Alfredo Jocelyn-Holt

Datos Personales

Alfredo Jocelyn Holt Letelier (1955) historiador

Sofia Correa

La historiadora Sofía Correa, doctorada en Oxford y docente en la U. de Chile, es una de las firmantes del Manifiesto Constitucional, en el que un grupo de académicos propone algunos principios esenciales para elaborar otra Constitución en caso de ganar el Rechazo el 4 de septiembre. “Pretender que se puede aprobar para reformar es ilusorio”, dice.  julio 2022


-¿Cómo surgió este Manifiesto Constitucional?

– El “Manifiesto Constitucional. Una Constitución Alternativa para Chile”, es una iniciativa de un grupo muy variado de personas vinculadas al mundo académico, que comparten su adhesión al Estado de Derecho y la Democracia, la cual se expresa en un conjunto de principios que proponen al país como fundamento para elaborar una nueva Constitución para Chile. Así queda claro en la introducción del documento que comentamos. De modo que no se trata de un referente, ni de un grupo reunido en torno a la acción política, y eso es muy importante que quede claro. De hecho, personalmente, con algunos de los firmantes no nos conocemos.

-¿Se inspiraron en el Grupo de los 24 que en 1978 planteó una alternativa a lo que sería la Constitución del 80?

-Efectivamente, el “Manifiesto Constitucional” declara su inspiración en el Grupo de los 24. Esta experiencia histórica reunió a un grupo de juristas que, comprometidos con la democracia y el Estado de Derecho, abarcaba diversas tendencias políticas desde liberales a socialistas, quienes, a finales de la década de 1970, se abocaron a redactar una nueva Constitución, mientras el régimen militar avanzaba en su proyecto que “plebiscitó” en 1980.

-La propuesta suya dice al principio: “Chile es una nación intercultural organizada como un Estado regido  por  los  valores fundamentales de dignidad, igualdad, libertad y solidaridad de las personas”. ¿La palabra dignidad es un guiño al estallido social? ¿Cuáles son las diferencias sustantivas frente a la definición que hace el borrador de la Convención?

-En primer lugar, es indispensable aclarar que no se trata de una propuesta mía, sino que de un manifiesto de un conjunto de personas, entre cuyos firmantes me encuentro.

La frase citada en la pregunta es el primero de los principios constitucionales fundamentales con que se inicia la propuesta, y contiene muchos elementos en los cuales es conveniente detenerse. En primer lugar declara que Chile es una nación; Chile no es una pluralidad de naciones asentadas en territorios autónomos; y reconoce el carácter intercultural de la nación. Esta nación, Chile, está organizada como un Estado, declara el Manifiesto, y en seguida define los valores que rigen este Estado-Nación que es Chile, que son, explícitamente se señala, valores fundamentales de las personas, a saber, dignidad, igualdad, libertad y solidaridad. Estos valores adscritos a las personas han tenido una vigencia centenaria, sino milenaria, en la conciencia de la humanidad. Mal podrían ser adjudicados al llamado “estallido social” de octubre de 2019 o a las deliberaciones de la Convención Constituyente.

-El artículo de 4 de la propuesta establece que “Chile es un Estado social de derecho, encargado de cubrir las prestaciones necesarias para el  desarrollo pleno y digno de la persona y de su  familia. En  particular, empleo, salud, vivienda, educación y servicios básicos”. ¿Se acerca a la idea de un estado de bienestar?

-Afirmar que Chile es un Estado social de derecho, encargado de cubrir las prestaciones necesarias para el desarrollo pleno y digno de personas y familias, implica por cierto, dejar atrás la idea de Estado subsidiario que impregna la Constitución que nos rige actualmente. Personalmente, no me parece que sea un retorno al siglo XX, cuando en la postguerra prevaleció el ideal del Estado de bienestar, el cual hizo crisis entrando a la década de 1970. Estimo, personalmente, que lo que se está visualizando es una forma de Estado que responda a los desafíos de la tercera década del siglo XXI en la cual estamos inmersos, desafíos nuevos que requieren respuestas novedosas. Pienso que la certeza de tener que enfrentar nuevos desafíos es transversal a todos los sectores políticos, y por lo mismo, esta nueva forma de Estado podría concitar el consenso ciudadano al que  aspira el Manifiesto que estamos comentando.

-¿Leíste el borrador final? ¿Piensas que no refleja la tradición constitucional de Chile?

-El texto de constitución que nos ha propuesto la Convención Constitucional tiene gravísimos problemas. A mi juicio, los más relevantes son:

1.- Destruye la nación que por más de dos siglos ha acogido a una enorme variedad de personas, y Chile pasa a estar conformado por once naciones indígenas, a las que se pertenece por raza (o “sangre” como consignaba el lienzo en el lanzamiento del libro de LLaitul), cada una asentada en un territorio propio (aún no delimitado) el cual goza de autonomía política, administrativa, financiera y jurisdiccional. El Estado de Chile las financiará.

2.- La forma de gobierno consagrado en la constitución que nos proponen, busca concentrar el poder en vez de distribuirlo y equilibrarlo. Por una parte, se entrega una potestad legislativa casi ilimitada a la mayoría simple que controle la Cámara, que será elegida con un sistema electoral aún desconocido. El Senado, desaparece, y es reemplazado por una institución débil, casi figurativa. A la vez se le entrega potestad legislativa al Ejecutivo, pues podrá gobernar mediante decretos en múltiples materias, si la Cámara le es adversa. Si la Cámara le es favorable, estaremos ante una dictadura con fachada legal, al estilo de las nuevas dictaduras de América Latina.

3.- Se politiza el Poder Judicial, se le controla, y además se le reduce a ser un mero “Sistema Judicial”, paralelo a los sistemas judiciales indígenas.

Por donde se le mire esta constitución, de ser aprobada, dará origen a demasiados conflictos y enfrentamientos sociales y políticos.

-¿Cuáles fueron los principales errores de este proceso constituyente?

-El error básico fue haber entregado el proceso constituyente a una Asamblea, la cual desde el momento mismo en que se instituyó ostentó su carácter vociferante, y su intransigencia frente a la diversidad de posturas. La potestad constituyente radica en el Congreso Nacional, donde está representada la ciudadanía en todos sus matices de pensamiento y sensibilidades. El Congreso Nacional tiene una más que centenaria experiencia en consultar expertos en las más diversas materias, para ilustrar sus decisiones, y esta centenaria experiencia facilita el diálogo necesario para lograr acuerdos y consensos. De modo que la redacción de una nueva Constitución debió haber quedado radicada en el Congreso Nacional. Es muy grave debilitar al Congreso, ha tenido funestas consecuencias en la historia política chilena.

-¿Qué lecciones pueden sacarse?

-Me parece que la Convención Constitucional nos permitió ver con claridad los excesos a que conduce la intolerancia y la manipulación política.

-El manifiesto dice que “un rechazo  plebiscitario debiera abrir paso a otra etapa superior del proceso constituyente”. ¿De qué manera?

-La Convención Constitucional ha elaborado un texto que se plebiscitará el 4 de septiembre. Es legítimo y políticamente viable que dicho texto sea rechazado. Ello no generará ninguna inestabilidad institucional. Es posible que haya manifestaciones violentas, pero será responsabilidad del gobierno mantener el orden público. Es su deber. El rechazo del texto que elaboró la Convención Constitucional abrirá una nueva etapa en este ya largo proceso constituyente. El trabajo de la Convención quedará como insumo para ser discutido por quienes tomen la responsabilidad de elaborar una nueva constitución para Chile.

-Según la encuesta Black & White, el 53 % no cree que si gana el Rechazo va a cambiar la constitución. ¿Crees que es mejor rechazar para reformar que aprobar para reformar? ¿Por qué?

-Como dice el Manifiesto que estamos comentando, el rechazo en el plebiscito da paso a una nueva etapa del proceso constituyente. Ello no sólo es deseable, sino que es inminente. La Constitución que nos rige está muerta desde que se firmó el acuerdo para redactar otra por medio de una convención. Además, estamos viviendo un nuevo ciclo histórico a nivel mundial, marcado por la pandemia del Covid, por el cambio climático y el desastre ecológico, por las demandas de igualdad -étnicas y feministas entre otras que vendrán-, por la intensidad de la globalización, por el imperio de las redes sociales ante los medios de comunicación y frente a los modos de hacer política, entre muchos otros factores que marcan un cambio profundo de época histórica. Los desafíos de esta tercera década del siglo XXI exigen novedosas respuestas políticas e institucionales que se plasmarán en una nueva constitución. No se puede visualizar otro escenario.

En cambio, pretender que se puede aprobar para reformar es ilusorio. Porque el núcleo constitutivo de este texto constitucional es la plurinacionalidad con pluriterritorialidad (once naciones indígenas, a las que se pertenece por etnia, raza o sangre, en territorios bajo su control), lo que traerá consigo una espiral de violencia que no sabemos dónde terminará. Esta dimensión esencial de la constitución propuesta no podrá ser reformada, porque es consustancial al nuevo texto, y por eso, como cerrojo, su reforma requerirá la aprobación de estas mismas naciones indígenas. Si se piensa en reformas a la carta propuesta, éstas serán en aspectos nimios, en ningún caso en aspectos esenciales, como lo es, también, la forma de gobierno, la cual tal como fue diseñada conducirá en breve a una dictadura con fachada legal, como ha sido el caso en otros países latinoamericanos.

-¿Cuál es tu conclusión personal? ¿Vas a votar rechazo?

