias satisfacciones hedonistas en lugar de compartir, como lo haría Cristo, con los más débiles y pobres el sufrimiento que estos padecen. Por eso, cuando los jesuitas instalaron sus misiones en Paraguay prohibieron la propiedad privada para los indígenas, fusionaron la ley y la fe creando un Estado ético, pues todo tenía que ser un tributo a Dios, desde la familia a la economía. De lo que se trataba no era de la búsqueda de progreso material, sino de la perfección moral, de la salvación de las almas creando a un hombre nuevo libre de egoísmo.

Todo este orden teocrático se encontraba bajo la dirección de los padres jesuitas, casta que se presentaba como casi divina en su misión de educar y salvar al pueblo. En cierto sentido, los jesuitas crearon los primeros experimentos comunistas de la América colonial y sin duda fundaron una religión política que perdura hasta hoy. Solo un Papa jesuita como Francisco, fiel exponente de esa religión política, podría haber declarado que “son los comunistas los que piensan como los cristianos”.

No todos los jesuitas siguen esta línea desde luego. Y tampoco es que los jesuitas sean, estrictamente hablando, marxistas. Es más bien al revés: muchos son católicos que vieron en el marxismo —y en el caso argentino en el fascismo—, vehículos que les servían para avanzar en la construcción de su ideal de cristiandad, para alcanzar el reino de Dios sobre la Tierra. Con esas ideologías comparten el antiliberalismo, el anticapitalismo y el antirracionalismo.

En otras palabras, jesuitas como Francisco rechazan los ingredientes esenciales de la vida moderna. Por eso prefieren santificar la pobreza y la miseria antes que celebrar la riqueza y les es más fácil promover tiranos católicos que apoyar a demócratas liberales. El populismo jesuita, anclado en nuestra matriz cultural, es fundamental a la hora de explicar por qué América Latina cae una y otra vez en experimentos refundacionales. Cada vez que el liberalismo logra avances sustanciales, este regresa para vengarse y demoler lo conseguido.

Nuestra región, predominantemente católica, lleva siglos en este conflicto y continuará en él porque porta en su ADN la reacción en contra de la modernidad racional y liberal a la que ve como incompatible con el ideal de vida cristiano. Por eso Perón decía que su misión era restaurar la “argentinidad”, cuya esencia era “el más puro sentimiento cristiano.” Eva, asesorada por el jesuita Benítez, afirmaba que el peronismo era “la esencia misma de Jesús”. Castro, educado como un anticapitalista católico por jesuitas, afirmaba que “Cristo predicó lo que estamos haciendo” y añadía que buscaba crear moral y materialmente la “sociedad perfecta”. Hugo Chávez, asesorado por jesuitas como el padre Jesús Gazo, sostenía que Cristo había sido “el más grande socialista de toda la historia”.

El socialismo en Chile contó también con el apoyo de vastos sectores del mundo católico que llegaron a crear el movimiento de sacerdotes “cristianos por el socialismo”, en apoyo de Salvador Allende. Hasta el día de hoy no es exagerado afirmar que cierta intuición moral organicista y anticapitalista predomina en buena parte del mundo católico nacional, incluso del que dice rechazar a la izquierda. Así las cosas, no es extraño que después del período liberal más radical y exitoso de su historia moderna, en Chile la venganza jesuita se haga presente de manera virulenta.

El terreno estaba fértil para que aparecieran los profetas de esa vieja religión política, la misma que abrazaron Perón, Castro y Chávez. Como los anteriores, nuestros profetas se sienten llamados a purificar moralmente a la sociedad de sus desigualdades y del egoísmo individualista que la ha corrompido bajo el “neoliberalismo”. La gran pregunta es cuál será el nivel de destrucción institucional y civilizatorio que van a provocar en esta ocasión. El 4 de septiembre tendremos parte de la respuesta. (El Mercurio)