-Desde 2015 he publicado artículos académicos en los cuales he abogado por un cambio constitucional desde el Congreso Nacional, y a la vez he rechazado con múltiples argumentos la idea de Asamblea Constituyente (AC) que se fue instalando en pequeños núcleos político-académicos. Visto desde hoy, pienso que tuve razón. Luego, en el plebiscito para iniciar el proceso constituyente, no se presentó la alternativa de redactar una nueva constitución desde el Congreso Nacional, sino que sólo se preguntó si queríamos que una Convención lo hiciera. A la vez, las dirigencias políticas se comprometieron a que ésta se elegiría con el mismo sistema electoral que rige para las elecciones de diputados, lo que daba una cierta tranquilidad.

No obstante, como se ha hecho notar por destacados abogados, el sistema para la elección de los constituyentes fue cambiado después del plebiscito, y con la nueva fórmula los partidos quedaron prácticamente fuera de la Convención, a diferencia de lo ocurrido en la reciente elección parlamentaria, donde salieron fortalecidos. Se configuró de este modo, de hecho, una Asamblea Constituyente, donde primaron las figuras más intransigentes, y los estilos más agresivos y vociferantes. La mentira de Rojas Vade se transformó por lo mismo en símbolo de la Convención Constitucional, y no en una anomalía. Luego vinieron las conclusiones de las comisiones, algunas de una irracionalidad tremenda. No me resulta sorprendente, por tanto, el texto final que surgió de este proceso: una constitución que liquida la nación chilena y que otorga los instrumentos legales para implantar una dictadura con ropajes de legalidad. Por cierto, votaré Rechazo.

Fuentes

Chicago Boys, Alfredo Jocelyn-Holt 28 noviembre, 2015

Era esperable. El documental “Chicago Boys” es sesgado aunque levemente, más sutil que lo que podría haberse uno imaginado. Si lo hubiesen dirigido Naomi Klein o Juan Gabriel Valdés -para qué decir los dos juntos- seguro que habría sido cine de terror: “shocking” de principio a fin. Así y todo, hay resabios de que el film está pensado interesadamente, siendo sus directores nada neutros. Como cuando dan a entender, aunque solapadamente, que el golpe del 73 se habría hecho para imponer “El Ladrillo”, tesis que no resiste análisis por lo monocausal y simplista. Obvio que burdo el juego: uno pone una imagen de La Moneda en llamas y hace aparecer a Friedman, Harberger, Kissinger, Nixon, Agustín Edwards y a Pinochet, en cierta contigüidad de montaje, y al tacho nomás con las sutilezas.

Paradójicamente, sin embargo, quienes más contribuyen al sesgo son los mismos “Chicago boys” entrevistados. Insisten en defender el “modelo neoliberal” sin en ningún momento referirse al capitalismo. De hecho, no recuerdo haberles oído hablar ni una vez en el documental de capitalismo, supongo porque es menos ortodoxo que el neoliberalismo. Gracias a su flexibilidad y adaptación es que ha sobrevivido (pensemos en el aporte que en su momento le significó Keynes o el Estado de Bienestar). Pero no, a los “Chicago boys” les gusta aparecer duros, estilo John Wayne en “True Grit” (“Temple de acero”). Ellos no serían “políticos” sino “técnicos”, “cero ideológicos” (y eso que ni Ricardo Ffrench-Davis se salva, aunque se  posicionara al revés de sus excompañeros de universidad). “La clase media está fabulosa” sale diciendo otro entrevistado (cito de memoria) produciendo risas en la sala de cine, agravado el efecto al no mostrar, ni uno de ellos, preocupación alguna por la desigualdad.

Ernesto Fontaine es el más duro, y aun cuando suena brutal, al menos nadie puede decir que no sea honesto: dice las cosas tal como las veía sin filtros. Lo cual, en tanto testimonio, se agradece, se compartan o no sus radicales puntos de vista. Otros en cambio, insisten que, siendo ministros durante la dictadura, nunca supieron de los abusos a los derechos humanos. Esto o no es creíble, o no convencen, y los documentalistas se encargan rápidamente de dejarlos en evidencia. Lo mismo pasa con la famosa cita de Milton Friedman desplegada en una banderola durante una reunión de “Chicago Boys” en Chile: “Uno de los más grandes errores es juzgar a las políticas y programas por sus intenciones, en lugar de por sus resultados”. Al camarógrafo no se le escapa. En efecto, capta la frase y, luego, en la sala de montaje los directores se encargan de añadir de inmediato imágenes de las movilizaciones masivas del año 2011 como diciendo: “he ahí sus resultados”.

El documental vale la pena (el material de archivo sin duda) pero hay que andarse con cuidado. El tema merece algo más que un documental. Quien crea que esto es historia pura y casta corre riesgos de equivocarse. Esta película no es apta para ingenuos, cualquiera el tinte.

¿Ciencia chilena? Alfredo Jocelyn-Holt 5 diciembre, 2015

Hay algo que no termina por entenderse en las críticas de la comunidad científica hechas sentir con fuerza este último tiempo. No el hecho que las gatillara -la renuncia de Francisco Brieva a la presidencia de Conicyt- sino que dichos reproches explotaran recién ahora. Brieva es un destacado académico: un físico, lo que debiera ser motivo de especial respeto, un excelente decano de Ingeniería, y el lujo de rector que se perdió la UCh al no elegirlo. Por tanto, que se viera obligado a dejar el cargo tras seis meses sin que le pagaran sueldo es más que insólito, es patético y un escándalo. Con todo, le entra a uno cierta duda: ¿por qué fue necesario caer tan bajo para volver evidente lo que desde hace tiempo viene siendo obvio?

Conicyt y sus políticas públicas en investigación son hace rato un desprestigio: tres presidentes en cuatro años; pésima gestión; erráticos otorgamientos de becas para salir a estudiar postgrados fuera del país, para qué decir a qué universidades (algunas igual o peor en calidad que las nacionales), y sin poder acoger a becados una vez de vuelta; endogamias en la asignación de recursos Fondecyt; dudosos aportes en cuanto a proyectos favorecidos; y, lo peor, haber extendido criterios de las ciencias duras respecto a lo que supuestamente constituiría “investigación científica” a disciplinas con sentidos y estándares propios muy distintos.

Esto último con desastrosas consecuencias para las humanidades. Pretender que artículos en revistas indexadas (que nadie lee) valen más que libros, que sólo publicaciones de los últimos cinco a diez años importan, que por tanto hay que publicar cuanto antes en vez de madurar los temas, puede que sea válido para economistas, cientistas políticos o sociólogos, pero no para filósofos, historiadores o estudiosos de literatura. Ni qué decir el efecto funesto que esto ha tenido en la docencia universitaria. Haber incentivado la investigación con anzuelos económicos -las más de las veces investigación nada buena pero sí cuantificable (i.e. “indexable”, aunque siempre con resultados muy por debajo de niveles internacionales)-, nos ha llevado a la penosa situación actual en que, por un lado, se “produce” como si se tratara  de una empresa obsesa que se pasa computando rendimientos, mientras que por otro, se desatiende la enseñanza y cunde la radicalización política de estudiantes huérfanos de toda guía.

Lo raro es que sólo ahora la comunidad científica se haya manifestado mediante protestas, inserciones y cartas a diarios, generando eco en revistas como “Nature” o “Science”. ¿Será que antes dicha comunidad no hacía otra cosa que aceptar, administrar y beneficiarse de lo que ahora repudia reclamando más puntos del PIB? En efecto, lo que no cuaja es que no se haya hecho una autocrítica. Lo decía Imran Khan de la British Science Association en The Guardian esta semana: la ciencia es demasiado clave como para dejársela sólo a científicos -agreguémosle- egoístas, ensimismados en sus parroquiales lógicas tercermundistas

¿Irse o no irse?, Alfredo Jocelyn-Holt 14 mayo, 2016

Decíamos la semana pasada que, aunque tenga razón Büchi sobre la incerteza jurídica, esto de irse no se entiende. La inquietud, en sí, no es infundada, tiene que ver con cómo nos va por estos lados, desde siempre. Tampoco debiera sorprender su radicalidad. Según Camus no hay sino una pregunta filosófica seria: suicidarse. Por qué no pensar, entonces, igual de al callo, que en Chile habría un solo problema histórico: irse o no irse, “to be, or not to be” en clave chilena.

La duda data de cuando Almagro vino, vio y se fue. Pedro de Valdivia, contra toda evidencia empírica a la fecha, porfió, y vean ustedes como le fue. Los españoles, sin embargo, no abandonaron Chile. Ercilla se marchará pero seguirá pegado, de vuelta en España, a la espera que alguno de los dos bandos ganara la guerra para luego terminar su poema se supone que épico; al final, igual, empataron, y por eso sus versos, maravillosos todo lo que quieran, se leen, como el país, en tono frustrado. Y, de ahí, en adelante, todo se volverá “déjà vu”: orden/ desorden, por la razón/ o la fuerza, bonanzas económicas/ desarrollo frustrado, “todas íbamos a ser reinas”/ “No quiero ir a Chile porque allí me llamarán la Gaby…” Enrique Lihn actualizó el problema, afirmando que, para al menos él (obviamente hablaba en plural), nunca se sale del “horroroso Chile”, se viaja (tardíamente o no), y el efecto es el mismo: todo exilio deviene “imposible”/ “Nunca salí de nada”. Determinante ese “nada”; pareciera aludir al desenlace inevitable como también a ese dónde del cual se pretende salir. Ya antes, había descrito al país como “eriazo remoto y presuntuoso”.