Axel Kaiser

La industria del engaño Axel Kaiser 24 mayo, 2022

La costumbre de Daniel Matamala de distorsionar hechos y engañar en sus columnas dominicales lo ha llevado a atribuir idénticos hábitos en quienes son objeto de sus ataques. En primer lugar, señala el periodista que mi afirmación sobre que se acaban los límites al aborto es falsa, pues la ley podrá regularlo. Pero la cuestión es que a nivel constitucional no hay límite alguno. Como ha dicho el rector de la Universidad Católica Ignacio Sánchez: “no hay ningún país en el mundo que tenga en la Constitución el derecho a un aborto libre, sin semanas, sin restricciones, sin la posibilidad de interferencia de terceros”. Matamala agrega que no se acaba la educación particular subvencionada. Pero esos colegios quedaron fuera del financiamiento estatal del que dependen. Ello, sumado a la ideologización y el no reconocimiento de la libertad de abrir colegios, ha llevado a la Asociación de Educadores de Chile a señalar que la nueva constitución “elimina los colegios particulares subvencionados”.

Añade Matamala que tampoco se acaban los límites a la huelga, porque el legislador podrá poner -mínimos- límites. Pero a nivel constitucional no queda ninguno, ese es el punto. Según el director del Departamento de Derecho Laboral de la Universidad de Chile, Luis Lizama, la Convención ha consagrado “una huelga ultraliberal, la más liberal del planeta, sin ningún tipo de límites” que será “un arma destructiva para el aparato productivo chileno”.

Peores son las mentiras que Matamala formula sobre mi persona. La verdad es que la Fundación para el Progreso surgió porque algunos empresarios preocupados por Chile, entre ellos Nicolás Ibáñez, a quien no conocía personalmente, me contactaron cuando yo vivía en Alemania para ver qué podíamos hacer por nuestro país. Esto fue luego de que leyeran algunos libros de mi autoría que predecían con exactitud lo que comenzaba a ocurrir en esa época. En lugar de ver un genuino esfuerzo por el bien del país en la creación de FPP, Matamala prefiere esparcir una versión engañosa y odiosa de hechos que no conoce.

Respecto al tweet en que yo habría predicho que el dólar llegaría a 1.000 pesos, Matamala, cual troll de redes sociales, ni siquiera tiene la honestidad intelectual de citarlo completo. El tweet, que escribí luego de que se sacrificara la Constitución, afirmaba que “si los inversionistas entendieron bien lo que la clase política chilena decidió ayer, el dólar debería llegar a 1.000 pesos hoy. “Obviamente no era una predicción literal sobre el precio del dólar. Además de estar escrita de manera condicional “si entendieron” “debería”, el punto era que la nueva Constitución terminaría siendo un desastre para la economía del país. Pues bien, desde mi afirmación la fuga de capitales asciende a 80 mil millones de dólares según cálculos de la economista Cecilia Cifuentes, la economía va en caída libre, en parte por la incertidumbre institucional, y el dólar ha llegado a niveles récord -probablemente habría roto la barrera de los 900 si no hubiera sido por intervenciones oficiales. Todo eso y aún no se aprueba la nueva Constitución.

Por último, Matamala acusa a todos quienes critican la constitución de “alarmismo mentiroso”. Para Matamala, entonces, incluso “los Amarillos” de centro izquierda, que han advertido que la nueva Carta “pone en riesgo la democracia”, son parte de una conspiración o delirio colectivo. Esto es obviamente absurdo. Matamala podrá citar a su conveniencia y de manera distorsionada bancos de inversión extranjeros para articular engaños funcionales a la agenda de poder de la izquierda extrema a la que pertenece, lo que no puede hacer, es pretender que todas las advertencias que se formulen sobre la nueva Constitución son “puro cuco”.

La maldición del utopismo Axel Kaiser 9 abril, 2022

La palabra “utopía” fue acuñada por Thomas More en 1516 para referirse a una sociedad basada en una extensa igualdad, sin propiedad privada regular y conducida por hombres sabios y viejos. “Utopía” viene del griego “topos” o “lugar” y “u”, prefijo que significa “inexistente”. Una utopía, es, por lo tanto, un lugar inexistente. Pero en la misma obra, More habla también de Eutopia, lo que desde el griego podría traducirse como “lugar feliz”.