Hasta aquí el asunto es como para cortarse las venas y enterrarse en algún parque del recuerdo, paseo dominical, si no fuera que cuenta la historia a medias. Chile es el lugar más utópico -del continente más utópico- por ubicarse en zona de naufragios. Al “sálvese lo que se pueda” se le suma el salto utópico esperanzado, el “donde no hay nada, puede haberlo todo” que nos ha llevado a seguir apostando. Recordemos que a América, al no estar en los mapas (un lugar que existe pero no se le ubica), se la cree prodigiosa, no sólo rica. Y, a diferencia de los demás continentes (África, Asia, Oceanía y Europa, generadores de emigrantes), se viene para acá, desde donde uno no se va habiendo recién llegado. Se puede “hacer la América” llevándose unos doblones de vuelta, pero esa fortuna -se sabe-, al carecer de otro horizonte que el puramente metálico efímero, se esfuma. Gran parte no figura siquiera en los anales de los que en verdad hicieron la América (no se queda en España), sí quizá lo atesoran “middlemen”, encerrados en sí mismos ellos también, gente algo “suiza” en sus expectativas, y a quienes, así como vienen y se van, se les olvida.

Falta por hacer la historia de exiliados voluntarios americanos. Puede que sea hasta más triste que la de expatriados forzados. Sospechosamente, suelen esgrimir razones políticas, con o sin razón; de lo contrario, se condenan a un limbo. (La Tercera)

Alfredo Jocelyn-Holt

Dale con Gabriela Mistral 7 enero 2023

Sobran las razones para desestimar una tan mala idea. Esto de resucitar a Gabriela Mistral, acarrearla a la fuerza, llevarla a ese páramo en que han convertido a la Plaza Italia -campo de marte de la Primera Línea vandálica-, y hacer que ella haga de portaestandarte, guaripola de un “encuentro entre chilenos”. Es que es increíble: después de cuanto capricho en querer dividirnos, hinchan ahora de que no habría nadie mejor que la Mistral como hada madrina para validar semejante milagro.

Lo que es no entender nada, y menos de poesía. Para empezar, la Mistral desconfiaba de estatuas y santurronerías, es cosa de leerla. Mujer viajada, les saca en cara al Viejo y al Nuevo Mundo su aturdimiento y necedad, la debilidad por “grandes hombres”, la obsesión con el mármol y bronce “desperdiciados en esperpentos”. Tampoco ayuda, según ella, la autoridad pública, “compadrera”, provinciana: “el monigote de alguna manera es ornato de la ciudad chiquita”. Y en cuanto a la imagen de auténtica devoción, tiene un punto: “no la busque en los museos,/ no la busque en las estatuas,/ en los altares y templos”, bájelo de su cruz y tormento, que allí se encontrará con el Nazareno.

Súmenle que su relación con Chile fue siempre problemática, y aunque entrañable su cariño por el país, tuvo motivos para mantenerse a sana distancia. Independientemente de su imponente porte físico, como que se resiste a que se la monumentalice. Impresiona más en fotografías; en la página impresa, su poesía y prosa simplemente maravillan. Si hasta aún espera una gran escultora o escultor, que los hubo en su época, todavía ella viva. Seguramente sabían lo que dijera en una ocasión, que los escultores serios se resisten a esculpir obras a la orden, “temen su ‘jetatura’, saben la indiferencia de la masa”.

Su asociación política y con el oficialismo le ha además reportado un sinfín de fracasos. Pienso en quienes insisten en hacerla pasar por freísta y tomicista; para qué decir, lo del edificio de la UNCTAD con que quiso homenajearla la UP y que la dictadura terminó llamando Diego Portales; o bien, el haberle prestado ropaje a esa porquería de editorial con que los militares legitimaron su reemplazo de Quimantú; o el GAM ahora último, “punto de encuentro” del progresismo transfigurado en antro grafitero post 18-0; y lo de una universidad privada que además de llevar su nombre, acaba de demoler su antigua sede, y vuelto el sitio gigante en un complejo inmobiliario más lucrativo, lleno de grúas.

Supongo que lo que se quiere hacer en Plaza Italia es eliminar héroes y elevar a los altares a víctimas, para lo cual la Mistral ofrece su supuesta sexualidad no convencional, y ser mujer. Si esas son las razones que los inspiran es que no saben apreciar de lo mejor que se ha producido en este país. Banalizan. Déjenla en paz.

Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Expertos, 4 febrero 2023

¿A quién se le habrá ocurrido el cuento de los expertos? No son tiempos, estos, de por sí confusos, para tanta sofisticación. Por qué pensar que quien se dice que tiene experiencia y calificaciones sea óptimo, incluso teniendo en cuenta donde se ha formado. “Excelencia” es una de esas palabras clave a las que las universidades recurren para enganchar a ingenuos que postulan entrar a sus aulas. Ello antes de que lleguen. Una vez dentro, si no son tontos, comprobarán que la media para abajo manda. De lo que se deduce que la excelencia como marca de experticia es relativa. Probablemente, esos otros criterios -la antigüedad como signo de prestigio, por ejemplo- se han vuelto igual de dudosos. En la Universidad de Chile hay quienes están convencidos que nos remontamos a un establecimiento fantasma de 1622 (no a los 180 años recién cumplidos), por tanto, seríamos más antiguos que Harvard, donde también los estándares han bajado. Así de ridículo, también las tantas otras insinuaciones asociadas al culto de los expertos.

Pasa también con este gobierno y su gente. Hace un año se llenaban la boca con el recambio que vendría -todos esos “currículos impresionantes”, ¿se recuerdan?- era como para aguardar a Pericles y una nueva Edad de Oro. Desde entonces han seguido con el cuento: “el Presidente poeta”, “hombre culto”, “el artista que lleva dentro”, hasta “abogado” se ha dicho. Expertos, nadie sabe cuántos hay en el país; pateros, sobran. Y, a propósito de abogados, que a ellos se les tilda de tales y por eso el tema, no es que se quiera ningunearlos, pero obviamente un constitucionalista en Chile no es lo mismo que un concertista de piano en el resto del planeta. Menos que haya alguno que se merezca aún el título de “maestro”, o le haga sombra a Jaime Guzmán u otros. Si, quizá, los militares tenían hasta más claro quiénes eran expertos, y por eso la Constitución persiste. ¡Qué vergüenza!

Y es que los nombramientos efectuados por las cámaras para integrar comisiones constituyentes, salvo una que otra excepción, ¿qué garantizan más allá de que los seleccionados son cercanos a partidos, que se vuelve al cuoteo tan del consensualismo desacreditado (50%/50%), y que en más de un caso, confunden ser “experto” con tener cobertura mediática? De ser cierto lo último, es como para creer que quienes inventaron esta cantinela fueron periodistas, redes sociales, o estrategas comunicacionales. Y, ojo, por último, que lo de los expertos, históricamente entre nosotros, no ha sido muy feliz. Pensemos en misiones internacionales, gremialismo, desarrollismo y tecnócratas, desde los años 1950: hasta hoy antipolíticos y fuertemente ideológicos. Así el asunto, puede ser que Rábago García, “El Roto”, dibujante del diario El País tenga razón: “¡A la mierda los expertos, queremos sabios!”.

Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Alfredo Jocelyn-Holt: No es el momento 17 febrero 2023

Nadie quiere de verdad una nueva Constitución. Si se la quisiera, el esfuerzo para dar con ella se notaría, que no sucede. Saavedra Fajardo, allá por 1640, aludiendo a lo que se entendía en su época por “compañía civil” (“pacto social” en la nuestra), lo explicaba: “Formada, pues, esta compañía, nació del común consentimiento en tal modo de comunidad, una potestad en toda ella, ilustrada de luz de naturaleza, para conservación de sus partes, que la mantuviese en justicia y paz”. En definitiva, estamos muy lejos de eso en Chile todavía.

Los motivos debieran ser evidentes, a menos que no se les quiera reconocer. Desde la campaña “Marca tu Voto”, el 2013, se han tenido atendibles dudas de si una nueva Constitución no es más que una artimaña, hasta que vino el 18-O, y, aterrado Piñera, les ofreció la Constitución a cambio de no renunciar. A su vez, el Rechazo, el 4-S, fue bastante más que por el solo “borrador” propuesta. Esta única proposición hasta ahora, concita un 38% y, con desglose, quizá menos. El sabor que dejó es que una convivencia futura bajo esos términos no está asegurada. Y, si quienes la apoyaban y han estado a cargo de gobernar seguirán imponiéndose ineptamente, mejor olvidémonos de este país como venimos entendiéndolo desde hace siglos.

Agreguémosle que la iniciativa ha vuelto a los políticos, igual de desacreditados. No podría ser distinto. Están, a lo sumo, midiendo fuerzas escasas y esquivas. El problema es de fondo. Todos los liderazgos políticos -expertos o no, hábiles o no, ganen votos o no, se les venda como nuevas alternativas y resulten ya sabemos cómo- defraudan, no son creíbles. Y, no es de ahora solamente. De ahí que reeditar lógicas concertacionistas en sentido lato (la derecha llevando el amén) es no hacerse cargo de que ese esquema consensuado ya fallaba hacia fines de los 90. Lagos vino entonces y lo agudizó. Siguió luego el repudio de Bachelet al consensualismo, pero se quedó corta. De ahí que surgiera la pubescencia radical autosuficiente y se volcara a las calles. Ante lo cual, Piñera trató de volver atrás, en tanto concertacionista in pectore, y también falló.

¿Con qué ahora piensan que vamos a poder organizarnos institucionalmente? ¿Con prioridades todavía pendientes, sin podérselas con la delincuencia, inmigrantes, incendios intencionales y terrorismo? Quien no puede lo menos (los líos entre fuerzas políticas e internamente) mal puede lo más (una Constitución que sirva). Y qué mejor indicación que lo que estamos viendo. Que Boric, está visto, no sirve para nada. Vale. Descubren esa obviedad y resucitan Lagos, Bachelet, y hasta Piñera, los tres flexionando músculos. Y, más increíble, se sigue apostando por un presidencialismo fuerte. Es de no creerlo. Como ese patético que resguarda el agua de su piscina mientras el país arde.

Alfredo Jocelyn-Holt: El oficialismo 17 MAR 2023

Leo en el diario El País que en Venezuela Hugo Chávez sigue más vivo y popular que nunca, después de diez años muerto. ¿Cómo se explica? Más que probable, por el culto a la personalidad promovido por el oficialismo, en que da lo mismo -si vivo o muerto, desastre o no, verdad o mentira-, les basta con que el pueblo sea crédulo. Sin requerir más el oficialismo que el que se acepte por principio lo que establece el poder oficial. Qué es el oficialismo sino el acatamiento ante quienes se supone que mandan, independientemente del mérito de lo que sostienen. Son ellos, después de todo, los “electos” en un sentido poco menos que calvinista, como gracia incondicional. Los únicos escogidos para ser salvados mientras el resto han de continuar con sus pecados y recibir eventualmente el castigo justo.

Un poco lo que nos sucede en Chile hoy, en que mandan quienes ya no cuentan con el apoyo inicial que los llevara a gobernar. Así y todo, no gobiernan: no parecieran podérselas, muestran poca competencia para los cargos, y sus logros, avances, o expectativas posibles de llegar a cumplir con su programa dejan mucho que desear. Lo único que los salva (soi-disant) es que siguen siendo todavía los “elegidos”, lo que les permite seguir sintiéndose predestinados. Suman además un cuanto hay. Después del último cambio de gabinete, abarcan desde un nuevo ministro de Culturas -que, en otros momentos, estuvo bajo distintos tipos de sueldo pagados por Piñera, preocupado de los ratings, y que pusiera en sonido el “relato” de “la alegría ya viene” que, por supuesto, no llegó (lo decía gente de este gobierno hasta hace poco)- hasta el incombustible subsecretario para las Fuerzas Armadas, al que se le ha dicho que a su unidad no le corresponde asesorar y coordinar materias educacionales de las FF.AA., sin embargo, sigue ahí. Así de vasto el muy amplio frente oficialista de “influencers” con el dress code e informalidad estudiada respectiva, sin corbatas.

Tan vasto que no se entiende por qué se insiste en que el socialismo democrático sea gobierno para que haga lo que se hacía bajo la Concertación. Son hace rato oficialistas, y ya fueron Nueva Mayoría. El bacheletismo es boricista. Lo son también esos partidarios de derechas que dicen beatamente que lo que importa es que le vaya bien al gobierno para que le vaya bien al país. Parecido a Rafael Gumucio que a pesar de sus reservas reza todas las noches por la “santísima trinidad” de Vallejo, Uriarte y Tohá. Oficialismo puro. La conmemoración de los 50 años del Golpe lo será otro tanto.

Plebiscito en realidad de entrada porque se ingresa a un tunel sin saber que horrores pueden suceder alli. De qué constitución además se habla si tomará 10 o ma saños para que cobr existencia, y ya Giorgio Jackson se cuadró con la dictudura vía los DFL (1)

(1) La Tercera, 28 mayo 2022

Un momento maquiavélico 31 diciembre 2021

La contracara de la elección y puesta en escena posterior a la primera vuelta, es lo que se ha estado diciendo del poder algo irresponsablemente, en estos últimos días, habida cuenta de los tantos votos que lo han hecho visiblemente patente. Porque si bien una cosa puede ser que al candidato se le maquille —yo y otros hemos estado insistiendo en esta crítica, ¿quién quiere que se le engañe?— otra distinta y más grave es que esos votos lo empoderen para hacer lo que se le venga a la gana según su naturaleza una vez convertido en Presidente, y no sean pocos a quienes no les importe mayormente. Al contrario, le parezca la cosa más natural del mundo. Se ha insistido mucho en estos días que Boric es un “animal político”. Conforme, pero ¿se despejan o agudizan las incógnitas porque lo sería, más aún ahora que cuenta con votos constantes y sonantes?

Si nos guiamos por lo que algunos columnistas sostienen en medios de prensa, pareciera ser que la latitud con que debiera poder contar es amplísima. Según Daniel Matamala, buen indicador de cómo piensa el progresismo conspicuo, el personaje Boric subido sobre los hombros de otros (Lagos, Bachelet y Carmen Frei), gana estatura; por supuesto, ortopédicamente, aunque cabe preguntarse si eso lo vuelve un “gigante” como diera a entender el mismo presidente electo en su discurso de la victoria. Matamala, vuelto a referirse sobre el triunfo, ha hecho hincapié de que se ha producido un efecto mimético no menor: todos los de su generación se van a querer poner la banda presidencial, parecido a cuando a partidarias de Bachelet se les ocurrió encintarse con la banda tricolor (y se plantaron la misma melena rubia de la presidente electa), sintiéndose parte de un fenómeno tribal. Es decir, el poder se clona y multiplica como los panes. Ascanio Cavallo ha sido más fino. Boric sería una figura carismática, rodeado ahora de un “aura”, ha sostenido. Buen punto. Aunque lo entiende así Cavallo y da la impresión que aquí lo que sigue ganando son las puras ganas, y el poder no sería sino un deseo insaciable sublimado de gente que, sin embargo, solo se las puede con un esfuerzo probablemente frustrado. Bien Ascanio.

Carlos Peña, en cambio, nos ha notificado que la santurronería es lo propio de los políticos, ergo no esperemos que Boric haya cambiado o vaya a cambiar, cuestión que no tendría nada de malo (rector dixit), a lo sumo se trataría de “un ejercicio hipócrita, en el buen sentido de la expresión (sic), que forma parte de sus recursos para seducir a la ciudadanía”. Lo que es para Max Colodro, “nada modera más que la posibilidad del poder, de obtenerlo, primero, y de ejercerlo, después” (sic). No habría nada aquí que objetar, vuelve a añadir (de nuevo, insostenible, me temo). “La política responde a la lógica del poder, de conquistarlo y luego preservarlo [insiste]; y los giros y concesiones que deben realizarse son parte del proceso… un elemento imprescindible del juego… [en] que Gabriel Boric está desempeñando su papel con habilidad… No tiene sentido dudar de la honestidad del presidente electo… [otra vez sic] ¿Hasta cuándo? Simplemente, mientras funcione, o sea, mientras permita mantener niveles razonables de respaldo y de gobernabilidad. Cuando ello cambie, cambiarán también las prioridades y los énfasis. Así de simple… Gabriel Boric se ha mostrado en estos primeros días… que tiene claro lo único importante: el poder es todo; lo demás va y viene” (¿uff o euforia?). Héctor Soto a veces da la impresión que también se inclina por esta línea: “Allá los sueños y las convicciones. Acá, las conveniencias y el pragmatismo. Nada nuevo bajo el sol. En eso consiste precisamente la política” (¿la política o el poder?, la política para muchos de nosotros es la limitación del poder). Me van a tener que perdonar, pero este conjunto de afirmaciones hechas esta semana, y el que le vaya bien a Boric porque va a significar que le va ir bien al país—su variante más frívola y vulgar— deben ser lo más cercano a un cheque en blanco con que uno se topa. El absolutismo en el pasado no podría haberlo dicho mejor.

Bibliografia

El peso de la noche. Nuestra frágil fortaleza histórica (1997)

El Chile perpreplo Del avanzar sin tranzar al transar sin parar (1998)

Chile: Tradición, modernización y migo (1992)

Espejo retrovisor. Ensayos históricos-políticos (2000)

Coautor Historia del siglo XX chileno: balance paradojal (2001)

Coautor de Documentos del siglo XX hcilenos (2003)

HISTORIA GENERAL DE CHILE 1. El retorno de los dioses (2004)

Jocelyn-Holt, Alfredo (2005), «¿Un proyecto nacional exitoso? ¿La supuesta excepcionalidad chilena?», en Francisco Colom González (ed.), Relatos de nación. La construcción de las identidades nacionales en el mundo hispánico, Madrid, Iberoamericana-Vervuert, t. I, pp. 417-438.

La Escuela Tomada. Histori / Memoria 2009-2011 (2014)

Otras publicaciones

Jocelyn-Holt: La Convención si sigue como es no va a ninguna parte. No lo digo yo, lo afirman voceros desde el Frente Amplio a concertacionistas, incluyendo a «liberales» entre comillas, que reniegan ahora de lo que han defendido, se reginan ante una Estado fuerte, ojalá neutro, les aterra un Congreso «desbordado», y promueven un maqivalismo burdo para Boric. Lo que es los comunistas, la otra opción, están dispuestos a «chingar» la Convención o servirse de ella y poner en jaque al primerizo. Ambos van por el Estado leviatán como eje (así que Atria tome ota) que eso es lo único en juego. 8 enero 2022

La otra gran porfía es el presidencialismo que la Comisión Experta decidió ratificar (decretando que nuestra “cultura” es presidencial, lo que no es cierto entre 1860 y 1920), y por más que se diga que no existen constituciones no presidencialistas, igual termina surgiendo una práctica parlamentaria propicia (1860-1920) u, otras veces, nefasta (lo vemos hoy). Es decir, se rehúye solucionar el defecto por vía constitucional, y se permitirá que gobiernos ineptos dispongan de un Estado poderosísimo con 30% de apoyo o menos y continuará el jaleo congresista. El problema es político. 27 mayo 2023

«… lo contario a lo nuestro en Chile en que el futuro, no hay que imaginarlo, ya se ve, habiendo altas probabilidades de estancamiento (y no solo económico)» La Tercera 22 enero 2022

¿Se habla mucho en Chile? 2 abril 2022

En exceso, a juzgar por lo poco que rinde y logramos entendernos. Si lo que se pretende con hablar es decir algo, no está funcionando muy bien.