Si bien More nos legó el concepto “utopía” como un lugar feliz inexistente, el utopismo es probablemente tan antiguo como la consciencia humana. Sus primeros registros se han encontrado en tablas de arcilla sumerias que datan del año dos mil antes de Cristo y evidencia de utopías posteriores se observa en sociedades de distintas regiones y épocas. Todas las utopías conocidas tienen en común el cuestionar la forma en que vivimos. Tower Sargent los llama “sueños sociales”.

Quienes se encuentran inmersos en culturas impregnadas de utopismo, como es ciertamente el caso de América Latina, se enfrentan con el desprecio por la realidad y con la eterna insatisfacción con lo alcanzado de vastos sectores de sus élites y habitantes. Visto así, el utopismo, es una forma de inmadurez social de consecuencias potencialmente devastadoras.

No hay ejemplo más persistente del poder destructivo del utopismo que la doctrina socialista. De hecho, originalmente, el concepto “socialismo” surgió para describir una utopía. Marx desecharía a los primeros socialistas precisamente por ser “utópicos”, abogando en cambio por un socialismo que él denominaba “científico”. Pero el socialismo de Marx era tan utópico en sus pretensiones como aquel en contra del cual se rebelaba y jamás pudo ofrecer ni económica ni sociológicamente una representación fidedigna de la realidad. De ahí que todas sus profecías fracasaran. A pesar de ello, su idea de que la creación de una sociedad basada en el amor fraternal, la igualdad y la abundancia para todos, era no solo posible sino una inevitabilidad histórica, continúa permeando entre sus seguidores y movilizando sentimientos incluso más allá de ellos.

Frente a ese mensaje utópico, quienes defienden la realidad, el mercado y la libertad, estarán siempre en desventaja a nivel discursivo y, por tanto, también a nivel político. Es por eso que el default, el orden natural de las cosas, en nuestra cultura al menos, tiende siempre hacia la izquierda.

Ahora bien, esta ventaja moral, hay que insistir, la poseen los socialistas, no por lo que han conseguido en la práctica —genocidios, miseria, dictaduras— sino porque lo que prometen es infinitamente superior para nuestra imaginación que lo que ya tenemos. Por eso no pagan un costo proporcional al mal que hacen en términos del prestigio de sus ideas, pues el ser humano está dispuesto a tolerar los peores crímenes cuando son cometidos en nombre de buenas intenciones. ¿Acaso llegar al paraíso no hace que casi cualquier costo valga la pena? A diferencia del concepto “socialismo” el de “capitalismo” asociado al liberalismo emergió desde el principio para describir un sistema real con todos sus problemas. La desesperación de liberales partidarios del libre mercado por su permanente derrota ante la tribuna de la opinión pública tiene mucho que ver con esta diferencia comunicativa: “socialismo” es un concepto normativo, esto es, con fuerza moral, “capitalismo” es meramente uno descriptivo de algo conocido e imperfecto.

Los adversarios del liberal discuten, así, no desde la realidad, sino desde un sueño. Como planteaba Revel, el socialismo ofrece una solución a todos los problemas del mundo, algo que el liberalismo clásico no hace, pues a diferencia del primero, reconoce en la realidad la fuente de información y el fundamento de la acción. Esta desventaja narrativa del liberalismo clásico tiene profundas repercusiones psíquicas e implica que el esfuerzo por mantener vibrante sus ideas debe ser mucho más grande en escala que el de los socialistas.

Lamentablemente, en nuestras tierras esto no se cumple porque prácticamente toda la élite intelectual, social y empresarial comparte, en diversos grados, la mentalidad utópica. En otras palabras, siente que los socialistas, en esencia, se encuentran del lado correcto del debate, incluso cuando racionalmente rechacen por razones prácticas sus propuestas concretas de política pública y económica.

Como consecuencia, el realismo por el que abogamos los liberales está condenado a ser sacrificado una y otra vez en nombre de una gran idea y a encontrar algo de defensa recién cuando el utopismo de la izquierda amenaza con arrasar absolutamente todo a su paso. (El Mercurio)

Axel Kaiser

Democracia fallida Axel Kaiser 23 junio, 2015

La democracia, sostuvo Joseph Schumpeter, es un medio y no un fin en sí mismo, por lo tanto, debe juzgarse por los resultados que produce. Karl Popper diría que la democracia era un sistema de gobierno que permitía reemplazar unos gobernantes por otros sin derramamiento de sangre. Y ese resultado, sin duda, es suficiente para defenderla. Lamentablemente, cuando los gobiernos fracasan en asegurar las condiciones mínimas que la población espera en términos de seguridad y prosperidad es la democracia la que comienza a perder credibilidad como sistema.