Lo del diputado Naranjo -el summum del hablar por hablar, acaparando la palabra durante quince horas- bate cualquier récord; que, después, los medios lo inflaran, fue majadero. Pero no lo único desconcertante. A Bárbara Figueroa la nombran en Buenos Aires, y nos recuerdan desde el otro lado de los Andes esa performance suya en las tribunas del Congreso en contra del ministro de Hacienda, en que a capela y sin desgañitarse, le dio con todo sin guitarra. A propósito, ¿cuántas veces las últimas semanas ha escuchado esto de “con o sin guitarra”? Vaya otro ejemplo: si vive usted en zona de edificios, habrá notado que este verano los balcones no paraban sino a las 6:00 AM. Lo que es, a vuelta de vacaciones, que no hay ministro que no se doble como vocero de gobierno. De acuerdo, después de décadas en que el activismo ha hecho subir los decibeles, no así la elocuencia, debe costar renunciar a tanta vocación locuaz.

Si se hablara en serio tampoco tendríamos la sensación de que estamos siendo objeto de aplanadoras. Es tal el adanismo gramatical inspirado en la idea muy de púlpito y sermón que en cualquier principio siempre ha de primar el Verbo, que agobian con resignificarlo todo de nuevo. En las universidades, la teorización y el coa academicista han llevado la verbosidad a niveles indigeribles. Mis alumnos pasan diciéndome lo que creen, que no me interesa para nada, por lo que debo instarlos a que me digan qué es lo que saben y piensan, que sí puedo evaluar.

En la discusión constitucional, se critica angustiosamente a la Convención, aunque ya todo esté dicho. Aprobada la nueva norma homicida sobre aborto sin límites en la nueva Constitución, ¿servirá volver a plantear reservas si han clausurado el debate? Consulte un periódico de hace dos años y verá que seguimos en lo mismo: hablando de violencia. No es ningún misterio que la radio, televisión y las RRSS tienen más influencia que el periodismo escrito con cada vez menos lectores y peores los niveles de comprensión. La palabra degenera, mete bulla, sirve a luchas, no aspira a persuadir o hacer entender. De igual manera que se exige aceptar el odio propio pero se condena el ajeno (pienso en la turba que saquea y propina una paliza al dueño del departamento en Alameda con San Francisco), al otro no es que se le escuche. Si Izkia Siches insistiera en llamar a “dialogar”, no sorprendería que en Temucuicui la volvieran a recibir a balazos.

En fin, ¿cuánto hablamos sin decir nada? Compare el Chile actual con Alemania o Japón en la Postguerra, en que no estaban para tanta frivolidad, o con Francia, siglo XVIII, con mujeres brillantes y salones de sofisticadísima conversación sin cháchara feminista.

Chifladuras 16 abril 2022

Las histerias están a la orden del día. Aparecen encuestas que dan por hecho que no habrá suficientes votos para la Constitución, y el pánico arrasa. Desde dentro de la Convención la bancada cardenalicia informa que los ánimos se han caldeado, que rabias no dan tregua, y que mejor cuidemos las palabras, pues, “toda tempestad deja siempre escombros” (los clichés se perdonan). Lo que es fuera de ese conventillo, un ex Mapu y alto jerarca UP, hoy director de empresas capitalistas, confiesa que se siente “en rebeldía” porque le piden aprobar un “mamarracho” de Constitución y descarta el Rechazo aunque esté en la papeleta. Un confundido total. Lagos, por su parte, se las da de lobista dedicado a telefonear a cuanto convencional es dable “para que todos votemos Apruebo” (¿del 80/20% a un 100%?). Por último, un ex ministro DC se espanta que Fernando Savater afirme que “chalados ha habido siempre en el mundo, el problema es que hagan constituciones”, descalificación que según él atentaría en contra del “debate racional”, aun cuando Savater es filósofo y da en el clavo.

Chifladuras, o si usted prefiere, manías u obsesiones caprichosas vienen entronizándose en la CC desde la partida. Lo del aborto a todo dar los incrimina. No menos suicida, que se descarten equilibrios para así empoderar a una asamblea tribal tribunicia, el pensamiento clásico lo viene advirtiendo desde hace más de dos mil años. Llegan a eliminar la República, insisten en “refundarnos”, no solo políticamente, también culturalmente, forzando lenguajes y lógicas macarrónicas sin consenso, y no es que los constituyentes se hayan desquiciado sino que el país se habrá vuelto cómplice de un delirio generalizado.

Y eso que al final de cuentas nada asegura que una constitución llegue a servir. Las de 1980, 1925, y 1833, todas partían de la base que pueden dejar de funcionar, en cuyo defecto entran a operar o estados de excepción, o bien un Presidente-dictador mediante decretos, o los “garantes” que sabemos, a la espera que los llamen. La Constitución de Egaña (1823) era obvio que no iba a funcionar. Apenas creía en la institucionalidad, por eso agrega un Código Moral ortopédico que moldearía las costumbres, aunque tampoco funcionó. Engendro, éste, parecido a la Convención actual en sus beaterías, y entusiasmo por crear una constitución inútil.

De hecho, jamás un pueblo se ha vuelto libre gracias a una constitución: chaladura máxima. Otra cosa es que un pueblo ya libre de ideologías se sirva de una constitución para preservar libertades inmemoriales. En definitiva, la posibilidad de desfonde o anulación posterior nunca deja de estar presente. Esta vez será por inutilidad. Paciencia y a prepararse, entonces, que ya veremos cómo sucederá de nuevo la crisis. Seguro que a palos y con terror; no conocen otra manera.

Un nacionalismo al cubo 21 mayo 2022

Trato de comprender el plurinacionalismo y no puedo sacarme de la cabeza la cita de Schopenhauer con que Fernando Savater comienza su libro Contra las patrias (1984): “Cada nación se burla de las otras y todas tienen razón”. ¿En eso consistirá esta majamama? Es posible. Savater lo confirma, en tanto que los nacionalismos se suponen unos a otros: “Para que haya vocación nacional, tiene que haber otra vocación antinacional sobre la que la primera se calca”. De hecho, nuestro plurinacionalismo es promovido por activistas que fomentan un etnonacionalismo indigenista que se parece y opone al nacionalismo previo, chileno, aunque se invoca en vez de “blancura”, una supuesta “morenidad” igual de racista, ideológica, chovinista y patriotera.

¿Servirá el plurinacionalismo? Arturo Fontaine exagera cuando da a entender que permite aplacar al nacionalismo. Si incluso no es descartable que el plurinacionalismo opere como medio para generar competencias entre distintos nacionalismos. Dos guerras mundiales durante el siglo XX debieran ser suficientes para saber que a la peste nacionalista hay que encararla y vencerla.

En efecto, puesto que las principales experiencias históricas exitosas para hacer convivir múltiples nacionalidades se han debido a imperios, las posibilidades que terminemos enfrascados en conflictos son altísimas. Justamente, se necesita de un eje o mecanismo que haga congeniar cuanta tribu dispar, aunque nadie parece haberse percatado al respecto. ¿Cuánta bigamia ya entraña ser chileno y mapuche a la vez? ¿Se imaginan a diaguitas, changos, y rapanui repartiéndose cargos sobrantes de la corte no asumidos por mapuches, mientras el lote restante de carapálidas solo mira? Por suerte no se les ha ocurrido entronizar a algún descendiente de Orélie Antoine, Rey de la Araucanía y la Patagonia. A otros disfrazados tampoco les ha resultado. Ni a Pinochet en 1989 cuando los mapuches lo declararon Ülmen futra lonko y menos a Lavín haciéndose el aimara.

La incertidumbre que todo esto conlleva es desde ya patagüina. Tendremos plurinacionalidad antes de que nos pongamos de acuerdo si existe o no terrorismo étnico hoy en Chile, para empezar. Así de suicida. Resulta no menos paradójico que el plurinacionalismo delate un colonialismo mental también al cubo, asumido ingenuamente por muchos que no les importa volver a ser sometidos; esta vez por teóricos de universidades del Primer Mundo que nunca han dejado de entretenerse con el espectáculo exótico que les proporcionamos. Hay incluso quienes inflan este asunto en tanto “experimento” (e.g. Fernando Pairican). Pero los experimentos no suelen hacer estallar laboratorios a no ser que se trate de amateurs ineptos que mezclan sustancias combustibles sin saberlo; o bien, saben lo que hacen y son pirómanos profesionales de sumo cuidado.

El borrador, 11 junio 2022

¡Qué fastidiosos son los borradores! Dan ganas de mandarlos a la papelera y comenzar todo de nuevo, pero, como algo en ellos siempre pareciera porfiar, no se les despacha así nomás. Guardan huellas, a modo de palimpsestos, ruinas de un cuanto hay que tal vez merezca ser preservado. Aunque, tratándose de ideas propias a medio camino, mal hilvanadas, peor pensadas, chantadas, cuesta admitir que son intentos fallidos. Por ningún motivo vaya a confundirlos con dibujos, bocetos o croquis, útiles para obras mayores, cuando no obras maestras por sí solas. Cuestión que jamás ocurre con borradores.

Y, pensar que nuestra Convención Constitucional no ha sido capaz de producir otra cosa que un borrador que seguramente continuará siéndolo, incluso si le meten mano. La Comisión de Armonización cree que corrigiendo errores, incoherencias y repeticiones, o “fusionando”, puede reducir en 127 los 499 artículos. ¿Por qué no en 300?, si no es cuestión de maquillar. Desde la misma Convención, Squella urge que universidades hagan glosarios porque no todo el mundo sabe de qué se habla en el texto (quizá ni ellos mismos). Otros han dicho que se lee como un programa de gobierno. A mí me parece una suerte de manifiesto que, de ser rechazado (que lo dudo), servirá de agenda activista para los próximos treinta años.

Para abogados, legisladores y jueces va a ser un quebradero de cabeza permanente. Como nunca, la “textura abierta del derecho” a la que apunta H. L. A. Hart va a constatarse. Más de 60 artículos remiten a leyes complementarias aún por confeccionar. Ni certidumbre jurídica ni costos financieros eventuales han importado un ápice en este ofertón. Inevitablemente, si logran aterrizarse derechos, jibarizando expectativas a fin de evitar más caos, lo probable es que cantidades de partidarios del Apruebo se sientan traicionados. Bien caro va a resultar el gusto éste de prescindir de conocimiento fundado y haberse obsesionado con lo que se quiere, más que con lo que se puede. Es tal la sensación que esta supuesta Constitución es un borrador inviable que se habla de reformarla de inmediato después que se plebiscite, o la actual ¡ya!

En una de éstas el propósito ha sido que no funcione, y se despeje el camino para gobernar en serio, dictatorialmente, vía decretos. Cualquiera que sea el empeño, siempre es posible que se llegue a esa perfección que es no tener Constitución. Son sabios los ingleses, se han ahorrado la pésima idea de escribirla y terminar en tablas con un mero borrador. Nunca han sufrido “preámbulos”, ni se las han visto con miembros de la Academia Chilena de la Lengua expectantes con que el lenguaje de la nueva Carta los emocione (“Soñamos con aprender algunos de sus artículos de memoria” según Adriana Valdés). Precavidos los ingleses, tampoco tienen academias de la lengua.

Sofía y sus amigos 10 enero 2015

“Sofía aprende con todos” es una de esas historietas típicas con que le ha dado al actual Gobierno de Chile por “informar” sus sabios, progresistas, imposible no estar de acuerdo, propósitos. Esta vez respecto a la tan incomprendida Reforma Educacional que si se llega a aprobar garantizará “una educación amorosa, solidaria, gratuita y de calidad que incluya a todos nuestros niños de Chile, sin excepción”, palabras del dibujante quien parece haberse creído su propio cuento. Unos pérfidos quienes le han sacado en cara los ingentes honorarios pagados por todos nosotros.

Si, además, el mundo de Sofía y sus amigos es tan lindo, tan verde, soleado, todos jugando en plazas y columpios, o andando en bicicleta. Nadie en patines y con “headphones” zumbando al lado de uno. Nadie tatuado, nadie con piercings, nadie fumándose un pito. Todos peinaditos y bien comportados. El índice UV siempre verde (“verde que te quiero verde/ verde viento verdes ramas”). Un mundo jardín para niños  que adultos terminan siempre traicionando. Esto usted lo sabe, y si no, léase el folletín que se lo va a ilustrar. Para empezar, los papás son lo que son arribistas y poco solidarios, lo decía el ministro. Quieren lo mejor para sus hijos pero no entienden que no hay que asustarse, no hay que excluir a nadie, como los amigos y animalitos de la plaza con que juega Sofía: “las plantas no crecen tan bien cuando son todas iguales”, todas puras rosas, “las plantas distintas crecen mejor juntas…” (mala la metáfora, algunas precisan más agua, sombra, otras más sol). “Mi experiencia de perro callejero me indica que se pasa mucho mejor cuando compartimos con los que no conocemos”, dice el quiltro sabelotodo que hace de asesor educacional en la historieta, por supuesto que blanco, sarnoso y cojo no, cómo se le ocurre.

Y muy aleccionadora también la trama generacional entre Sofía y su mamá (el papá no aparece, no es tema). La mamá se cree “Superwoman” aunque, claramente, no las tiene todas consigo. Chile cambió. Es muy Confepa, desubicada, “cómplice pasiva”, lo más probable. Ha asistido a marchas en pro de la educación (“bueno, un poquito”). Todo lo que le parece mal al Ministerio ella lo encuentra regio (“Acá estamos bien, gracias. Por eso les pido, con todo cariño, sin enojarse, NO TOQUEN MI COLEGIO, ¿YA?”). Le interesan sólo las notas. Si sueña con algo es con su papá cuando la llevaba al colegio (ella sí tenía papá) y estaban todos mezclados socialmente (¿finales de Frei y durante la UP?). La mamá, está visto, es otro cliché.

Complicado lo de este comic “informativo”. No pasa más allá de la burda caricatura. Destila simplismo e infantiliza el asunto. “Ir a un colegio va a ser como ir a jugar a una plaza”, igual de fácil, igual de gratis, sentencia Sofía. Francamente, si a esto le llaman comunicar y explicar mejor lo que pretenden, estamos en la primera etapa, la pedagógica propagandística, donde se prepara, no una reforma, sino el blanqueo mental de toda una nueva generación idiotizada.

El Apruebo sin convicción 6 agosto 2022

Podrá tratarse de un trance para el país que se apruebe la propuesta constitucional, aun así, sorprende lo conjetural, ambiguo y cada vez más sin ganas que resulta su débil defensa. Va desde la liviandad apologética del comentario de Boric, en marzo de este año, “Cualquier resultado será mejor que una Constitución escrita por cuatro generales”, al “No es perfecta, más se acerca a lo que yo siempre soñé” de Bachelet de julio pasado. Es decir, se vienen contentando con poco, con cualquier cosa que surja de la Convención, con tal que no fuese el texto de Lagos del 2005 (para ser exactos), hasta con un desahogo onírico consolador post-clímax (de ser fieles a la canción de Milanés).

Ellos dos, no los únicos con cara de póker que juegan sus cartas según como venga el naipe. El giro decisivo se produjo cuando a alguien se le ocurrió la idea genial, tras la caída en las encuestas, que esta no es una discusión jurídica que compromete el futuro del país, sino una brutal confrontación política, una elección cualquiera. No aprobar significará que gane la derecha de nuevo, por tanto, vamos con el trabajo sucio marcando casas, cancelando, y haciendo sentir el peso del Estado. Si hasta el comando del Apruebo llama a no referirse al articulado específico de la nueva Constitución, al ser impresentable.

Es más, por mucho que sea nuestra primera propuesta constitucional auténticamente democrática, inclusiva, paritaria, plurinacional, en la práctica no cabe esperar nada muy auspicioso. Para imponerla en la Convención se requirió de un “soberanismo” de corte 80%-20% circunstancial, y aún así el ambiente allí adentro se volvió una bolsa de gatos. Al punto que la derecha “evolucionada”, entusiasta al inicio, se desembarcó rápidamente, y puso el grito en el cielo de que era una Constitución indigenista. La verdad es quizá más prosaica. Es tal su sesgo antipartidista que, quienes sean que la hagan suya -cuicos progresistas, concertacionistas por jubilar, o el nuevo liderazgo “moralmente superior” de La Moneda-, puede que terminen suicidándose políticamente intentando implementarla.

Lo que es la piadosa justificación de un conocido lobista de que hay que aprobar, porque él y gente parecida a él nunca comprendieron a la “Tía Pikachu”, y debe uno “contener su propio elitismo”, produce más que nada vergüenza ajena (vergüenza propia, está visto que no). Que, además, tengamos que aceptar que toda nuestra institucionalidad futura gire en torno al resentimiento de esta señora para así aplacar culpas en algunos, es un abuso de confianza. También la estrategia de que aprobemos para luego reformar, para nada un signo de convicción. Al menos los comunistas avisan qué van a hacer, son serios en eso; en cambio en el frenteamplismo y gobierno, capaces de cualquier cosa, día por medio, se desdicen.

Agosto 14, 2022 “Se tolera que ineptos sin preparación nos gobiernen”

El historiador, académico y escritor, Alfredo Jocelyn-Holt, autor de libros sobre la historia de Chile que han marcado pauta en los últimos años, hace un severo análisis del proceso constituyente. “Nadie se avergüenza de tener ideas estrambóticas o insensatas. Está permitido decir lo que se les pase por la mente sin filtros. Se acepta que gente en las redes sociales se comporte como orangutanes con navaja”, dice.


 

-Uno de los conceptos más resistidos del texto propuesto por la Convención es el de Chile como país plurinacional. El líder de la CAM, Héctor Llaitul, lo rechazó. Otros han dicho que puede desmembrar al país. Pero Arturo Fontaine dice que es una respuesta razonable a la idea de Estado y Nación homogéneos que hizo crisis con la globalización. ¿Cuál es tu postura frente a este tema tan incómodo?

 –Motivos para incomodar hay de sobra con el plurinacionalismo, y si además incita a sectores tan dispares en su contra, es como para pensar que va a ser muy difícil que funcione algún día, aun con aval constitucional. Es que disposiciones legales no pueden pretender imponerse en contra de la realidad de un país, tanto histórica, cultural o política. Los mismos ideólogos y voceros del plurinacionalismo admiten que se trata de un “experimento”. Fernando Pairican por ejemplo.

¿Un experimento que debemos dejar que explote en nuestras narices, porque sólo entonces vamos a sopesar sus consecuencias? Llaitul incluso lo rechaza, pero eso es porque combate a favor de un nacionalismo mapuche excluyente, del tipo “guerra santa”; de hecho, él y su banda se identifican con un supuesto racismo puro, fotografiándose bajo un lienzo que exalta el ser de “Una Sola Sangre”. Cuestión que desvela a argentinos, y ¿no a chilenos? Con razón Jorge Lanata se muestra preocupado por nuestra salud mental. Mapuches moviéndose de un lado a otro de la cordillera sin reconocer estados-naciones establecidos y sus fronteras, no es folclorismo sudamericano decimonónico, es efecto déjà vu que evoca fundamentalismos poco menos que islámicos, claro que en Paredones, Colchagua, a estas alturas.