América Latina ha sido históricamente cuna de todo tipo de proyectos populistas y autoritarios producto de lo anterior. Venezuela, Ecuador, Argentina, Bolivia y Nicaragua son los casos actuales más dramáticos. En ninguno de esos países existe realmente democracia. A ellos se está sumando Chile, que ha logrado destruir en un año de gobierno socialista más de lo que logró construir en una década de gobiernos moderados. Los socialistas del siglo XXI chilenos, que con su obsesión de refundarlo todo llevaron al país a la que se perfila como su peor crisis económica en los últimos 25 años, no piensan dar marcha atrás en su proyecto populista.

Encabezando ese proyecto se encuentra la impopular Presidenta Bachelet asistida por hordas de intelectuales socialistas. Estos últimos, como enseñó Revel, él mismo un ex comunista, sobre todas las cosas desprecian la realidad. De ahí que por darle en el gusto a su embriaguez teórica están dispuestos a arruinarle la vida a millones de personas con bananerismos como asambleas constituyentes y promesas infantiles de «derechos sociales universales», como si el Estado creara la riqueza ex nihilo y el paraíso sobre la tierra dependiera de lo que dice una Constitución.

Se les advirtió a esos ingenieros sociales que la reforma tributaria sería un desastre para el país y que ni siquiera iba a recaudar lo que se propusieron, porque, como sabe cualquier persona que haya leído un texto introductorio a la economía, las alzas sustanciales de impuestos destruyen los incentivos a la inversión, más aún cuando son realizadas en medio de cantos refundacionales y revolucionarios que pulverizan las expectativas de emprendedores y de los creadores de empleo. Pero el bienestar de la población no es lo que le importa a los socialistas. De lo contrario no se explica que hayan insistido en una reforma laboral cuyo propósito parece ser «proteger» a los trabajadores de los malignos empresarios al desvincularlos completamente de su relación con ellos. Y claro, tiene sentido, después de todo en la lógica socialista un desempleado no tiene quien lo explote, ni quien abuse de él.

Si la reforma laboral se aprueba finalmente como está diseñada, el golpe al bienestar de los trabajadores chilenos, esos que por lo visto no importan demasiado a la ministra Rincón, será devastador. Pero hay más, porque nuestros iluminados todavía deben dilucidar cómo será la nueva Constitución. Lo que sí sabemos en todo caso es que, dígase lo que se quiera, ella será mucho peor que lo que tenemos hoy desde el punto de vista de la estabilidad institucional y económica del país. Nada de eso, hay que insistir en esto, preocupa a quienes gobiernan porque la fe socialista y la sed de poder es más importante. El ideal perseguido es tan noble y el botín tan grande, piensan, que no existe sacrificio lo suficientemente alto.

Así avanza Chile por el camino de Argentina, arruinando a un paso arrollador lo que tanto costó construir y socavando la credibilidad de la democracia en un país que ya no crea oportunidades sino que las destruye, que ha caído en una espiral delictiva cada vez más aguda -la que, por cierto, incluye un desatado terrorismo en el sur que ha sido estimulado por diversos gobiernos y por el Poder Judicial- y que no ofrece estabilidad ni diálogo pacífico, sino puro conflicto. Sumado al desprestigio de nuestros partidos e instituciones, todo este cuadro podría llevar tarde o temprano a que la gente de verdad pierda la fe en la democracia como un sistema capaz de ofrecer gobernabilidad, estabilidad social, seguridad personal y prosperidad económica. Y eso es lo más grave de toda esta historia. Porque no hay que engañarse: Chile cada vez se acerca más a convertirse en una democracia fallida, incapaz de garantizar seguridad, estabilidad y prosperidad.

Está por verse si nuestra clase política entra en razón y logra arreglar lo que ha roto o terminamos, como nuestros vecinos, con una democracia de fachada o algo peor.