Fernando Savater lleva décadas explicando el fenómeno referido a otro contexto aunque con igual lógica: “Una de las novedades de nuestro siglo [XX] es haber visto nacer un uso del nacionalismo cuyo primer resultado es disgregar y desmembrar los Estados presentes, aunque en muchas ocasiones sea en nombre de la futura constitución de otro Estado más reducido”.

Admitamos entonces que lo que tenemos al frente es muy posible que sea nacionalismo común y silvestre, aun cuando multiplíquelo para incluir grupos casi extinguidos, despójele por tanto su disfraz pluriétnico, estrategia publicitaria siglo XXI, y verá que no hay que ser pitoniso para advertir que estamos ante un fraude o cazabobo con que se pretende engañar.

-Muchos académicos e intelectuales apoyaban la idea de un sistema parlamentario para Chile. Sin embargo la Convención terminó optando por otra cosa: un sistema presidencial atenuado bicameral asimétrico. Al parecer hubo un acuerdo entre la UDI y el PC que fue clave para salvar el presidencialismo. ¿Cómo evalúas el resultado?

 –Al igual que con el afán pluritribal habrá que ver cómo esto otro funciona en la práctica; no podemos evaluar resultados todavía, aunque es tonto suponer que debemos jugar antes con fuego para ver si nos quemamos vivos. Ahora, que existiría una ansiedad por salvar el presidencialismo es evidente. Desde el Ejecutivo se controla al Estado, es decir, el presupuesto fiscal, la administración pública o burocracia, también las fuerzas armadas teóricamente.

Durante 16 años se turnaron en la presidencia Bachelet y Piñera, demostrando con ello una insólita falta de renovación de liderazgos y cero imaginación, debiendo ambos volver a sus afanes ONU o especulativos, frustrados si no fracasados tras desatornillarse del Palacio. Por su parte, la Constitución de 1980 fuertemente presidencialista no ha estado cumpliendo su papel original; el Congreso hace rato ha ido degenerando en un asamblea tribunicia.

A raíz del 18-O nos enteramos que Piñera no se la pudo con Iturriaga, actualmente el Comandante en jefe del Ejército. Ante tamaño debilitamiento presidencial no es raro que se quiera acorazar a La Moneda. Con mayor razón si en los procesos constituyentes chilenos es cuando se aprovecha la oportunidad para ello. Ha sucedido con todas nuestras principales constituciones, las de 1833, 1925 y 1980. En ese sentido esta Nueva Constitución es una notoria regresión.  Remite permanentemente a eventuales decretos con fuerza de ley y reglamentos, y se promueve un Estado aun más fuerte de lo que ya es. Todo lo cual apunta a empoderar a presidentes, en especial si son de poca monta como el actual, si es que no a dictaduras, como ocurrió con la del 25, además de apuntalar a una Constitución fallida antes incluso de que se apruebe (¿qué es esto de que se aprueba para luego reformar, o si no?).

Es cierto, se establece una Cámara de Diputadas y Diputados con aspiraciones asambleístas, sin Senado, pero ello no significa que no se quiera funcionar al unísono con autoritarismos presidenciales. Populistas (como el chavismo) suelen emplear esta combinación de una figura personalista fuerte coludida con asambleas (constituyentes), avalados por un electoralismo permanente vía plebiscitos. Pierre Rosanvallon ha insistido precisamente en cómo prácticas “democráticas” hacen deslizar dichos regímenes hacia autoritarismos populistas. Todo comenzó con Napoleón III.

La clave radica en que esta Nueva Constitución no desconfía suficientemente del poder ni pretende fiscalizarlo o equilibrarlo. Al contrario, empodera a quien se hace de él y torna irreversible su manejo soberanista. Los frenteamplistas y comunistas —de sobra está decirlo—  poseen ambos la debida “superioridad moral” para semejante propósito, cuestión que ellos mismos, por supuesto, se han encargado de notificarnos.

-¿Eres pesimista sobre el destino de Chile a partir del plebiscito del 4 de septiembre? ¿Ves amenazas autoritarias o populistas?

 –Pienso que hay suficientes motivos para ser pesimista, o realista, llámalo como quieras, a partir de lo que se viene dando desde hace ya rato. Lo más probable es que todo se mantendrá muy en esa misma línea agravando aún más el declive del país. No me parece, por tanto, que precisemos de una decisión este 4 de septiembre y padecer lo que vendrá después, para confirmar que vamos a seguir estancados, hablando de la eterna crisis de Chile como lo hemos estado haciendo por más de cien años, teniendo que volver a escuchar que todo lo malo se debe a elites—como si quienes lo dicen no lo fuesen—, o que habrá que comenzar de nuevo desde cero, de llegar a imponerse la nueva estrategia, esto es, que el proceso constituyente ha de seguir ad infinitum cualquiera sea el resultado.

No creo en destinos inexorables, y menos si, al proclamar fatalidades irreversibles, les resulta conveniente atornillarse para un buen rato, a los de siempre. Después de todo, dicho planteamiento supone, en paralelo, erigirse ellos mismos en nuestros valientes salvadores que de Chile han de ser su sostén, y también los que han de conducirnos a la Tierra Prometida. Mesianismos democratacristianos, marxistas-leninistas, y nacional militaristas cum neoliberales hemos tenido de sobra en este apaleado país como para que otros retomen la posta.

En tu libro La Escuela Tomada, sobre los movimientos estudiantiles de 2009 y 2011, hablabas de un aire revolucionario, jacobino, alentado, entre otros, por Gabriel Boric y Fernando Atria. ¿Qué recuerdas de esa época? ¿Crees que el tiempo te dio la razón?

 –Lo que recuerdo de esa época quedó registrado en el libro. Trabajé muchísimo, fundamenté cada cosa que escribí, ahí está, puede consultarse. Si el tiempo me dio la razón, que juzgue el lector. En todo caso no me canso de decir que ese libro versa sobre cómo se destruyó una institución pública paradigmática, la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, desde adentro, esto es lo clave del libro.

Visto así el asunto, Boric y Atria fueron a lo sumo sintomáticos, y lo siguen siendo. Nuestro problema es que se continúe permitiendo que los Boric y Atria de este mundo se produzcan, cundan, multipliquen alrededor nuestro, y hagan lo que hacen con no poca ineptitud e improvisación como hemos estado viendo desde el 11 de marzo. Esto último, lo único que quizá nos ha salvado hasta ahora, pero son incansables y sin vergüenzas, así que no me confiaría en ello.

-A Boric lo conociste bastante como alumno. ¿Te ha sorprendido como Presidente? ¿Por qué?

 –Dejé de sorprenderme de Chile cuando vi la portada de La Tercera del domingo 20 de octubre 2019 con los vagones calcinados en la estación del Metro de San Pablo y ese extraordinario titular que rezaba: “La crisis que nadie previó”. Lo digo no por el reventón sino por la liviandad con que ahí se le trataba. Si un golpe de esa magnitud sucede y se responde de inmediato, a plana entera, dando a entender que nadie sospechó siquiera que algo así podía ocurrir entre nosotros es porque hay gente en este país que ante tremendos problemas, cuál de todos más evidente y diagnosticado, opta por excusarse y lavarse las manos de manera descarada.

Que conste que lo dicen en Chile donde ha habido reventones, no de vez en cuando, sino en serie, y en circunstancias en que la violencia con que se acompañan, al final de cuentas, no ha servido de nada. Por tanto, que me preguntes que si Boric me ha “sorprendido” que llegue a La Moneda, mi respuesta es categóricamente NO, para nada, y menos si tiene padrinos, a la larga más potentes que votos en Chile. Estos últimos se pueden evaporar a las 24 horas del cierre de las urnas. Padrinos, en cambio, los tuvo en Derecho de la UCH. Profesores tan de izquierda como de centro y derecha cuando se tomaron la Escuela el 2009, por tanto por qué no habrán de seguir teniendo esperanzas de poder volver a entenderse con él, y él mismo siguiéndoles en el juego.

Pero, insisto, para qué me voy a repetir a mí mismo. Tengo demasiados otros libros y temas que escribir y tratar. Y, hace rato este capítulo que ha sido y promete seguir siendo este señor, aburre, y, a mi en lo personal, sobremanera.

 –¿Has llegado a una reflexión final sobre la nueva constitución? ¿Vas a votar Rechazo o te vas a abstener?

 –A una reflexión final, no, por supuesto no he llegado, ni pretendo llegar. No hay cosa juzgada en materias de historia. Y en cuanto al comicio ése, no estoy por avalar un proceso constituyente y plebiscitario que me parece un abuso de confianza, aunque los que sabemos, el establishment político y económico, a sabiendas que se desconfía de ellos, no deben sentirse muy seguros porque igual lo han decretado obligatorio y con eso creen que aseguran legitimidad. Otra patraña más.

 –¿Qué opinas de la postura de Lagos, que no ha querido definirse? ¿La centroizquierda fue avasallada por los ultras?

 –Cómo se va a definir Lagos si, de un tiempo a esta parte, viene jugando para todos los lados, y no le resulta. Respecto a lo segundo, no es que los ultras hayan avasallado ni que sean tan poderosos. Lo son en la medida que se les acepta el reto con que nos amenazan. Y también en gran medida porque han contribuido a normalizar lo anormal. Han vuelto extremismos y radicalizaciones como si fueran la cosa más común y corriente del mundo.

Nadie se avergüenza de tener ideas estrambóticas o insensatas. Está permitido decir lo que se les pase por la mente sin filtros. Se acepta que gente en las redes sociales se comporte como orangutanes con navaja. Se tolera que ineptos sin preparación nos gobiernen. Donde todo esto comenzó, en universidades públicas empezando por la UCH, las autoridades han preferido ser cómplices de esta naturalización del nuevo orden de cosas que se ha impuesto. Es el lugar que mejor conozco, por eso insisto en él, pero puede estar produciéndose lo mismo en muchos otros ámbitos que ignoro. Esta falsa sensación de normalidad —Nerón tocando la cítara, la banda haciendo sonar sus instrumentos, mientras Roma se incendia y el buque se va a pique— debiera preocupar más que todo el resto.

Jeroglíficos 20 agosto 2022

Extraño asunto. Semanas atrás, en la exposición sobre la obra de Paul Klee en el Centro Cultural La Moneda, me helé a eso de la mitad de la muestra al leer un cartel que indicaba “cuando los nacionalsocialistas llegaron al poder en 1933, la situación política cambió drásticamente en Alemania”. Nada que no supiera ya antes y que no tendría por qué haberme impactado, salvo que el despliegue de creatividad de un artista tan para adentro e inventivo en circunstancias extremas, de repente, tomó otro cariz. De ahí en adelante no pude sacarme de la cabeza que cada dibujo y pintura siguiente que iba viendo suponía, a la vez, un aparato de vigilancia y represión por un grupo sectario y fanático que se había hecho del poder y del país. Cuestión que volvía más elocuente esos otros datos biográficos de Klee que acompañaban la muestra: que lo hayan cancelado tildándolo un “artista degenerado”, que tuviera que exiliarse, cayera enfermo y aun cuando siguiera produciendo hasta su muerte, no alcanzara a ver el fin de la guerra y pesadilla. Solo entonces se me hizo patente, en los sótanos de La Moneda -vaya ironía- el aturdimiento que debió haber abrumado a toda Europa en 1933.

Desconcierto que no se vivió parejo entre gente igual de culta y sensible, sin embargo. Golo Mann, historiador, hijo de Thomas Mann, reconoce en sus memorias, a propósito de cuando estudiaba en Heidelberg: “La verdad es que yo no vi venir absolutamente nada, ni siquiera el 31 de enero de 1933… estaba por entonces demasiado atareado conmigo mismo… Mi error capital, harto compartido por muchísimos otros, fue no haber dado a Adolf Hitler y a los suyos la importancia que realmente tenían”. Klaus, su hermano, lo atribuye a “la siniestra debilidad y complacencia en nuestras filas”, refiriéndose a la intelligentsialiberal “que deseaba estar a la altura del Zeitgeist [espíritu de la época], a fin de mantenerse al día”. Y no solo por cobardía u oportunismo, agrega, sino porque a nadie de ese mundo le gusta contrariar al grueso de sus compatriotas, en especial a jóvenes. Suele hablarse también de hipnosis, afectando a judíos incluso, en contextos así.

Entendible entonces que Klee recurriera a jeroglíficos para seguir trabajando. Son en apariencia infantiles, inofensivos, convenientemente crípticos, despistan a bobos, aunque descifrables por públicos ilustrados o empáticos que captan el mensaje encubierto. Y vea usted, los títulos (quizá posteriores) de las obras, ayudan también: “Bailes causados por el miedo”, “Demagogia”, “Persecución”, “Acusación en la calle”, “Bajo un manto”, “Un arrebato de ira”, “Lo que gobierna”. Bien dice nuestro artista: “el arte no reproduce lo visible, sino que hace visible”. ¿No vio la exposición? Hágase del catálogo o consúltelo. Comprenderá de qué estoy hablando.

Sofía y sus amigos Alfredo Jocelyn-Holt 10 enero, 2015

“Sofía aprende con todos” es una de esas historietas típicas con que le ha dado al actual Gobierno de Chile por “informar” sus sabios, progresistas, imposible no estar de acuerdo, propósitos. Esta vez respecto a la tan incomprendida Reforma Educacional que si se llega a aprobar garantizará “una educación amorosa, solidaria, gratuita y de calidad que incluya a todos nuestros niños de Chile, sin excepción”, palabras del dibujante quien parece haberse creído su propio cuento. Unos pérfidos quienes le han sacado en cara los ingentes honorarios pagados por todos nosotros.

Si, además, el mundo de Sofía y sus amigos es tan lindo, tan verde, soleado, todos jugando en plazas y columpios, o andando en bicicleta. Nadie en patines y con “headphones” zumbando al lado de uno. Nadie tatuado, nadie con piercings, nadie fumándose un pito. Todos peinaditos y bien comportados. El índice UV siempre verde (“verde que te quiero verde/ verde viento verdes ramas”). Un mundo jardín para niños  que adultos terminan siempre traicionando. Esto usted lo sabe, y si no, léase el folletín que se lo va a ilustrar. Para empezar, los papás son lo que son arribistas y poco solidarios, lo decía el ministro. Quieren lo mejor para sus hijos pero no entienden que no hay que asustarse, no hay que excluir a nadie, como los amigos y animalitos de la plaza con que juega Sofía: “las plantas no crecen tan bien cuando son todas iguales”, todas puras rosas, “las plantas distintas crecen mejor juntas…” (mala la metáfora, algunas precisan más agua, sombra, otras más sol). “Mi experiencia de perro callejero me indica que se pasa mucho mejor cuando compartimos con los que no conocemos”, dice el quiltro sabelotodo que hace de asesor educacional en la historieta, por supuesto que blanco, sarnoso y cojo no, cómo se le ocurre.

Y muy aleccionadora también la trama generacional entre Sofía y su mamá (el papá no aparece, no es tema). La mamá se cree “Superwoman” aunque, claramente, no las tiene todas consigo. Chile cambió. Es muy Confepa, desubicada, “cómplice pasiva”, lo más probable. Ha asistido a marchas en pro de la educación (“bueno, un poquito”). Todo lo que le parece mal al Ministerio ella lo encuentra regio (“Acá estamos bien, gracias. Por eso les pido, con todo cariño, sin enojarse, NO TOQUEN MI COLEGIO, ¿YA?”). Le interesan sólo las notas. Si sueña con algo es con su papá cuando la llevaba al colegio (ella sí tenía papá) y estaban todos mezclados socialmente (¿finales de Frei y durante la UP?). La mamá, está visto, es otro cliché.

Complicado lo de este comic “informativo”. No pasa más allá de la burda caricatura. Destila simplismo e infantiliza el asunto. “Ir a un colegio va a ser como ir a jugar a una plaza”, igual de fácil, igual de gratis, sentencia Sofía. Francamente, si a esto le llaman comunicar y explicar mejor lo que pretenden, estamos en la primera etapa, la pedagógica propagandística, donde se prepara, no una reforma, sino el blanqueo mental de toda una nueva generación idiotizada.

Lo de mañana, 3 septiemre 2022

Como nunca antes en una elección, puede ser que mañana se termine ni eligiendo ni decidiendo nada. De seguro nada que se creyó posible en algún minuto. Es que, del inicio aquél en que se proclamaron infinitas bondades por anticipado, ¿qué queda? Iba a ser la primera Constitución “de todes”. Daría lugar a un advenimiento prodigioso, cual parusía, o esperado fin de una historia que, de lo contrario, continuaría sin sentido. Extraordinarias demandas y conquistas serían motivo de inmediata admiración; el texto mismo emocionaría hasta sacar lágrimas. En tanto carta de navegación conduciría a una “tierra prometida”. Los chilenos depondríamos nuestras armas, dejaríamos atrás odios, y vueltos a nacer nos enorgulleceríamos como nunca de este país… Y, vea usted.

Hace rato que vienen bajándole el perfil al plebiscito. Relativizándolo, aguándolo, desde que se hizo evidente que la nueva Constitución no lograba consensos, aun cuando se imponía por artimañas, mediante una representatividad distorsionada, sin que los partidos tuvieran qué decir, ni hacer, y, la derecha, no solo era marginada sino además se mostraba más aturdida que de costumbre. Recordemos que la derecha y su gobierno (el anterior) se aliaron con los que hoy gobiernan para darnos una solución, y aquí estamos: en que hasta los que van a Aprobar es para Rechazar. ¿Lo entiende usted?

No necesitábamos llegar a este punto. Las constituciones nunca han sido todo lo trascendental que se ha dicho a lo largo de tan inconducente proceso. Hacer una nueva no era prioridad antes del 18-O. ¿Cuándo se ha visto, además, que un texto jurídico sirva para encauzar una asonada popular, ofreciendo desmantelar una historia institucional completa, y, de paso, haciendo tambalear estabilidades de amplios sectores? Todo a cambio de una conjetura quién sabe si viable, condicional por lo demás a resultados que a las 48 horas puede que hasta se esfumen (las votaciones suelen desmentirse). Fenómenos entrópicos como éste, una vez roto un equilibrio precario, fragmentados sus restos, no se recomponen de igual manera espontánea a la inversa.

Problemas de tal magnitud y complejidad tampoco se solucionan con borradores a medio hacer sometidos a elección. Menos si ello conduce a prolongadas imposiciones con sus cuotas de autoritarismos también provisorios. La gran batalla de que hablan comunistas (Saddam Hussein hablaba así también) seguirá latente y amenazando después de este plebiscito, pero a la luz de lo que ha sido hasta ahora ¿qué hace pensar que a patadas se contenten moros y cristianos? Cómo fue que llegamos hasta aquí y cómo vamos a salir del entuerto en que estamos es un dilema insoluble. Viene siéndolo desde hace más de cien años, y eso que en Chile no ha habido fuerza organizada alguna que no nos haya gobernado ya antes. Desolador.

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